jueves, 4 de junio de 2026

"Ser progresista es otra cosa".

 

En 2011 publiqué un artículo en el "Diario Progresista" que entonces dirigía el dirigente del PSOE Antonio Miguel Carmona, compañero de la Universidad y un buen amigo. En su momento insistió para que me afiliara a este partido, como me ha ocurrido con otros amigos y otros partidos y asociaciones, pero, como es obvio, siempre he sonreído y me he negado. En aquel artículo escribí, entre otras cosas, que ser progresista significaba defender una serie de ideas y valores, y que la clave radicaba en la evolución que había vivido Occidente en los últimos siglos. El siglo XVIII fue la búsqueda de la justicia equitativa y la libertad de expresión (religiosa y de pensamiento). La ciudadanía civil se plasmó al amparo de los Derechos del Hombre, así como de las revoluciones de Estados Unidos y Francia, que lograron derechos relativos a la libertad individual, personal, de expresión, de creencias, pensamiento, propiedad y justicia. En Europa se terminó aceptando la laicización de la sociedad. El XIX fue el siglo del derecho a formar parte activa en el ejercicio del poder político. La ciudadanía política se refiere a los derechos que permiten la participación en ese poder, libertad de prensa, reunión, de elegir y ser elegido, de constitución de partidos políticos y de sindicatos. El siglo XX fue el testigo de la forma en que el derecho de los ciudadanos pudo concretarse en los campos social y económico, con la cobertura de unas condiciones mínimas aceptables de educación, salud, seguridad y nivel de vida. La ciudadanía social abarca los derechos y deberes civiles relativos al bienestar del ciudadano, tanto en el terreno económico (derecho al trabajo, de percepción de un salario mínimo, subsidio familiar y la igualdad de oportunidades), como en el terreno de la seguridad (con los derechos a la salud, una pensión y la protección contra los riesgos laborales).
 
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Me gusta caminar con la cabeza levantada y mirando al frente, como me gusta escuchar a Beethoven, el compositor libre y rebelde que siempre me acompaña:
 
Esta sonata solo tiene dos movimientos (la mayoría son de tres). En el primero Beethoven quiso reflejar la lucha entre la razón y los sentimientos, y el segundo la reconciliación entre los amantes.
 
Sí, ser humanista es otra cosa.

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