El sábado pasado nos fuimos a cenar unos cuantos amigos después
de la firma en la Feria del Libro de Madrid. La cervecería era
agradable, y sobre todo lo era la compañía. En cierto momento comenté
que la semana siguiente JR y yo íbamos a ir a la exposición del Reina
Sofía sobre la obra de Dalí. Nos invitaban a un recorrido de hora y
media sobre su significado más profundo, además de a una merienda en la
cafetería del edificio nuevo.
La aparición del nombre de Dalí recuperó un diálogo,
casi secular, entre AZ y yo. Los dos lo admiramos, aunque él considera
que es mejor dibujante que pintor. A mí ese aspecto me es indiferente.
Lo que me fascina de Dalí es su magia, sus contradicciones, su fuerza,
su decadencia, su surrealismo, sus deseos de llamar la atención, incluso
su vulgaridad.
Unos días después la excelente guía nos habló de la peculiar relación
que mantuvo Dalí con su padre, empezando por el hecho de que este no
registrara su nacimiento, y eso que era notario; unos meses antes había
muerto otro Salvador Dalí y el futuro pintor vino a sustituirlo. Quizá
por eso el recorrido se inicia con un retrato del padre, que terminó
desheredándolo en 1929, el año en que Dalí viajó a París y se introdujo
en el Surrealismo gracias a Miró. La exposición continúa con los
conocidos cuadros de su hermana, sin que eso suponga ninguna
interpretación freudiana, pues Dalí tan sólo la utilizaba como modelo de
mujer. Eso sí cuando nos encontremos frente al cuadro de Guillermo Tell
habrá que recordar que la manzana alude a la presión del padre.
El coqueteo con los “ismos” se produce en la Academia de San
Fernando; luego llegan Cadaqués, Port Lligat, Figueras, el “Buñuel” de
la Residencia de Estudiantes. El retrato del cineasta con las nubes que
casi parecen navajas cerca del ojo corrobora la famosa polémica entre
los dos artistas por la autoría original de la escena del ojo de “Un
perro andaluz”.
Me interesan las “mutilaciones” de los amigos artistas, que en Dalí
se representan con un cuerpo sin cabeza, en Lorca con un escritor sin
manos y en Buñuel en una película con un personaje sin ojo.
La Teoría de la Relatividad, la influencia de Gala, el cine con
Disney y Hitchcock… Su especial relación con Picasso. Su viaje a Estados
Unidos, sus cuadros con Lenin o Hitler, sus entrevistas con Franco…,
sus contradicciones.
Le digo a JR que tal vez AZ tenga razón, pero mi amigo me dice que
Dalí posee un poder de fascinación que excede el propio arte, incluso
las polémicas sobre sus gustos sexuales y políticos.
Dalí vivió y murió provocando, así que no le importará que le ponga
los cuernos al rostro que aparece en el folleto de la exposición.
(La merienda estuvo muy bien, y entablamos una agradable conversación con otras personas del grupo).
(Publicado en el Diario Progresista el 21 de junio de 2013)
viernes, 21 de junio de 2013
viernes, 14 de junio de 2013
Elogio de los perdedores
En estos tiempos de capitalismo salvaje e individualismo
colectivo, ser un perdedor no tiene buena prensa; quizá no la haya
tenido nunca. El ser humano necesita mensajes positivos, sentirse
superior al resto de animales, demostrar que puede cambiar el mundo con
sus acciones y decisiones.
Desde pequeños se nos educa para “derrotar” a los otros, para ser más fuertes que ellos. Recuerdo que en una clase de Gimnasia del colegio el profesor formó parejas para que lucháramos cuerpo a cuerpo entre nosotros y demostrar a los demás que éramos los más fuertes. A mí me tocó enfrentarme, en primer lugar, contra un muchacho enclenque, más delgado y bajito que yo, al que se podía derrotar sin dificultad. Al encararnos, me miró con una expresión de súplica, casi de miedo o de dolor. Asumía la derrota anticipadamente, pero me pedía con los ojos que no le hiciera daño. Estuve a punto de decir al profesor que no quería luchar, que aquello era absurdo y no tenía nada que ver con una clase.
