martes, 3 de noviembre de 2026

"En un precioso castañar de la Sierra de Gredos, un día de fiesta".


 

Me gustan los días de fiesta, bueno, en realidad lo que me gusta es no trabajar. Por eso no me he puesto nunca en huelga porque si no trabajo no puedo hacer huelgas. Y ya se sabe que para mí dar clase y escribir libros no es trabajar. Como digo siempre a mis alumnos y a mis inteligentes amigos tertulianos, nací para ser profesor y escritor, puesto que solo hay que saber escribir y entender a tus semejantes, y después vale con leerte todas y cada una de las grandes obras de la literatura universal desde el Gilgamesh. El pequeño pueblo de ayer estaba entre montañas y castaños. Es un pueblo medieval, del siglo XIII, y ahí siempre he comido un cocido exquisito. Hace años incluso me encontré por sus viejas calles empedradas a mi amigo y editor Pepo Paz Saz, que estaba haciendo fotografías. Yo estaba de paseo con mi hijo. ¿He dicho alguna vez que algunos de los momentos más hermosos y felices de mi vida son las conversaciones con mi hijo?

También me gusta bailar tangos, pero esa es otra historia:

https://www.youtube.com/watch?v=elAAdwzyYEk

lunes, 2 de noviembre de 2026

"Hoy se van a Chile estos dos libros".


 

Me lo dijo ayer por Messenger la pedagoga Beatriz Rodríguez, que antes ya tenía en su biblioteca particular "Un hombre que se parecía a Al Pacino". "Las mentiras inexactas" y los "Cuentos de los viernes" se los ha conseguido La Casa del Libro de Gran Vía, que así viajarán hasta la Tierra del Fuego, al sur de Chile, y la verdad es que me hace mucha ilusión. Está claro que soy un escritor afortunado y me gusta agradecerlo en público. Beatriz leyó el cuento que dediqué antes de ayer a Lorca (la versión de "Yerma" en el Español está muy bien) y decidió comprar el libro. El otro sucede en la Plaza Santa Ana, donde ella se ha estado quedando estos días. Nora Acosta es una profesora de literatura de la Complutense que tiene cincuenta y tantos años, y se enamora de su alumno Sergio Barrios, un joven librero de la plaza Santa Ana.

En estos párrafos intenté meterme en la mente de una mujer enamorada con cincuenta años:

"Esa noche su sangre se transformó en energía femenina y masculina, una especie de vino que se bebieron la luna y el sol, y eliminó las arrugas de su rostro y de su vientre. Desconocía cuánto tiempo había estado tumbada, desnuda, sin dejar de sudar. El camisón, arrugado y sucio, se había caído al suelo. Su cabeza giraba como una noria sin control, pero aun así encendió la radio. Había dormido toda la tarde y toda la noche. Se tomó una aspirina y un café, y se encontró mejor. El rostro de Sergio se hinchaba en su mente como un gigantesco neumático de automóvil, y hasta oía su vasto e inmenso deseo de aplastar el universo con su fuerza. Había sangre en la sábana. Se llevó la mano a la frente, y no sintió las décimas de fiebre que demolían las paredes de su conciencia. Trató de calmarse con un segundo café, y después buscó sin éxito un paquete de cigarrillos. De lo más hondo de su corazón salió una sonrisa dirigida a las manchas fugaces, como su regla interminable; era una sonrisa enferma, a un paso del delirio. O se había vuelto loca, y veía visiones, o la sinrazón cegaba sus pupilas con los rasgos de ese crío. Se encerró en el cuarto de baño. Tocaba su cuerpo, pero no le pertenecía, intentaba limpiarlo, pero nuevas carcajadas se desplomaban en las esquinas de su garganta. Se vistió, y se sentó otra vez en la cama. Las paredes de la habitación se le caían encima. No podía permanecer más tiempo allí dentro, no tenía ningún sentido, tenía que fumar y pensar. Necesitaba explicarse qué había ocurrido con su cuerpo y, más que nada, con su mente (con el deseo de su mente). Se dirigió al restaurante de Princesa. Las calles estaban vacías; los barrenderos las limpiaban con cuidado, como si fueran suyas, confiriendo a su trabajo una dignidad manifiesta. Por los arcos de Moncloa se movía un camión del Ayuntamiento tratando de quitar con alocados chorros de agua la grasa de los coches. Tuvo que esperar unos minutos sentada en un banco hasta que abrieran el restaurante. Después de empujar la puerta de cristal, se dirigió como una autómata hacia la máquina de tabaco. La cafetera aún no estaba preparada, y apuró dos vasos de agua para apaciguar el resquemor de su garganta. Unos minutos después se bebió un café solo de un trago, y comenzó a fumar casi temblando. Por fin, empezó a encontrarse mejor. ¿Qué es lo que tenía que hacer, se preguntó mirando a la calle, volver a la librería y declararle su amor? Sergio no era más que un ególatra cuyo único afán consistía en mantener vivo su mundo. ¿Acaso podía considerarse una de sus amigas? ¿Qué podía aportarle a esas alturas de su vida? ¿No sería para él un sucedáneo de su padre, o de esa madre de la que le daba miedo hablar? Entonces, ¿por qué le había besado y acariciado? Era deseo, por supuesto, todavía podía despertar deseo en un hombre... La librería era el centro del mundo para un grupo de personas, y empezaba a serlo para ella por culpa de un muchacho de veintitantos años. Todo ello saltando de una casilla a otra en el juego. Sergio Barrios, Miguel Ángel Andés, Raúl Torres, Albertina Duarte, María José Castillo, Pepe Utrera, Elena Estrada, Dominic Yanes, Magda Rubio, Anselmo Xiles (...) ¿En qué casilla de la rayuela colocarían Oliveira, o Cortázar, ese interés por recuperar la alegría? ¿Ella también podría ser feliz por encima de todo? Ser feliz con la pasión agitando sus sentidos. Pero, ¿qué sabía ella de Sergio? Como si se pudiese elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estoqueada en mitad del patio... ¡Estoqueada en mitad del patio! Como si ella tuviera derecho a reprocharle nada a nadie, ni siquiera a Cortázar. Podía repetir la edad de los filósofos griegos. Sócrates había vivido sesenta años, Aristóteles lo había hecho sesenta y tres, Anaxágoras setenta y dos, Pitágoras ochenta o noventa, Platón ochenta y uno, Diógenes noventa, Demócrito cien o ciento nueve... Su inocencia se perdía en un día interminable en compañía de un crío (...)


