De haberlo hecho habría sido testigo de algo mágico que me sucedió ayer por la tarde. Ella salió de un extremo de la playa y él del otro, a dos o tres kilómetros de distancia. Ella caminaba despacio pensando en el examen de literatura española del Siglo XVII que debía realizar en unos días, a la vuelta de las vacaciones. Él daba vueltas al relato que estaba escribiendo basándose en algunas ideas esenciales del Romanticismo inglés y alemán. Llegaron hasta mí, se detuvieron y me miraron. De improviso desaparecieron de mi vista y solo distinguí a Tiresias que se reía en la orilla. Me acerqué a él y le pregunté por qué se reía y si había visto a un hombre y una mujer que estaban a mi lado hacía un instante. Mírate dentro de ti y verás a los dos, me dijo, pero no olvides que tu parte femenina disfruta mucho más que la masculina durante el acto sexual. Ah, añadió, no he visto a nadie porque sabes que soy ciego.
En un quiosco de la playa sonaba una sinfonía de Brahms:

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