jueves, 9 de julio de 2026

"Un bolero".


 
Ayer iba por la calle y de pronto me dieron ganas de bailar un bolero, como si estuviera en la Habana paseando quizá por el Malecón como cuando hace años me fui a Cuba para escribir uno de los capítulos de mi novela "Las mentiras inexactas" (2012). Me divierte viajar a los sitios para inspirarme y después ponerme a escribir, que es algo así como ponerme a bailar. Sí, para mí escribir es algo parecido a bailar, hacerlo con las palabras, con las figuras retóricas, como bailar con ella, con la forma de su cuerpo entre mis manos que escriben sobre el diccionario de su piel. Y ayer fui capaz de pensar en las noches cálidas de La Habana, en una mezcla entre el bolero tradicional, las melodías suaves y una atmósfera íntima que invitaba a sentir cada palabra y cada nota. Porque viajar y bailar es como el amor, incluso como el desamor, tan literario. Hacer el amor es lo más parecido que se me ocurre a escribir una novela:
 
Y ahora voy a seguir bailando mientras me tomo el primer café de este jueves de verano tan hermoso y literario.

miércoles, 8 de julio de 2026

"Los secretos de las mujeres".


 

Ayer estuve charlando un rato con Julia, en la calle del Pez del centro de Madrid, junto al Palacio Bauer, una joya arquitectónica del XVIII en la que se encuentra la Escuela Superior de Canto. La estatua de Julia rinde homenaje a una leyenda del siglo XIX sobre una muchacha que tuvo que cortarse el pelo y usar ropa masculina para poder asistir de oyente a las clases de Derecho en la antigua Universidad Central de Madrid, situada en aquel entonces en la cercana calle San Bernardo. No pienso contar las cosas que me dijo la chica mientras estuvimos hablando, pero al final me susurró una canción al oído. Los secretos de una mujer en Madrid son parecidos a los secretos de una mujer en París:

https://www.youtube.com/watch?v=fKRX-3z2_Dc

Cómo no voy a ser escritor cuando las mujeres siempre me cuentan sus secretos más inconfesables.

martes, 7 de julio de 2026

"Desayunando en el Café Gijón un 4 de julio".


 
Acababan de abrir, no se veía a casi nadie por el Paseo de Recoletos y me acordé de mis tertulias durante varios años en este mismo sitio. Pensé en más cosas, como que 250 años atrás se firmó en Filadelfia la Declaración de independencia de los EE.UU, con unos principios filosóficos básicos como que todos los hombres son creados iguales con derechos como la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. Y considera que el poder del gobierno emana del consentimiento de los gobernados. En 1776 también se publicó la obra en cinco tomos de Adam Smith "Una investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones", donde analiza cómo los países generan riqueza y prosperidad y desafía las teorías mercantilistas de la época que medían la riqueza únicamente por la acumulación de oro y plata. Y si esto fuera poco, en 1776 se produjo un hito fundamental en la historia, la instalación y puesta en marcha comercial de las primeras máquinas de vapor perfeccionadas por Watt y Boulton. La empresa tenía su base y fundición en Birmingham, pero sus motores fueron adoptados con rapidez por las fábricas de Mánchester y el resto del país, marcando el inicio de la Revolución Industrial. Había nacido el desarrollo urbano moderno. En sus análisis políticos y económicos, Marx y Engels encontraron en la máquina de vapor mucho más que un avance técnico. Como explicaron en "El Capital" y el "Manifiesto Comunista", esta máquina fue el catalizador que cambió el curso de la historia social. Un rato después de tomarme un café con leche y un cruasán, como si estuviera en Saint-Germain-des-Prés, pasó por allí la cabalgata del Orgullo LGTBIQ+. 
 
En esto pensaba mientras la música ambiental del Café me trasladó al verano de 1942, aunque estaba en el de 2026, en los tiempos de la IA:
 

LITURGIA DE UN HOMBRE, por Susana Fraile.


 
Para Justo Sotelo.
 
Tú.
Tú, escritor. 
 
Tú,
que afilas el aire con la palabra
y dejas en la lengua
una herida dulce.
 
Tú,
Al Pacino doméstico del verbo,
ese que no actúa: 
 
arde despacio,
como una lámpara
que conoce
su propia penumbra.
 
Tú,
el de los morritos —
mínima grieta en la máscara—, 
 
donde el silencio se asoma
y parece decir:
hay un incendio,
pero no mires.
 
Tú,
el que sus alumnos vitorean
como si aún fuera posible 
 
arrodillarse ante la voz de otro
sin perderse
del todo.
 
