El final de la tertulia del martes lo dedicamos a analizar el fenómeno estudiantil y otras revueltas que se están produciendo últimamente en Europa; pero también hablamos de lo que sucede en México, ya que teníamos con nosotros a la profesora mexicana Mariola Satorre, que en cierto momento aludió a la masacre de estudiantes de 1968 en la Plaza de las Tres Culturas. Al escucharla mencioné la novela "Palinuro de México"(1977) escrita por el mexicano Fernando del Paso. Es una "novela total" ya que su significado no se limita a una sola interpretación, sino que funciona como un universo expansivo que entrelaza la mitología, la política, la ciencia y el arte para explorar la condición humana. Palinuro fue el piloto de Eneas tras su salida de Troya, y aquí es el narrador de un viaje por el cuerpo humano y de la juventud mexicana en torno a la masacre de estudiantes que he citado, una especie de diccionario de Voltaire, lo más cercano que he leído a Rabelais, Cervantes, Sterne, Joyce y Faulkner. Fernando del Paso quiso ser médico y en la novela lo es a través de Palinuro. La novela utiliza el léxico de la anatomía, la fisiología y la patología, pero no funciona como un tratado científico, sino como un recurso lírico y subversivo. El cuerpo se convierte en una metáfora del mundo, de México y la propia escritura. La ciencia se humaniza para explorar la belleza de las vísceras, la enfermedad y el miedo a la muerte en contraste con el asco instintivo que el propio Palinuro siente por la sangre en sus estudios. Gran parte de la trama gira en torno a la relación apasionada, hiperbólica e incestuosa entre Palinuro y su prima Estefanía. Ese erotismo desenfrenado ocurre en una habitación de la plaza de Santo Domingo, como una trinchera en contra de la podredumbre del mundo exterior. El amor y el sexo son una celebración absoluta de la vida, un acto de rebeldía y juego libre frente a un entorno político opresivo y violento. El significado formal de la obra está en su ambición de "englobar" todo el conocimiento, el arte, la historia, la medicina, la cultura popular y la alta literatura. Rompe con la narrativa lineal. Incluye pasajes de corte teatral (como el capítulo "Palinuro en la escalera"), sátira, humor surrealista, listas interminables y juegos verbales barrocos. Es de las novelas que más veces habré releído por su libertad creativa absoluta y ser una fiesta del lenguaje que desafía los límites tradicionales de la literatura.
Estos son algunos fragmentos del capítulo 10:
"Hacíamos el amor compulsivamente. Lo hacíamos deliberadamente. Lo hacíamos espontáneamente. Pero sobre todo hacíamos el amor diariamente. O en otras palabras, los lunes, los martes y los miércoles hacíamos el amor invariablemente. Los jueves, los viernes y los sábados hacíamos el amor igualmente. Por último los domingos hacíamos el amor religiosamente. O bien hacíamos el amor por compatibilidad de caracteres, por favor, por supuesto, por teléfono, de primera intención y en última instancia, por no dejar y por si acaso, como primera medida y como último recurso.
Hicimos el amor por ósmosis y por simbiosis: a eso le llamábamos hacer el amor científicamente. Pero también hacíamos el amor yo a ella y ella a mí: es decir recíprocamente.
Y cuando ella se quedaba a la mitad de un orgasmo y yo, con el miembro convertido en un músculo fláccido no podía llenarla, entonces hacíamos el amor lastimosamente. Lo cual no tiene nada que ver con las veces en que yo me imaginaba que no iba a poder, y no podía, y ella pensaba que no iba a sentir, y no sentía, o bien estábamos tan cansados y tan preocupados que ninguno de los dos alcanzaba el orgasmo. Decíamos, entonces, que habíamos hecho el amor aproximadamente. O bien a Estefanía le daba por recordar las ardillas que el tío Esteban le trajo de Wisconsin y que daban vueltas como locas en sus jaulas olorosas de creolina, y yo por mi parte recordaba la sala de la casa de los abuelos, con sus sillas vienesas y sus macetas de rosasté esperando la eclosión de las cuatro de la tarde, y así era como hacíamos el amor, nostálgicamente, viniéndonos mientras nos íbamos tras viejos recuerdos.
Muchas veces hicimos el amor contra natura, a favor de natura, ignorando a natura. O de noche con la luz encendida, mientras los zancudos ejecutaban una danza cenital alrededor del foco. O de día con los ojos cerrados. O con el cuerpo limpio y la conciencia sucia. O viceversa. Contentos, felices, dolientes, amargados. Con remordimiento y sin sentido. Con sueño y con frío.
Y cuando estábamos conscientes de lo absurdo de la vida, y de que un día nos olvidaríamos el uno del otro, entonces hacíamos el amor inútilmente. Para envidia de nuestros amigos y enemigos, hacíamos el amor ilimitadamente, magistralmente, legendariamente. Para honra de nuestros padres, hacíamos el amor moralmente. Para escándalo de la sociedad, hacíamos el amor ilegalmente.
Para alegría de los psiquiatras, hacíamos el amor sintomáticamente. Y sobre todo hacíamos el amor físicamente.
También lo hicimos de pie y cantando, de rodillas y rezando, acostados y soñando. Y sobre todo y por simple razón de que yo lo quería así y ella también hacíamos el amor voluntariamente".
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Me tomo un café y escucho el Adagio de Barber, en memoria de los fallecidos por el accidente de ayer de los trenes en Toledo:

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