Mientras daba vueltas a esos pensamientos, mi compañero se abalanzó sobre mí y me tiró a la colchoneta. Luego forcejeamos un poco, le fijé al suelo y pasé a la siguiente “pelea”.
Esta vez mi rival fue un chaval un poco más fuerte que el anterior, y nada más cogernos por los brazos me dejé vencer. Aún no he olvidado las risas de mis compañeros (en aquel colegio sólo había chicos). Quizá me llamaran “gallina”, algo habitual en la época, aunque no lo recuerdo. Las burlas duraron varios días, e incluso los muchachos de otros cursos me señalaban con el dedo cuando me veían por las escaleras o antes de entrar a clase.
Unos días después tuve ocasión de enfrentarme con el chico que me había “vencido”, pero fue a la puerta del colegio, en la calle. Se estaba riendo, en compañía de otros, de Alberto Rodríguez, un chaval muy tímido y algo tartamudo que no hablaba con nadie, salvo conmigo y otro chico del colegio. El caso es que me dirigí a él, le pegué un empujón y le tiré al suelo, con tan mala fortuna que se dio un golpe en la cabeza y se hizo un chichón que le duró varios días.
Al día siguiente el profesor de Gimnasia me castigó, y me tuvo durante dos semanas de cara a la pared, de rodillas y con los brazos en cruz. No lo hacía para recriminarme mi acción en la calle, sino por haberme dejado vencer en su clase.
(Publicado en el Diario Progresista el 14 de junio de 2013)
Desde pequeños se nos educa para “derrotar” a los otros, para ser más fuertes que ellos. Recuerdo que en una clase de Gimnasia del colegio el profesor formó parejas para que lucháramos cuerpo a cuerpo entre nosotros y demostrar a los demás que éramos los más fuertes. A mí me tocó enfrentarme, en primer lugar, contra un muchacho enclenque, más delgado y bajito que yo, al que se podía derrotar sin dificultad. Al encararnos, me miró con una expresión de súplica, casi de miedo o de dolor. Asumía la derrota anticipadamente, pero me pedía con los ojos que no le hiciera daño. Estuve a punto de decir al profesor que no quería luchar, que aquello era absurdo y no tenía nada que ver con una clase.
Mientras daba vueltas a esos pensamientos, mi compañero se abalanzó sobre mí y me tiró a la colchoneta. Luego forcejeamos un poco, le fijé al suelo y pasé a la siguiente “pelea”.
Esta vez mi rival fue un chaval un poco más fuerte que el anterior, y nada más cogernos por los brazos me dejé vencer. Aún no he olvidado las risas de mis compañeros (en aquel colegio sólo había chicos). Quizá me llamaran “gallina”, algo habitual en la época, aunque no lo recuerdo. Las burlas duraron varios días, e incluso los muchachos de otros cursos me señalaban con el dedo cuando me veían por las escaleras o antes de entrar a clase.
Unos días después tuve ocasión de enfrentarme con el chico que me había “vencido”, pero fue a la puerta del colegio, en la calle. Se estaba riendo, en compañía de otros, de Alberto Rodríguez, un chaval muy tímido y algo tartamudo que no hablaba con nadie, salvo conmigo y otro chico del colegio. El caso es que me dirigí a él, le pegué un empujón y le tiré al suelo, con tan mala fortuna que se dio un golpe en la cabeza y se hizo un chichón que le duró varios días.
Al día siguiente el profesor de Gimnasia me castigó, y me tuvo durante dos semanas de cara a la pared, de rodillas y con los brazos en cruz. No lo hacía para recriminarme mi acción en la calle, sino por haberme dejado vencer en su clase.