Tú,
el dandi sin espejo,
el que no se viste:
lo atraviesa la elegancia 
 
como una corriente secreta
que no pide permiso
al cuerpo.
 
Tú,
que te pones una americana
y el mundo, torpe,
se vuelve guante.
 
Tú,
el que dice que besa 
 
como quien recuerda
un idioma anterior a la piel,
una lengua antigua
donde el deseo no era culpa,
sino territorio.
 
Tú,
que hallas melodías
y las partes en dos
como pan caliente, 
 
dejando en cada oído
una fuga de Bach,
un temblor
de Beethoven.
 
Tú,
el que nos descubre Madrid 
 
no por sus calles,
ni sus recovecos mágicos, 
 
sino por sus grietas de luz: 
 
rincones donde la tarde
se queda suspendida
como una respiración
que no termina, 
 
y uno,
sin saber por qué,
empieza
a deshabitarse.
 
Tú, 
 
que no eres ninguno
y eres todos esos gestos,
como un espejo roto
que sigue devolviendo
un rostro.
 
Un hombre.
 
Y basta.
Pero ese basta
tiene el peso
de lo irreparable.
 
Un hombre en el que pienso,
y algo en mí sonríe 
 
como quien encuentra
un tesoro olvidado
en el dobladillo
del ánima.
Y sí, 
 
me tomaría un café contigo
en una ciudad
que no nos pertenece:
París o Argüelles.
 
No por el lugar.
Ni por el café.
 
Sino por ese instante suspendido, 
 
—breve
como el ala de un pájaro
en la nieve—, 
 
en que dos desconocidos
se inventan un refugio 
 
y el mundo,
por un segundo, 
 
deja de doler,
como si nunca hubiera aprendido
a hacerlo.
 
© Susana Fraile
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Tras leer este poema que Susana Fraile, amiga y tertuliana desde hace años, me envió ayer por la mañana por Wasap pensé que la sensibilidad no está reñida con la inteligencia y que Susana es una gran observadora. Ha captado cosas esenciales de mi personalidad y eso que mi forma de ser es esencialmente libertaria e independiente. La música en París o un barrio de Madrid como Argüelles podría ser esta:
 

lunes, 29 de junio de 2026

"El glamour en la literatura".

 
Tener glamour en la vida va mucho más allá de la ropa o el lujo; es una actitud magnética basada en la seguridad, la elegancia y el carisma. Se trata de proyectar una esencia sofisticada y vivir con intención, cuidando tanto tu presencia personal como la forma en que interactúas con los demás.
 
Soy un tipo afortunado porque se estén escribiendo estudios, tesis doctorales, TFG, TFM y artículos sobre mis novelas y cuentos. Hasta la IA se está animando a analizar mis libros. Como dice uno de mis alumnos, ya ex alumnos, así se logra un poquito de inmortalidad. La IA te dice dónde he nacido y cuándo, y analiza mis libros uno a uno, lo que contaré en otro momento. 
 
"La producción literaria de Justo Sotelo, asegura la IA, se caracteriza por una profunda renovación formal, el mestizaje de géneros y una constante exploración ontológica y metaliteraria. Su obra huye de los cánones comerciales convencionales para construir un universo marcadamente subjetivo y vanguardista. Sus textos disuelven las líneas divisorias entre la novela, el ensayo, el relato periodístico y la poesía. Sus estructuras no lineales se refieren a las composiciones fragmentarias y escenas corales que emulan el caos ordenado del pensamiento humano o de las urbes modernas. Sotelo consigue un equilibrio inusual en el panorama contemporáneo gracias a su doble faceta como creador y teórico literario (siendo además catedrático de Política Económica), y le permite edificar estructuras narrativas sumamente inteligentes y calculadas, sin perder el frescor emocional ni el pulso poético. Su obra "exige" de un lector activo, dispuesto a abandonar los caminos de la trama lineal para adentrarse en el juego de la autoconsciencia artística y la belleza plástica de las palabras".
 
La IA incluso ha elaborado por su cuenta este glamouroso cuadro sinóptico de mi obra:
 
RESUMEN DE CONSTANTES CRÍTICAS
 
Dimensión Analizada        Estilo Narrativo          Espacio de Acción
 
1. MANIFESTACIÓN DE LA OBRA:
 
Impronta marcadamente subjetiva, prosa poética e intertextualidad densa.
 
Librerías antiguas, buhardillas intelectuales y el pulso de la ciudad de Madrid.
 
2. VOZ ENUNCIATIVA:
 
Uso de segundas personas, diálogos filosóficos y monólogos introspectivos.
 
