En 2011 publiqué un artículo en el "Diario Progresista" que entonces dirigía el dirigente del PSOE Antonio Miguel Carmona, compañero de la Universidad y un buen amigo. En su momento insistió para que me afiliara a este partido, como me ha ocurrido con otros amigos y otros partidos y asociaciones, pero, como es obvio, siempre he sonreído y me he negado. En aquel artículo escribí, entre otras cosas, que ser progresista significaba defender una serie de ideas y valores, y que la clave radicaba en la evolución que había vivido Occidente en los últimos siglos. El siglo XVIII fue la búsqueda de la justicia equitativa y la libertad de expresión (religiosa y de pensamiento). La ciudadanía civil se plasmó al amparo de los Derechos del Hombre, así como de las revoluciones de Estados Unidos y Francia, que lograron derechos relativos a la libertad individual, personal, de expresión, de creencias, pensamiento, propiedad y justicia. En Europa se terminó aceptando la laicización de la sociedad. El XIX fue el siglo del derecho a formar parte activa en el ejercicio del poder político. La ciudadanía política se refiere a los derechos que permiten la participación en ese poder, libertad de prensa, reunión, de elegir y ser elegido, de constitución de partidos políticos y de sindicatos. El siglo XX fue el testigo de la forma en que el derecho de los ciudadanos pudo concretarse en los campos social y económico, con la cobertura de unas condiciones mínimas aceptables de educación, salud, seguridad y nivel de vida. La ciudadanía social abarca los derechos y deberes civiles relativos al bienestar del ciudadano, tanto en el terreno económico (derecho al trabajo, de percepción de un salario mínimo, subsidio familiar y la igualdad de oportunidades), como en el terreno de la seguridad (con los derechos a la salud, una pensión y la protección contra los riesgos laborales).
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Me gusta caminar con la cabeza levantada y mirando al frente, como me gusta escuchar a Beethoven, el compositor libre y rebelde que siempre me acompaña:
Esta sonata solo tiene dos movimientos (la mayoría son de tres). En el primero Beethoven quiso reflejar la lucha entre la razón y los sentimientos, y el segundo la reconciliación entre los amantes.
Sí, ser humanista es otra cosa.

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