(Publicado en el Diario Progresista el 14 de junio de 2013)
jueves, 13 de junio de 2013
"Los mundos de Haruki Murakami, un ensayo de Justo Sotelo"
Los mundos de Haruki Murakami, un ensayo de Justo Sotelo
Publicado el
12 junio, 2013 por
Luis Muñoz Díez en
Literatura, Presentaciones tiene
No hay comentarios
El nombre de Haruki Murakami aparece en todas las quinielas, desde hace unos años, para recibir el premio Nobel de Literatura, e incluso el Príncipe de Asturias,
como ha ocurrido el pasado jueves. Todo ello sin contar la multitud de
premios prestigiosos que ha recibido tanto en Japón como en todo el
mundo, lo que, en palabras de Justo Sotelo -autor del ensayo que nos ocupa-, hace plena justicia a una literatura profunda y sensible, moderna o incluso postmoderna.
Justo Sotelo nació en Madrid, y es lo más parecido que conozco a un humanista que podría haber nacido en el Renacimiento.
Por una parte es economista, catedrático de Política Económica y
profesor en los prestigiosos ICADE (Universidad Pontificia de Comillas) y
CUNEF (Universidad Complutense de Madrid). Por otra, es licenciado y
doctor en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, y máster en Estudios Literarios y en Literatura Española.
En la primera vertiente ha escrito
varios libros de economía, así como decenas de artículos sobre esa
ciencia; mientras que, en la segunda, ha publicado cinco novelas que le
están abriendo un hueco en el panorama literario de este país (La muerte lenta”, 1995, “Vivir es ver pasar”, 1997, “La paz de febrero”, 2006, “Entrevías mon amour”, 2009 y “Las mentiras inexactas”, 2012), así como varios artículos de literatura y el presente ensayo sobre Murakami.
Sotelo llega a la conclusión en su estudio de que Murakami
es tanto un escritor oriental como occidental. Por una parte, el
sentido de lo espiritual y la estética de Japón impregnan sus páginas,
desde la llamada energía vital (ki), pasando por el concepto de sinceridad de los sentimientos (makoto)
y llegando a la intensidad de esos mismos sentimientos (mono no aware).
Por otra, queda patente la influencia de los grandes escritores
occidentales, algunos de los cuales ha traducido al japonés. Así por
ejemplo, “Suave es la noche” y “La montaña mágica” se
encuentran en la base de muchas de las clínicas de reposo (y bosques
perdidos en la naturaleza más agreste) donde se esconden sus héroes y
heroínas.
Lo que hace Murakami es dotar a sus personajes de un contenido mítico. Sotelo considera que La caza del carnero salvaje es
la novela ideal para acceder a su mundo; fue su tercer libro, y el
primero en ser traducido al castellano. En él se cuenta la búsqueda de
la eterna juventud por parte del protagonista de la historia, de su
amigo el Ratón y del mafioso que busca salvarse del cáncer que le está
matando. Desde luego se parece en todo al mundo mítico del Grial. Algo
parecido puede decirse de Kafka en la orilla, donde Murakami mezcla a Edipo con Kafka. El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas es una obra cargada de un discurso narrativo basado en la tipología de los mundos posibles. Al sur de la frontera, al oeste del sol supone una reflexión sobre el pasado, presente y futuro de Japón, algo que también puede decirse de Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, además de ser la historia de unos personajes que viven en el mundo de lo real maravilloso o de Sputnik, mi amor, After Dark, 1Q84 y Baila, baila, baila.
Sotelo ha escrito su estudio con una gran calidad técnica. Analiza con rigor las novelas de Murakami, pero a la vez con amenidad.
Su ensayo se lee con placer, como si nos enfrentáramos a una novela,
con un inicio, un nudo y un desenlace. Y lo hace con tanta perfección
que demuestra que el efecto repercusión de sus páginas se mantiene en el
lector después de cerrar el libro, y le convence de que ha leído cosas
imposibles, pero verosímiles, como cuando en las novelas de Murakami alguien intenta leer cráneos para recuperar los sueños perdidos.