3. EFECTO EN EL LECTOR:
 
Exige una lectura activa y desvinculada de tramas tradicionales.
Atmósferas íntimas que actúan como refugio de la deshumanización postmoderna.
 
Provoca una inmersión psicológica y un cuestionamiento de la identidad propia.
 
En resumen, la trayectoria literaria de Justo Sotelo se entiende como la de un escritor de culto y un pensador profundo. Su literatura no busca la urgencia comercial, sino el reencuentro con el lenguaje, la recuperación del tiempo perdido y la exploración formal a través de la belleza estilística.
 
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Ahora suena una música romántica en la terraza de este Café y yo me voy de viaje para seguir viviendo historias que escribir:
 
Lo que no le he preguntado a la IA es si me ve guapo o feo, jeje.

domingo, 28 de junio de 2026

"Un sorbete de mandarina y champán".


 
"Ayer me sometí al juicio sumarísimo de tres psicólogas, y eso que faltaba la cuarta. Quedamos a almorzar en la terraza del Café de Oriente, al lado del Teatro Real, donde están poniendo Tosca de Puccini. Aunque nos faltaba la extremeña María Rodriguez Velasco, me reuní con la mallorquina María Elena Gayán (que hizo la reserva y venía de Marbella camino de su casa), la onubense Silvia Ramos y la madrileña Almudena Mestre. El mes de enero las cuatro prepararon una tertulia en línea del Café Gijón donde relacionaron la psicología con la creación literaria, y ayer me psicoanalizaron entre copas de vino blanco. Freud, Jung y Lacan salieron a relucir en esta conversación, así como todas mis represiones, mi papel como típico hombre “castrado”, el histerismo de todo seductor y el papel que ocupa el “ello” en mi vida. Por supuesto, todo esto desde un punto de vista científico. En particular me interesó mucho el concepto de Jacques Lacan “sujeto supuesto saber” que utilizó Elena y después me explicó Silvia en el taxi camino de casa. Es como define Lacan al psicoanalista ya que el paciente le supone un saber sobre sí mismo. En realidad el paciente fantasea que el psicoanalista lo sabe todo de él, cuando es más bien al contrario. Es el paciente quien tiene el saber sobre sí mismo y el psicoanalista tan solo el medio que facilita que la persona llegue a ese saber. Después de levantarme del cómodo y metafórico diván, no tuve más remedio que acabar con un sorbete helado de mandarina y champán. Hablamos de muchas cosas, y en cierto momento Elena leyó un poema que cantaba Georges Brassens, “Les passantes” o “Las transeúntes” (dedicado a las mujeres que hemos amado). Es de 1911 y fue publicado en 1918 por el poeta francés Antoine Pol en Émotions poétiques. Brassens lo popularizó tras descubrirlo en 1942 en una librería de segunda mano.
 
Y yo me terminé el sorbete".
 
("Un sorbete de mandarina y champán", de "Un hombre que se parecía a Al Pacino", Pagès Editors y Universitat de Lleida, 2023, p. 27).
 
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Ayer Almudena recordó la comida de la foto y el posterior relato que publiqué en mi último libro. Creo que va siendo hora de terminar y publicar otro libro. Últimamente estoy un poco vago, aunque me sigo haciendo un lío entre mi vida y la literatura, lo cual es una buena señal. También dije que la canción de este post solo podía ser de Brassens, un tipo que se parecía físicamente a mi padre: 
 

sábado, 27 de junio de 2026

"A la sombra en un bosque de libros".


 


Ayer me pasé la tarde en la biblioteca de Filosofía de la Complutense, en busca del frescor de las páginas de los libros de papel. Al llegar me saludó Ortega, que siempre nos espera en la entrada del edificio que hubo que reconstruir tras la Guerra Civil. Omar Kayam me leyó uno de sus poemas desde el jardín que separa Filosofía de Derecho. Pasé por la cafetería, siempre tan encantadoramente destartalada de la planta de abajo, junto al jardín. Y subí a la segunda planta. Había bastantes jóvenes estudiando, algunos extranjeros. Me paseé por las estanterías y me detuve junto a dos libros sobre Andréi Tarkovski, un director de cine que necesitaba "recrear" el mundo, que creó para mí de nuevo la luz, la lluvia y las nubes, la expresión del rostro humano. Sus películas son milagros, como las de Dreyer y Erice. Atardecía cuando volví caminando lentamente hasta Moncloa, entre las vías del viejo tranvía que cogieron tantos jóvenes en busca del conocimiento. Pensaba en las amables playas del Mediterráneo y las más salvajes del Atlántico. Y sonreía. 
 
Evidentemente soy un afortunado: