No voy a hablar de las chicas guapas a las que les sientan muy bien los pantalones cortos y que podían haber sido mis alumnas y tal vez presidentas de la Comunidad de Madrid, sino de otra cosa.
Siempre digo que tengo el mundo en mis manos, como en aquella película de aventuras de Gregory Peck. Los madrileños somos así, no lo podemos evitar, sobre todo los de Chamberí. El mundo es nuestro, por supuesto, jeje, como lo son el Taj Majal, la Alhambra, las suaves y verdes colinas de Irlanda, todas las maravillas del mundo y cada una de las playas del planeta, aunque nos queden un poco lejos, pero que son madrileñas. Total, te subes a un avión en Barajas y puedes tomarte una copa de champán en París, Londres, Delhi o Nueva York en un rato.
¿De dónde aprendemos los escritores de Chamberí a escribir? Pues de todo lo que vivimos, leemos, amamos y del cine, claro. ¿Quién no querría aprender de las obras maestras de Ford, Hitchcock, Hawks y de otro de los clásicos que adoro, Raoul Walsh? Esto también le pasó a Woody Allen, con una de sus imágenes icónicas, aquella del Puente de Queensboro (también conocido como el puente de la calle 59) y sus maravillosas historias de amor. ¿Qué hubiera hecho Woody Allen sin los clásicos? ¿Qué hubiera hecho yo sin Woody Allen?
Siempre he escrito por amor:

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