Muchas de las novelas de este autor son
de “aprendizaje”. Es como si sus personajes dieran vueltas a una
adolescencia eterna, en la que no se vislumbra un final. El eterno
adolescente es un inconformista, alguien que no acepta las injusticias
de la sociedad. Esas personas que retrata Murakami están tan solas como la mayoría de nosotros, como en Tokio blues,
un desesperado canto de amor y amistad, donde los personajes no hablan
por los teléfonos móviles a todas horas, ni se envían correos
electrónicos ni entran en Facebook.
Esta última novela se llama realmente Norwegian Wood, en homenaje a la canción de los Beatles, lo que justifica una hermosísima portada en el libro editado por Izana, con un dibujo de Gabriela Amorós Seller que sintetiza perfectamente el trasfondo que une, y de alguna forma desune, a los personajes de Murakami.
Los mundos de Haruki Murakami, de Justo Sotelo, Editorial Izana, 2013
sábado, 8 de junio de 2013
¿Por qué Haruki Murakami terminará recibiendo el premio Nobel de literatura?
He estudiado la literatura japonesa en los últimos años de mi
vida con el fin de penetrar en el espíritu de las novelas de Haruki
Murakami. También me he sumergido en la cultura y las costumbres de la
sociedad japonesa, así como en los principales aspectos de su economía y
sistema político. Japón siempre ha sido un país especial desde la
mirada de un occidental, aunque cada vez encuentro menos diferencias.
Nos guste o no, vivimos en un mundo "globalizado".
Y lo he hecho porque estoy convencido de que la obra de Murakami está a la altura de los grandes escritores actuales, y por supuesto a la de otros escritores clásicos japonés como Oê, Mishima, Kawabata, Tanizaki o Soseki.
Estamos viviendo una época complicada, no sólo por la crisis económica de los últimos años, sino también por la existencia de una crisis de contenido espiritual que lleva al aislamiento de las personas. En momentos así suele triunfar la literatura de la soledad y el desamor, con personajes que buscan que alguien los escuche, que los quiera, que los desee.
Los personajes de Murakami viven en su época, con las ventajas e inconvenientes que esto supone, y representan los miedos, frustraciones y alegrías del hombre corriente. A veces, se esconden en pozos y cabañas abandonadas, y acaban atravesando las paredes y las cabezas de las personas mientras les salen manchas en el rostro; otras, se pierden en bosques que pertenecen a una realidad paralela. En ocasiones, salen de viaje en busca de sí mismos, y visitan bibliotecas que sólo existen en sus conciencias.
Además de todo ello, las quinceañeras se inmiscuyen en la vida de los adultos -que hablan con gatos y dibujos animados-, los carneros salvajes tienen estrellas en el lomo, las ciudades poseen dos lunas, las norias son mágicas, los jóvenes no quieren despertar, el sexo da la vida pero también la quita... De esa forma se pueden habitar varios mundos a la vez, y pasar de unos a otros a través de los pasadizos que brindan los textos de la literatura.
Murakami es un escritor posmoderno que ha entendido el papel primordial de los actos poéticos y de la propia vida contemporánea. Ese es el motivo principal por el que he analizado su literatura, que ahora publico en forma de ensayo en la editorial Izana, a la que quiero agradecer desde este diario su interés por la obra del autor japonés, así como por mi propia obra.
El dibujo de la portada, que es obra de la artista Gabriela Amorós Seller, otorga un valor esencial al ensayo, no sólo por mostrar ese amor “casi por encima de la muerte” de muchos de los protagonistas de Murakami, sino por el homenaje implícito que supone a uno de los libros más famosos e interesantes del escritor japonés, “Norwegian Wood”, la canción de los Beatles que escucha el narrador de la novela (que en España se llamó “Tokio blues”) cuando su avión está llegando a Alemania y es consciente del rapidísimo e inexorable paso del tiempo.
(Publicado en el Diario Progresista el 7 de junio de 2013).
Y lo he hecho porque estoy convencido de que la obra de Murakami está a la altura de los grandes escritores actuales, y por supuesto a la de otros escritores clásicos japonés como Oê, Mishima, Kawabata, Tanizaki o Soseki.
