Páginas

martes, 13 de enero de 2026

"Historia de unos labios".




 
"La expresión de la boca de Jaume Sabartés pintado por Picasso me recuerda la tuya en algunas fotografías", me dijo ayer en Instagram Carmen Roiz, que es profesora de Historia de la música, Middlebury College, Vermont, USA. Tras leerlo le dije que pensaría un poco en ello; y eso es lo que he hecho desde mi facultad (tercera fotografía). La relación entre Picasso y Sabartés fue de una amistad profunda y duradera que comenzó en Barcelona a finales del XIX. Sabartés fue su secretario personal y biógrafo en París desde 1935 y fue esencial para la creación del Museo Picasso de Barcelona tras su muerte, uno de los lugares que más me gustan de Barcelona y en el que no me importaría echarme la siesta, como a veces he hecho en el Prado. El retrato con gorguera y sombrero le muestra como un gentilhombre vestido a la moda de los tiempos de Felipe II, casi como el retrato del monarca o un cuadro del Greco, cuando se llevaban las gorgueras. En 1939, ante el inminente estallido de la Segunda Guerra Mundial, Picasso se refugió en la estación balnearia de Royan. Se hospedó allí con Dora Maar y Sabartés, mientras en una casa del mismo pueblo estaban alojadas Marie-Thérèse Walter y su hija Maya. Se observa la deformación de la figura humana, sobre todo a partir de la distorsión del rostro en una estudiada aleatoriedad que permite la identificación a pesar del amorfismo. Picasso incide en la condición de miope de Sabartés y en la palidez de su piel. Esta deriva deformante tuvo a sus parejas Dora y Marie-Thérèse como modelos, a la primera a partir de ángulos agudos, formas triangulares y líneas rotas y a la segunda en líneas curvas y sensuales, vertiente en la que se inserta el retrato de Sabartés. Picasso lo representó en otros retratos y caricaturas, como monje, payaso, fauno, torero. El segundo cuadro que dejo por aquí es una de sus primeras pinturas de su periodo azul, donde, más allá de ser el típico bebedor solitario e introspectivo, alude al vínculo entre ellos y a los jóvenes artistas de Barcelona. En esa época ambos eran clientes del Café “Els Quatre Gats”, punto de reunión de los artistas de vanguardia, muy popular por sus debates, exposiciones y tertulias literarias, un mundo que busqué en Madrid y París en mi novela "Vivir es ver pasar" (1997). La verdad es que no me importaría que Picasso me hubiera pintado. Le invitaría al teatro Monumental para escuchar a Gustav Mahler, como haré pronto con su Décima sinfonía, que dejó incompleta y fue reconstruida con sus esbozos. Hablo de la misma época y a la vez de mi propia época:
 

No hay comentarios:

Publicar un comentario