domingo, 26 de julio de 2026

"Somos lo que amamos".


 
El idioma que hablamos, la herencia que hemos recibido, los lugares por los que hemos caminado. La IA es un subproducto de la mente y la sensibilidad de millones de personas que ya no están con nosotros como algunos escribimos para personas que todavía no han nacido. Como los árboles que se han plantado y que se seguirán plantando. Los seres humanos somos producto de la colaboración entre los que han estado, los que están y los que estarán. Aisladamente habríamos desaparecido hace miles de años; juntos todavía podemos continuar progresando. Leyendo los libros que se han escrito, amando lo que hemos amado, escuchando la música que tantos compositores han construido para crear la banda sonora de nuestras vidas, como la Pastoral de Beethoven que tanto me ha acompañado caminando por los colores de mi infancia y juventud, y que me sigue acompañando:
 
En cuanto pueda volveré a plantar un árbol, de esos que ahora se están quemando en esa fotografía, como cuando comí un melocotón de niño, di el hueso a mi padre y floreció un melocotonero en la siguiente primavera.

"Los pájaros".


 
 
Los pájaros vuelan en libertad embriagados de vitalidad y candor. Sí, necesito saber que existes, en Madrid, La Adrada y el valle del Tiétar, por la sierra de Gredos por donde tanto he paseado y vivido. Platón habló del idealismo metafísico. La realidad no es ese mundo material que percibimos con los sentidos, sino un plano inmaterial, inmutable de las esencias universales. Kant se refirió al idealismo trascendental y nos enseñó que el conocimiento es el resultado de la síntesis entre la experiencia (lo que recibimos de los sentidos) y las estructuras a priori (aquellas facultades innatas de nuestra mente). Hegel aludió al absoluto puesto que la realidad es un todo racional y espiritual que evoluciona con la historia mediante la dialéctica. La distinción entre el sujeto que conoce y el objeto conocido desaparece porque todo es parte de un mismo proceso de autoconocimiento. Y así nacemos tú y yo para el Otro, y concebir la idea, el cuerpo y el alma del Otro. Déjame saber que me deseas, y que me seguirás deseando cuando algún día habitemos únicamente el mundo espiritual de las ideas. Por eso escribe conmigo la novela que llevo escribiendo desde los once años en la sierra de Gredos mientras esperaba que tú nacieras para conocerte: 
 

jueves, 23 de julio de 2026

"Mis momentos kairós".


 
Me gusta perder el tiempo en cosas que no sirven para nada, como escribir novelas, dar clase, escuchar a Bruckner, caminar sin ninguna dirección, hablar por teléfono con mis amigos, sentarme a escuchar la música de un riachuelo, sacar la lengua a un niño en su cochecito y jugar con mi gatita Ana. Ya no hablo de hacer el amor por el simple placer de hacerlo porque somos humanos y estamos vivos. El paso del tiempo se medía, en su momento, según la geografía, los ritmos de la agricultura, los regímenes políticos, los rituales religiosos y las guerras. Todo cambió en la Grecia del siglo III, cuando se empezó a hablar de Kronos y Kairós. Kronos es el tiempo cronológico, lineal y cuantitativo, el del reloj y el calendario. Es el tiempo que transcurre de forma incesante y medible en segundos, horas o días. En nuestra vida diaria, rige nuestras agendas, el trabajo y las rutinas, pudiendo convertirse en una fuente de estrés si nos volvemos esclavos de la inmediatez, de la coyuntura. Con Kronos aparecieron esas bobadas de "no pierdas tiempo", "el tiempo no espera a nadie", "el tiempo es oro", y cosas así que se empeñan en marcarnos la TV, los medios de comunicación y las redes sociales. ¿De verdad a alguien le importa lo que les sucede a los políticos y a los famosillos de cartón piedra, o la vida privada de los futbolistas? En contraste, Kairós sería el tiempo cualitativo y subjetivo, asociado al momento preciso, a la creatividad o a la "oportunidad". No importa cuánto dure, sino lo que sucede en ese instante. Es el momento perfecto para tomar una decisión, tener una idea brillante, conectar con alguien o escuchar a Bruckner en el coche mientras el viento entra como un ciclón por las ventanillas y tienes la sensación de que estás vivo:
 

miércoles, 22 de julio de 2026

"Mis alumnos y mi sonrisa".


