En esta foto estoy leyendo la última novela de la escritora alemana Letitia Vladislav. Se titula "¿Por qué?" (2026, Diversidad Literaria) y es la historia de una lucha contra el suicidio cuando ves que la vida aún tiene sentido. Letitia escribe bien, con una aparente ligereza que no oculta la profundidad de su mensaje. Por eso la novela se lee con una gran facilidad, aunque después te deja pensando un tiempo, que es, exactamente, lo que pido a la buena literatura. De ella he leído su libro de cuentos "Herr Wang y el genitivo" (2024) y su novela "Nada" (2025). Nacida en Rumania, huyó del régimen de Nicolae Ceaușescu, se nacionalizó alemana y vive en Alicante desde hace unos años. No nos conocemos en persona, pero confía en mi opinión como "crítico literario independiente que no se casa con nadie en sus reseñas y su tertulia literaria" (así es como, por lo visto, me califica la IA). Letitia me envió la novela antes del verano y la estuve leyendo ayer por la tarde. Me gusta la dedicatoria que me puso porque no solo habla de mí, sino del mundo en el que vivimos.
Reproduzco este párrafo:
"Para Justo Sotelo, el escritor que me tendió la mano cuando todos me dieron de lado..."
Me gusta leer a la gente menos conocida, pero que tiene talento. Letitia sabe que no leo lo que dicta el mercado, ni los libros que se anuncian en TV, radio y otros medios de comunicación que siempre ocultan intereses económicos, como suelo contar a mis alumnos en la Universidad. Es más, procuro no leer ningún premio, incluidos los Nobel, aunque hice una excepción con la francesa Annie Ernaux, una exiliada interior. Me animé a leer una de sus novelas y le dedicamos un par de tertulias virtuales en 2022. Dos catedráticas de literatura francesa de la Complutense, Lourdes Carriedo y Dolores Picazo, discípulas de Javier del Prado, me convencieron de su valor o, mejor, de su originalidad, de que todavía una escritora actual puede aportar algo después de Woolf y Morrison, por ejemplo, y "construir" (no copiar como casi todos) unos mundos realmente originales.
Mientras me tomo el primer café y escribo lo anterior, me viene a la cabeza una obra sinfónica de otro exiliado, Kurt Weill. Su Segunda sinfonía combina la sofisticación armónica con melodías directas y expresivas, y se aleja del expresionismo más radical de su etapa juvenil. Fue escrita en 1934, justo cuando Weill huía de la Alemania nazi y se encontraba en el exilio en París antes de trasladarse hasta los Estados Unidos:
https://www.youtube.com/watch?v=zmKsoqXFbnQ
A veces la vida se parece a una ópera de tres centavos.
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