Ellas son las que se arreglan para salir a la calle, las que se pintan y maquillan, las que se cuidan el pelo. Los hombres cada vez visten peor y van hechos unos verdaderos adefesios. Ayer me metí en este cuadro que podían haber pintado Cézanne o Monet para leer un rato en el jardín de un Café bohemio que me gusta porque está lleno de los muebles del comedor que la abuela tiró a la calle. Se sentaron enfrente de mí dos jóvenes con la típica gorra americana del revés y una ropa ancha y deportiva. No pienso decir nada de sus zapatillas, que parecían sacadas del siglo XX. Mientras leía mi libro, les escuché hablar de sus novias y de las raves donde habían estado. De pronto empezaron a llegar chicas que se sentaron a mi espalda; primero una con un vestido rojo, después dos con vestidos estampados. Una más de negro de arriba abajo y otra con una camiseta blanca ajustada y una falda negra. Y se pusieron a hablar de una novela que acaban de leer. Me pareció que era una especie de club de lectura. Cada una de las chicas contaba lo que le había parecido la novela. En principio no me percaté de su título, solo de algunos personas. Al rato supe que se trataba de "El libro de la desaparición", de la escritora y periodista palestina Ibtisam Azem, publicada originalmente en árabe en 2014 y traducida al español por la editorial Las afueras este mismo año. Fue preseleccionada para el Premio Booker Internacional 2025, y plantea una pregunta audaz y profundamente inquietante: ¿Qué ocurriría si, de un día para otro, todos los palestinos desaparecieran de su tierra sin dejar rastro? A partir de esta premisa, la autora explora el trauma, la memoria y el arraigo. Ambientada en Tel Aviv, la narración alterna las voces de Alaa -joven palestino que escribe en un diario dirigido a su abuela fallecida- y Ariel, su vecino israelí, un periodista que busca entender lo ocurrido. Cada
una de las chicas daba su opinión, si le había gustado más o menos la
historia, pero lo que me resultó más interesante fue escuchar cómo se
implicaban en esta trama desde su propia vida. Cada una habló del
arraigo, de la pertenencia a una tierra, a una familia, como si
estuvieran dentro de la historia. Una era vasca, otra canaria, otra más
madrileña, la cuarta catalana y la quinta israelí.
La música de fondo del Café era algo de "low-fidelity":

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