 
Ayer por la tarde uno de mis alumnos de este curso me envió una fotografía desde la playa con otros amigos y compañeros (que están en esta foto) para decirme que se estaban acordando de mí, de mis clases, de la alegría con la que los trataba y de mi forma de ser. En el libro que ahora estoy escribiendo y que publicaré el año que viene, y donde, como siempre, mezclo todos los géneros, junto al tiempo y el espacio, empeñado en hacer avanzar la literatura, hablo bastante de estos chicos y de todos los que me han acompañado durante tantos años en la Universidad. La juventud española es estupenda, no solo porque ganen el mundial de fútbol y acto seguido llenen las calles de Madrid con su alegría, sino porque se encuentran entre los mejores profesionales del mundo, los mejores maestros e investigadores, y porque ellos son el futuro y yo soy un escritor y profesor que cuenta lo que imagina y también lo que ve. Y ahora me voy a pasear por la calle a través de la literatura y la música, escuchando con los cascos la última sonata de Beethoven, con la que he soñado esta noche. Yo estaba en un bosque, se había hecho de noche y no encontraba la salida. De pronto Mauricio Pollini se puso a tocar esta música:
 
 
Y desperté con una sonrisa en los labios, como siempre.

martes, 21 de julio de 2026

"Leer es una posibilidad en días de calor".


 

Es lo que ha hecho estos días la poeta y bióloga Isabel Fernández Bernaldo de Quirós con mi libro y ayer se sentó frente al ordenador para reflexionar sobre su lectura.

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“CUENTOS DE LOS OTROS” de Justo Sotelo.

"Porque me ha hecho pasar buenos momentos de descanso mientras el viento movía las páginas de su libro de relatos “Cuentos de los otros” (Narrativa Bartleby, 2017).

Porque me gusta su forma de narrar y hacer del relato una especie de revoleo de fichas de dominó con sus vivencias, reales o soñadas.

Porque disfruto del arte de su lingüística y de esa capacidad suya de hacer que lo difícil parezca fácil.

Por la ternura que roza suavemente la poesía y me hace gozar aún más y dibuje símbolos en el papel.

Por ser un enamorado del amor y de sus artes.

Por creer en la felicidad que vive y transmite.

Porque en la página 91 de la tercera parte del libro nos invita a leer un pequeño-gran relato de amor, y a escuchar “You have been loved” de George Michel, voz que me acompañó en la eterna juventud de mis hijos.

Este es el relato.

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YOU HAVE BEEN LOVED

“Te llamo por teléfono y vienes a bailar conmigo? Verás la rapidez con que los labios cambian de color sin apenas darse cuenta.

Poco después mis dedos encontrarán el delicado y paciente hoyo que tienes en el cuello, justo debajo de la barbilla, y tus manos se perderán en mi pelo, mientras ambos nos subimos a la avioneta de la literatura, sin ninguna brújula.

Será el momento de verlo todo, aunque tengamos los ojos cerrados.

Se sigue besando mejor con los ojos cerrados".

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El texto final de la contraportada del libro resume la esencia de cada una de sus tres partes, y finaliza así:

“Complemento perfecto a su anterior libro (Cuentos de los viernes, 2015, Narrativa Bartleby), estos “Cuentos de los otros” se refieren a la búsqueda del otro, de los otros, de todos aquellos que nos ayudan a vivir y a entendernos a nosotros mismos.

Por todo eso y más, hoy, para quien lo desee, aquí:

https://www.youtube.com/watch?v=WcX0hDEqS4E&list=RDWcX0hDEqS4E&index=1

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Aquí terminan las palabras que escribió ayer por la noche. Amanece, me tomo el primer café de este día caluroso. Isabel se va a poner a leer ahora mi novela "Las mentiras inexactas", 2012, Izana. Me gusta encontrarme a lectoras en mi propio mundo y que viajen conmigo.

lunes, 20 de julio de 2026

"De qué me alimento como escritor".


