Los veranos de mi adolescencia en el valle del Tiétar, entre junio y septiembre, estaban llenos de amor familiar, de paseos en bicicleta en donde se gestaron muchas de las ideas que después llevaría a mis novelas, de libros y de música, como la de Wagner en Bayreuth, que escuchaba desde una de las montañas que se ha quemado este fin de semana, y volví a escuchar ayer por la tarde desde otra parte. "Rienzi" se estrenó en Dresden y se ha interpretado por primera vez en el teatro que levantó Luis II de Baviera, el romántico rey loco, para Wagner. (¿Por qué será que me caen tan bien los románticos, todos aquellos que llevan sus sueños hasta sus últimas consecuencias?) "Rienzi, el último de los tribunos" (1842) es su tercera ópera y el mayor éxito de su juventud, aunque es una obra de transición, ya que se adhiere formalmente a los cánones de la Grand Opéra francesa de la época, y deja entrever la monumentalidad, el trasfondo político - filosófico y las ambiciones dramáticas que definirían el posterior "drama musical" wagneriano. La obra narra el ascenso político, la transformación en demagogo y la trágica caída de Cola di Rienzi, un líder carismático del siglo XIV que intenta liberar a Roma de la tiranía de los nobles corruptos. ¿Quién no ha tenido alguna vez el sueño de vivir en una República?
Como escribí el otro día, somos lo que amamos y también los libros que leemos y la música que escuchamos. La plegaria de Rienzi en el Acto V, Allmächt'ger Vater, blick hera, ¡Padre Todopoderoso, dirige tu mirada hacia nosotros!, es ya una música del futuro:
Como su arrebatadora obertura:

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