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martes, 16 de diciembre de 2025

"El guardaespaldas".


 
Antes de que empezaran las lluvias, un día caminaba ensimismado en el examen que iba a poner a mis alumnos cuando dos chicas que fotografiaban el escaparate de una tienda de ropa me preguntaron si podía situarme delante del tipo de la fotografía. Estaban haciendo un estudio para una Universidad (creo recordar que me dijeron que para la Rey Juan Carlos de Vicálvaro) relativo a la moda masculina en la actualidad. Tras el examen pasé por el mismo sitio y decidí meterme directamente en la foto, como si hubiera sido en un cuadro del Reina Sofía o el Pompidou de París (quizá lo lea esta tarde a mis amigos en la tertulia y lo debatimos):
 
"Continuidad de los parques".
 
En el principio fue ella. El taxi amarillo sale de una película de los 60 y se detiene frente al escaparate. Ella abre la bolsa de papel y saca el café y el cruasán, ese bollo de Proust a la manera de los sueños, como cuando llegó a París y se bajó en el Metro del Musée d'Orsay, aunque ahora sea en la 5ª Avenida de New York y antes fuera en la buhardilla del centro de Madrid, y lo sumerge en el líquido como si toda la vida hubiera interpretado ese papel. Un día me hablaron de un hombre que siempre escuchaba el mismo disco de vinilo cuando llegaba a casa después de trabajar. En ese instante del atardecer en el que la aguja se dirigía, inexorablemente, hacia el previsible final, fruncía el ceño, se levantaba del sillón donde leía el libro, siempre el mismo libro, al igual que el personaje de Cortázar, y la situaba en el principio. El tiempo desaparecía y solo permanecía el espacio en el alféizar de la ventana, con una guitarra que parecía tocar una triste canción. Ayer por la tarde yo también quise saber lo que sentía ese hombre cada día, y busqué el disco que me regalaron una Navidad, cuando no había necesidad de máscaras. Me senté en el sillón con un libro en la mano donde alguien mataba a un tipo que cambiaba de discos continuamente, y me levanté cada media hora para volver a situar la aguja del tocadiscos en el principio.
 
El gato maulló.
 
Supe que al final de la película también estabas tú, siempre lo había sabido, como Truman Capote y Julio Cortázar. No era una novela, sino la novela, y no era ella, sino tú, y empezaba la película, nuestra película:
 
Al salir del escaparate las muchachas me dijeron adiós con la mano y una sonrisa.

 

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