 
De lo que vivo, de lo que leo, de lo que veo. Sentado en el Paseo de Recoletos, como ayer por la tarde, antes de ver en Colón, por fin, la obra de teatro "El trovador", de Antonio García Gutiérrez, por parte de la compañía Ensamble Bufo, creada en 2015 de la mano de Hugo Nieto para revitalizar el teatro clásico con elementos vanguardistas. Tenía que haberla visto esta tarde, pero ya he contado que la obra se canceló puesto que veinte mil personas van a llenar Colón para ver el partido de fútbol de España contra Argentina. Seguro que no éramos más que doscientas personas en el teatro, pero no me importa. No me molesta que haya mucha gente alrededor y tampoco lo contrario. Siempre busco lo que tiene calidad; es la culpa de mi sexto sentido que se empeña en lo exquisito. Y por supuesto lo encuentro, aunque sea minoritario, que es lo que realmente tiene calidad. Y me fui hasta el 1 de marzo de 1836 (el día de mi no cumpleaños) a través del túnel del tiempo del arte y del buen gusto, cuando el Romanticismo entró en España con la obra de García Gutiérrez, que Galdós consideraría de entre lo mejor que se había escrito en este país. Casi veinte años después Verdi escribió su ópera, y ciento ochenta años más tarde yo la vi. Como siempre, no me hubiera importado subirme al escenario (estábamos en primera fila) y haber muerto de amor, como Manrique por su amada Leonor. Eso sí, como la vida es puro teatro, volvería a nacer y con mis amigos me habría puesto a cantar el Caballero de Gracia de "La Gran Vía" y el brindis de "La traviata", como hicieron los actores al acabar la obra.
 

"La selección".


 
Ayer me puse a ver la final del mundial de fútbol, pero me dormí a los pocos minutos, lo confieso.
 
Y tuve un sueño.
 
Durante varios años impartí una asignatura en la Universidad que se llamaba "Taller de Literatura, Tertulia y Debate". Era de Libre Elección y los alumnos podían cursarla desde cualquier carrera y Universidad. El primer día de clase les entregué una lista de libros que debían leer para debatirlos entre todos. Una de aquellas alumnas me ha estado preguntando desde entonces por esa lista. Justo, ¿no la recuerdas? Haz memoria, por favor, insistía. Nos veíamos poco, pero en cuanto lo hacíamos, mi alumna, que se había convertido en una buena amiga (mis alumnos saben que no son amigos míos hasta que pasan a ser ex alumnos), me lo preguntaba con una dulce sonrisa en los labios. Dónde estará la lista, venga hombre, Justo, piensa un poco, seguro que la tienes en algún archivo. Yo me encogía de hombros, que es lo que suelo hacer cuando no recuerdo algo. Lo que no soy capaz de recordar es porque ya no existe o no merece la pena que lo haga. Con el paso del tiempo, tan solo recordaba de esta historia que se la dicté sobre la marcha a la secretaria que tenía entonces y que no guardé ninguna copia, lo que me impedía satisfacer el deseo de mi alumna y amiga. Pero un día cambió todo. Me escribió entusiasmada un Wasap y lo acompañó con una foto. Mientras revolvía entre viejos papeles de la Universidad encontró esa lista. A pesar de que faltan algunas hojas, ahí siguen Galdós, Baroja, Dostoyevski, Eliot, Camus, Chéjov, Toltói, Woolf, Morrison, Chacel, Proust, Beckett, Bernhard, Borges, Juan Ramón, Machado, Bowles, Conrad, Neruda, Carpentier, Cortázar, Goethe, Dante, Goethe, Shakespeare, Yourcenar, Duras, Lobo Antunes, Lampedusa, Perec, Hemingway, Joyce, Pound, Blake, Faulkner, Horacio, Homero. Está claro que la literatura es inmortal, al menos mientras yo vaya dejando listas abandonadas en el corazón de mis alumnas y escuche jazz. 
 
¿Alguien se viene a desayunar conmigo a Manhattan y me cuenta el partido en el avión?