Estamos viviendo una época complicada, no sólo por la crisis económica de los últimos años, sino también por la existencia de una crisis de contenido espiritual que lleva al aislamiento de las personas. En momentos así suele triunfar la literatura de la soledad y el desamor, con personajes que buscan que alguien los escuche, que los quiera, que los desee.
Los personajes de Murakami viven en su época, con las ventajas e inconvenientes que esto supone, y representan los miedos, frustraciones y alegrías del hombre corriente. A veces, se esconden en pozos y cabañas abandonadas, y acaban atravesando las paredes y las cabezas de las personas mientras les salen manchas en el rostro; otras, se pierden en bosques que pertenecen a una realidad paralela. En ocasiones, salen de viaje en busca de sí mismos, y visitan bibliotecas que sólo existen en sus conciencias.
Además de todo ello, las quinceañeras se inmiscuyen en la vida de los adultos -que hablan con gatos y dibujos animados-, los carneros salvajes tienen estrellas en el lomo, las ciudades poseen dos lunas, las norias son mágicas, los jóvenes no quieren despertar, el sexo da la vida pero también la quita... De esa forma se pueden habitar varios mundos a la vez, y pasar de unos a otros a través de los pasadizos que brindan los textos de la literatura.
Murakami es un escritor posmoderno que ha entendido el papel primordial de los actos poéticos y de la propia vida contemporánea. Ese es el motivo principal por el que he analizado su literatura, que ahora publico en forma de ensayo en la editorial Izana, a la que quiero agradecer desde este diario su interés por la obra del autor japonés, así como por mi propia obra.
El dibujo de la portada, que es obra de la artista Gabriela Amorós Seller, otorga un valor esencial al ensayo, no sólo por mostrar ese amor “casi por encima de la muerte” de muchos de los protagonistas de Murakami, sino por el homenaje implícito que supone a uno de los libros más famosos e interesantes del escritor japonés, “Norwegian Wood”, la canción de los Beatles que escucha el narrador de la novela (que en España se llamó “Tokio blues”) cuando su avión está llegando a Alemania y es consciente del rapidísimo e inexorable paso del tiempo.
(Publicado en el Diario Progresista el 7 de junio de 2013).
sábado, 1 de junio de 2013
Un homenaje a las palabras en papel
Hoy comienza la Feria del Libro de Madrid en el parque del
Retiro. Allí estarán los libreros y las editoriales con sus casetas
abiertas esperando que se acerquen los lectores curiosos a comprar sus
libros preferidos. Esta feria tiene algo de ritual, y también de
resistencia ante el dominio de las nuevas tecnologías, la falta de
lectura e incluso la desidia de unos políticos que piensan que hay cosas
más importantes que hacer que "salvar" al libro.
Como siempre digo, tengo tantas libros en papel en mi biblioteca que necesitaría varias vidas para leerlos y comprenderlos todos.
Si nos vamos hacia atrás en el tiempo, recordaremos que las universidades nacieron en Europa en los siglos XII y XIII. Además de la calidad del profesorado y de la existencia de instalaciones adecuadas, era necesaria una figura que garantizara el valor de los textos utilizados por los estudiantes, en una época en que la imprenta quedaba lejana. Aquella figura se denominó “estacionario”, y tuvo una función singular en el sistema educativo medieval.
El estacionario disponía de ejemplares o copias de los libros de clase, aceptados por los profesores y el rector de la universidad. Al estar desencuadernados, los propios alumnos -o los copistas profesionales- podían hacer copias de los mismos. Alfonso X aseguró en un documento de 1254 que el estacionario debía tener “los exemprarios buenos e correctos”. En las “Siete Partidas” (1256-1265), consideró al estacionario indispensable en todo estudio general, ya que gracias a él los estudiantes podían hacerse con copias fiables y corregir los errores existentes en otros casos.
