No lo digo porque sea mi tertulia en el centro de Madrid, ni yo sea muy simpático y majete, como dice la IA, sino porque me acompañan cada martes algunas de las personas más interesantes que conozco y que más literatura saben. Y porque ayer tuvimos como invitada a la poeta granadina Teresa Gómez, que con solo tres libros me parece de lo mejor de lo que se llamó Nueva sentimentalidad y luego Poesía de la Experiencia, como lo demuestran "Los tulipanes son demasiado rojos" (2026, Bartleby).
Leo "Tulipanes", de Sylvia Plath, uno de sus poemas más célebres, y encuentro el título y el último poema del libro de Teresa. Plath había ingresado en un hospital para una operación de apendicitis; se suicidaría dos años después, en 1963.
Empieza así:
"Los tulipanes son demasiado entusiastas, acá es invierno.
Vean qué blanco todo, qué tranquilo, qué nevado.
Aprendo a estar en paz, acostada sola, en silencio
como la luz se acuesta en estas paredes blancas, esta cama
[estas manos.
No soy nadie. Nada tengo que ver con explosiones.
Les di mi nombre y mi ropa de calle a las enfermeras
y mi historia al anestesista y mi cuerpo a los cirujanos (...)
En las páginas 69 y siguientes del libro de Teresa leemos:
(The tulips are too red in the first place, they hurt me. Sylvia Plath)
"Los grillos macho excavan su madriguera
en mi cráneo y afinan su chirrido.
No puedo cortar esas flores que crecen a la orilla del mar.
El océano que tiende su espalda bajo mi ventana ahora es de color naranja
Y el universo es de color naranja
Y la tierra de mis macetas se inflama y es de color naranja.
Lanzan granadas…
No, misiles.
Cientos de niños están heridos.
No, muertos.
No, asesinados.
Las palabras en la cuerda floja ejecutan acrobacias
capaces de provocarte vértigo,
de provocarte náuseas.
Vociferan en todos los idiomas la noticia
“el aire nos hará enfermar”.
No respiro.
Me aturde la cháchara de los cuervos que cuchichean entre los matorrales.
Construyo mi madriguera llorando a lágrima viva.
Hiberno.
No puedo cortar esas flores que crecen a la orilla del mar.
Creo que son de plástico…
No, de plasma.
Los girasoles tienen un color desajustado
Y los tulipanes son demasiado rojos".
Esto es lo que en Teoría de la Literatura llamamos "falacia patética". Sylvia Plath encuentra el mundo absurdo, terrible, sobre todo si lo compara con la belleza de los tulipanes rojos que le llevó su marido al día siguiente de su ingreso en el hospital. Teresa Gómez utiliza la tristeza interior del mundo de Plath para proyectarla sobre el mundo exterior que ella observa desde sus ojos de filóloga y psicoterapetua. La falacia patética sería un recurso literario para atribuir emociones, estados de ánimo, pensamientos y sensaciones a la naturaleza, los objetos inanimados o animales. A pesar de llevar la palabra "falacia", no alude a un error lógico en una discusión, sino a un tipo específico de personificación muy utilizado en la literatura para construir una atmósfera o reflejar el mundo interior de los personajes. El concepto fue acuñado en 1856 por el crítico de arte y escritor británico John Ruskin en su obra Pintores modernos (Modern Painters). La palabra "patético" proviene de la raíz griega pathos, que significa emoción, sentimiento o sufrimiento.
Entre todos recitamos varios de los poemas del libro. Vi feliz al editor Pepo Paz Saz, de Bartleby, a la pareja de Teresa, el hermano de Pilar del Río, viuda de Saramago, a Javier Lostalé, a mi ex alumna Ruth, a la que hacía tiempo que no veía. A todos mis amigos y amigas, en definitiva, que me acompañaron. La música de hoy es la del Pequeño vals vienés, de Poeta en Nueva York, con la voz de Cohen, que me hace especialmente feliz a mí:




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