domingo, 28 de diciembre de 2025

"Hagamos el amor y no la guerra".


 
Ayer me detuve a charlar con ese chico de la nariz de zanahoria que tengo a mi espalda y le conté que por la mañana, mientras tomaba un café como ahora, escribí un texto en el que decía que me hubiera gustado ser un jipi, uno de esos jóvenes que se iban a amar a Ibiza y a Tenerife, a Marruecos y a la India, cosa que terminé haciendo con el tiempo. Aquellos que quisieron cambiar el mundo con las revueltas universitarias de Berkeley, París y Praga. Y no me habría importado escribir "La insoportable levedad del ser", una de esas novelas que siempre tienen un sitio en la maleta de la vida. 
 
Ya me entiendes, le dije, y os lo digo a mis amigos y aprovecho para daros las gracias por los inteligentes y cariñosos comentarios que me escribisteis ayer.
 
Soy de los que aún se narran la vida y se cuentan historias, es cierto, te lo aseguro, dije al muñeco de nieve con la nariz de zanahoria, casi como se cuenta el Génesis, un Mito o una Religión. Ya sabes que soy antimilitarista, como he contado en mis novelas "La paz de febrero" (2006) y "Entrevías mon amour" (2009). Y que siempre he elegido hacer el amor, pasarme media vida haciéndolo, y la otra escribiendo, estudiando, viajando y dando clase. Todo empezó en la Universidad de California en Berkeley, donde di clase con veintitantos años una primavera con mi amigo Antonio Carmona y algunos otros amigos de la Universidad.
 
En esa época las chicas llevaban flores en el pelo y Scott McKenzie cantaba el himno jipi por excelencia:
 
Mi buena amiga de Zaragoza, la escritora Ana María Navales, a la que siempre estaré agradecido por haber escrito uno de los mejores libros de cuentos en español, inspirado en Virginia Woolf y su mundo de Bloomsbury, además de por su amistad, me llamaba "el chico de la mochila" porque en ella guardaba mis sueños, decía, y mis futuras novelas. Ana María es de las que siempre llevará flores en el pelo.

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