El cambio en la forma de elaborar los libros transformó el oficio del estacionario, y terminó por privarle de su nombre. Desde entonces, fue “librero” sin más. Desde el siglo XVI, además, su nombre desapareció de los diccionarios y el mismo vocabulario. Como asegura mi profesor Gómez Moreno, hubo que esperar hasta los años treinta del siglo XX para que ciertas investigaciones sobre la copia de manuscritos a partir de ejemplares desmembrados en “pecias” o cuadernos lograran recuperar su figura.
Ahora los libreros y editoriales permanecerán un par de semanas en el Paseo de Coches del Retiro, aunque llueva o haga calor. Y algunos tal vez recuerden que sus antepasados fueron importantes.
Como siempre digo, tengo tantas libros en papel en mi biblioteca que necesitaría varias vidas para leerlos y comprenderlos todos.
Si nos vamos hacia atrás en el tiempo, recordaremos que las universidades nacieron en Europa en los siglos XII y XIII. Además de la calidad del profesorado y de la existencia de instalaciones adecuadas, era necesaria una figura que garantizara el valor de los textos utilizados por los estudiantes, en una época en que la imprenta quedaba lejana. Aquella figura se denominó “estacionario”, y tuvo una función singular en el sistema educativo medieval.
El estacionario disponía de ejemplares o copias de los libros de clase, aceptados por los profesores y el rector de la universidad. Al estar desencuadernados, los propios alumnos -o los copistas profesionales- podían hacer copias de los mismos. Alfonso X aseguró en un documento de 1254 que el estacionario debía tener “los exemprarios buenos e correctos”. En las “Siete Partidas” (1256-1265), consideró al estacionario indispensable en todo estudio general, ya que gracias a él los estudiantes podían hacerse con copias fiables y corregir los errores existentes en otros casos.
El cambio en la forma de elaborar los libros transformó el oficio del estacionario, y terminó por privarle de su nombre. Desde entonces, fue “librero” sin más. Desde el siglo XVI, además, su nombre desapareció de los diccionarios y el mismo vocabulario. Como asegura mi profesor Gómez Moreno, hubo que esperar hasta los años treinta del siglo XX para que ciertas investigaciones sobre la copia de manuscritos a partir de ejemplares desmembrados en “pecias” o cuadernos lograran recuperar su figura.
Ahora los libreros y editoriales permanecerán un par de semanas en el Paseo de Coches del Retiro, aunque llueva o haga calor. Y algunos tal vez recuerden que sus antepasados fueron importantes.
viernes, 24 de mayo de 2013
¿Vivimos un nuevo "Tiempo de silencio"? (y 3)
En esa denuncia entran no sólo la burguesía y los estratos sociales más privilegiados, sino el subproletariado de las chabolas, así como los valores y mitos de una España que evolucionaba con excesiva lentitud hacia la modernidad, por mucho que el Régimen y los tecnócratas del Opus Dei intentaran lavar el rostro de una España que había perdido el tren de la historia.
Algunos de los motivos que la convirtieron en una verdadera revolución en el momento de su aparición son los siguientes.
Al componente político (el autor intentó plasmar algunos de sus ideales marxistas) habría que unir el existencial, en la línea de Sastre y Camus, mostrando unos personajes carentes de ilusión, frustrados, abúlicos y degradados.
Igualmente habría que destacar la visión desmitificadora del paisaje castellano, en claro contraste con el que podían tener los escritores del 98. Es como si Martín-Santos buscara criticar al franquismo valiéndose de algunos de sus mitos, en muchas ocasiones demasiado tópicos; en concreto, el origen de la lengua castellana, la mística del Siglo de Oro en alusión a las Moradas de Santa Teresa y las propias alusiones al éxtasis místico, así como al símbolo por excelencia de la España imperial y la dictadura de Franco: el Monasterio de El Escorial.
Debido a la condición de psiquiatra del autor, no sería ilusorio interpretar en clave psicoanalítica el motivo de la “castración” espiritual de Pedro que se alude en las últimas páginas de la novela, lo que contrastaría con el símbolo fálico de las torres del Monasterio. En caso contrario, ¿a qué se estaría refiriendo el personaje cuando insiste en que “está capado sin ruido alguno”?
