Páginas

domingo, 4 de enero de 2026

"Una historia de amor y espías en Venezuela".


 
Ayer fui a echar gasolina temprano. Cuando me incliné para abrir el depósito se me acercó sonriente un joven alto y fuerte, y me dijo casi en el oído que me iba a dar una gran noticia con la que me alegraría la mañana. Él era de Venezuela y estaba feliz. Llenó el depósito del coche sin dejar de sonreír y al final me dio la mano y me dijo que no pensaba cobrarme la gasolina. Un rato antes yo había escrito un post hablando del lector y del escritor, de la comunión que se establece entre ambos, y acto seguido me había puesto a releer una novela de Marta Muñiz Rueda, "Tú, yo, la lluvia" (2023), para la que escribí el prólogo y cuyo protagonista se inspiraba en mí, aunque yo diría que más en una mezcla entre Humphrey Bogart y Cary Grant. Al subirme al coche pensé en "Casablanca", "Encadenados" (que sucede en Río de Janeiro) y la Buenos Aires de la novela de Marta. Podría llevarme a los protagonistas de la novela a Caracas e inventarme una historia de amor y de espías. Ahí estarían Plácido Salvatierra, un empresario teatral que tenía dos hijas de su primera mujer, Eliana, que le enseñó a amar el invierno, a hornear galletas de mantequilla en los domingos por la mañana y a observar el mar todas las noches con la intensidad profunda de sus ojos grises. Plácido (no Justo Sotelo o sí) se había vuelto a casar con Valeria Ferragano, una actriz a la que conoció en París, y que con sus ojos verdes y su piel morena, su acento italiano y sus piernas de infarto le enseñó a disfrutar de nuevo de la vida. En el avión de Barajas a Buenos Aires (o a Caracas), Plácido conocería a una mujer con el pelo negro, largo y ondulado, hasta media espalda. Era delgada, alta y frágil, y su tobillo izquierdo estaba tatuado. Horas más tarde sabría que se llamaba Gabriela Vargas y que era la reina del tango. Su acompañante, un hombre maduro, con el pelo canoso recogido en una coleta se llamaba Max Zimmermann Pelegrini y era un exitoso dramaturgo argentino, quiero decir venezolano.
 
Así que ahí tengo el tobillo tatuado de una mujer y una ciudad llena de espías y de conflictos internacionales, rodeada por montañas con picos como el Oriental (Silla de Caracas) y el Occidental (Cerro El Ávila), y al este el más alto, el Pico Naiguatá; al sur hay otras colinas y montañas que conforman los Altos Mirandinos. Y ahí estoy yo en esta fotografía (o quizá Plácido), tal vez en el Puerto de La Guaira, a unos treinta kilómetos al norte de Caracas, en el estado Vargas, en la puerta del Mar Caribe, inventándome una novela, ya que a lo mejor Plácido trabaja para la Embajada de Estados Unidos y se enamora de Gabriela, mientras Valeria se acuesta con el actor que interpreta una obra de Zimmermann, que contará esta historia en una futura obra de teatro. Entre tanto escucho a Gustavo Dudamel y a la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar, de Venezuela:
 

No hay comentarios:

Publicar un comentario