De forma textual aparece en sus pensamientos la expresión que da título a la novela, y que resume lo que Martín-Santos pensaba de la situación que intentó reflejar con tanta calidad, y que de alguna forma he intentado conectar con la situación que se vive en España, y otros países de nuestro entorno, en los últimos años. Estoy convencido de que el autor escribiría una novela con muchos puntos en común en la actualidad, donde no habría ni buenos ni malos del todo. Como dijo Aristóteles en su ¨Ética a Nicómaco”, en el centro está la virtud.
(Publicado en el Diario Progresista el 24 de mayo de 2013)
viernes, 17 de mayo de 2013
¿Vivimos un nuevo "Tiempo de silencio"? (2)
Luis Martín-Santos era médico y psiquiatra, y eso se notaba en
los temas sobre los que escribía: el amor, la muerte, el dolor, el sexo,
la soledad... Baroja es el primer nombre que acude a la mente cuando se
lee Tiempo de silencio. En sus páginas laten La Busca y El árbol de la
ciencia, aunque Martín-Santos ahonda más en sus personajes. Pedro es un
tipo más profundo que Hurtado, a pesar de que el personaje de Baroja
resulta entrañable.
También toman cuerpo las figuras de Cervantes y Joyce. En su novela Martín-Santos se refiere con elogios al autor del Quijote, y se pregunta cómo es posible que esa novela pudiera ser escrita en un país como España. Con relación al Ulises, tampoco oculta su admiración por la obra, y la considera como la gran novela de la modernidad en lengua inglesa.
No faltan las alusiones literarias y metaliterarias a la Biblia, a la gran literatura inglesa, francesa y alemana del siglo XVIII, a Sartre y Ortega, a las obras clásicas griegas y romanas, a los mejores libros del Renacimiento y el Barroco, si bien en este último caso a veces se dejan caer críticas mordaces.
La erudición de Martín-Santos es manifiesta y la utiliza como una técnica literaria más a la hora de hacer evolucionar la historia.
En Tiempo de silencio se observan aspectos como la “omnisciencia editorial”, con juicios explícitos del narrador sobre Madrid, la ciencia y el arte, o la sociedad en su conjunto; y la “omnisciencia neutral”, con la que se demuestra que el narrador conoce la intimidad de los personajes. También se utiliza, de forma magistral, el monólogo interior.
Martín-Santos defendió el estilo culto frente al llano, la dificultad frente a la sencillez, lo artístico frente a lo periodístico, si bien no pudo eludir cierto hermetismo en su manera de escribir. Usó el “estilo bajo” para los soliloquios de Cartucho y los monólogos de Amador, el “estilo medio” para los diálogos de personajes más cultos, y el “estilo elevado” para los descripciones del narrador.
Son habituales las expresiones latinizantes, con abundancia de prótasis y apódosis, muchos incisos e hipérbatos, como en la conocida descripción de la ciudad de Madrid, donde se pueden leer hasta 27 prótasis y una apódosis final.
En la novela domina la técnica subjetivista. En este tipo de obras se ha producido la desaparición del narrador, que no se dirige al lector especialmente, y deja sólo a los personajes en sus aventuras vitales. Hay también un patente dominio del diálogo, así como el hecho de que no exista un protagonista individual claro. Todo lo contrario se produce en la descripción de ambientes, con la intención de reducir la trama y los aspectos temporales y espaciales.
Como contraste, una obra que refleja, a la perfección, la técnica objetivista es Tormenta de verano, de García Hortelano, publicada también en 1962. La técnica utilizada en esta novela reproduce fielmente el diálogo, a través del cual se capta la moralidad (o incluso amoralidad) de unos amigos que veranean en la costa catalana en una colonia de nuevos ricos. El libro se inicia con una situación dramática; una joven aparece muerta, desnuda, en la playa. El shock provocado por la aparición llevará a Javier, el protagonista, a una continua introspección y a una revisión de sus valores. La novela transcurre lenta, plácidamente, mostrando el entresijo de las relaciones de las parejas que veranean en la urbanización.
El trasfondo del crimen aporta una tensión subyacente leve, pero omnipresente, casi hiperrealista. La resolución del mismo hará que Javier encuentre la calma y que el orden establecido, aunque pleno de hipocresía, vuelva a reinar. Algo similar podría decirse sobre Dos días de septiembre, de Caballero Bonald, y Fin de fiesta, de Goytisolo.
(Publicado en el Diario Progresista el 17 de mayo de 2013).
También toman cuerpo las figuras de Cervantes y Joyce. En su novela Martín-Santos se refiere con elogios al autor del Quijote, y se pregunta cómo es posible que esa novela pudiera ser escrita en un país como España. Con relación al Ulises, tampoco oculta su admiración por la obra, y la considera como la gran novela de la modernidad en lengua inglesa.
No faltan las alusiones literarias y metaliterarias a la Biblia, a la gran literatura inglesa, francesa y alemana del siglo XVIII, a Sartre y Ortega, a las obras clásicas griegas y romanas, a los mejores libros del Renacimiento y el Barroco, si bien en este último caso a veces se dejan caer críticas mordaces.
La erudición de Martín-Santos es manifiesta y la utiliza como una técnica literaria más a la hora de hacer evolucionar la historia.
En Tiempo de silencio se observan aspectos como la “omnisciencia editorial”, con juicios explícitos del narrador sobre Madrid, la ciencia y el arte, o la sociedad en su conjunto; y la “omnisciencia neutral”, con la que se demuestra que el narrador conoce la intimidad de los personajes. También se utiliza, de forma magistral, el monólogo interior.
Martín-Santos defendió el estilo culto frente al llano, la dificultad frente a la sencillez, lo artístico frente a lo periodístico, si bien no pudo eludir cierto hermetismo en su manera de escribir. Usó el “estilo bajo” para los soliloquios de Cartucho y los monólogos de Amador, el “estilo medio” para los diálogos de personajes más cultos, y el “estilo elevado” para los descripciones del narrador.
Son habituales las expresiones latinizantes, con abundancia de prótasis y apódosis, muchos incisos e hipérbatos, como en la conocida descripción de la ciudad de Madrid, donde se pueden leer hasta 27 prótasis y una apódosis final.
En la novela domina la técnica subjetivista. En este tipo de obras se ha producido la desaparición del narrador, que no se dirige al lector especialmente, y deja sólo a los personajes en sus aventuras vitales. Hay también un patente dominio del diálogo, así como el hecho de que no exista un protagonista individual claro. Todo lo contrario se produce en la descripción de ambientes, con la intención de reducir la trama y los aspectos temporales y espaciales.
Como contraste, una obra que refleja, a la perfección, la técnica objetivista es Tormenta de verano, de García Hortelano, publicada también en 1962. La técnica utilizada en esta novela reproduce fielmente el diálogo, a través del cual se capta la moralidad (o incluso amoralidad) de unos amigos que veranean en la costa catalana en una colonia de nuevos ricos. El libro se inicia con una situación dramática; una joven aparece muerta, desnuda, en la playa. El shock provocado por la aparición llevará a Javier, el protagonista, a una continua introspección y a una revisión de sus valores. La novela transcurre lenta, plácidamente, mostrando el entresijo de las relaciones de las parejas que veranean en la urbanización.
El trasfondo del crimen aporta una tensión subyacente leve, pero omnipresente, casi hiperrealista. La resolución del mismo hará que Javier encuentre la calma y que el orden establecido, aunque pleno de hipocresía, vuelva a reinar. Algo similar podría decirse sobre Dos días de septiembre, de Caballero Bonald, y Fin de fiesta, de Goytisolo.
(Publicado en el Diario Progresista el 17 de mayo de 2013).
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