("Las mentiras inexactas", 2012, Izana, Madrid, pp. 106-109).

............................................

Y ahora me meto en mi mente, que no es nada fácil, escuchando la Sinfonía incompleta de Schubert con la que me dormí anoche, una de las obras más literarias de la música:


https://www.youtube.com/watch?v=3tisvEpblig

domingo, 1 de noviembre de 2026

"Los peluqueros ilustrados".





Siempre me ha gustado ir a la peluquería. De pequeño me obligaba mi madre, claro, ya que me daba pánico ver aquella navaja con la que me rasuraban el pelo por detrás, por la nuca o el contorno. Y con la mano libre te estiraban, suavemente, la piel de la zona para dejarla tensa y que la hoja se deslizara sin enganches. Pero reconozco que los peluqueros te dan conversación y te cuentan muchas cosas, de política, de fútbol, de los famosos de la tele, la moda del momento y todo eso. Además de recordarme mi parecido con Al Pacino y Andy García, el otro día Luis, mi peluquero desde hace muchos años, me regaló un libro de matemáticas de 1835 tras cortarme el pelo (en la foto). Este fin de semana se ha ido a Milán a celebrar su cumpleaños. Por cierto, en nuestra última tertulia, el escritor Vicente Rey, que ha sido peluquero toda la vida y que nos va a presentar su primer libro de relatos, "El peón de dos coronas" (Los Libros del Mississippi) en la tertulia del próximo martes en el Hotel Indigo, Marqués de Urquijo, 4 (Metro de Argüelles), a las 18.15, dijo que no me favorecía el corte de pelo tan juvenil. Y yo sonreí, claro; la verdad es que me paso la vida sonriendo ante lo que me dicen y ante lo que veo por ahí. Pero hablando de ver, observo la fotografía con el corte de pelo y tengo que admitir que me hace la cara más gordita y ya no doy el pego. Y es verdad que ya no puedo presumir de joven. Si es que los años no pasan en balde y estoy perdiendo mi "sex appeal". No voy a quedar ni para ejercer de "sapiosexual". Pero, bueno, qué le vamos a hacer, que se mueran los feos:
 
En fin, cosas que se me ocurren cuando salgo de la peluquería.

sábado, 31 de octubre de 2026

"Esta tarde me iré a ver Yerma en el Español".


 
Lorca la estrenó en este teatro en 1934 y forma parte de su "trilogía rural", con Bodas de sangre y La casa de Bernarda Alba. La tragedia gira en torno a la maternidad frustrada y la opresión de la mujer en un entorno rural asfixiante. Obviamente el nombre de la protagonista, Yerma, funciona como un símbolo de la tierra seca e infecunda. Uno de mis cuentos de 2015 alude a este asunto, a la escultura de Lorca en la Plaza Santa Ana de Julio López, con la alondra en las manos, signo de fertilidad.
 
............................
 
"Lorquianamente o sea desesperadamente (a cámara lenta)".
 
Les sacó una fotografía junto a la estatua, sumergidos en el mar de cerveza en el que se había convertido aquel lugar.
 
El escultor quiso homenajear al poeta con la imagen de la alondra, dijo ella tras besar al viejo en la mejilla y guardar el móvil en el bolso. Esa alondra representa el sueño de ser padres, añadió con un imprevisto rictus de tristeza. Llegará la primavera, dijo él intentando besarla, y entonces la mujer se llenará de gozo. Ella apartó la cara, se volvió y fijó la mirada en la figura de bronce. ¿Qué nos está ocurriendo?, dijo él, observando el rostro del poeta. Supongo que lo mismo que a otras parejas, respondió ella, mientras se encaminaba hacia al puerta del teatro como si volara. Una vez dentro se dirigieron a la cafetería. Hace mucho que no me dices que me amas, dijo él entre balbuceos. Es verdad, susurró ella, hace mucho que no te digo que te amo. Tal vez porque solo necesito quererte, le brilló a él la mirada. Tal vez, dijo ella con la mirada perdida. En ese momento apareció el viejo y les dijo que estaría encantado de hacerles otra fotografía. Pero lo mejor sería que subieran a la cuarta plaza del edificio; desde allí había una vista magnífica.
 
Al regresar a casa esa noche, observaron con más cuidado la fotografía. Detrás de ellos había un busto del poeta con la misma alondra de la plaza sobre sus manos.
 
Y parecía sonreírles.
 
("Lorquianamente o sea desesperadamente (a cámara lenta)", de Cuentos de los viernes", 2015, Bartleby Editores, p. 41).
.............................................
 
Dejo a Lorca tocando la Nana de Sevilla al piano, con La Argentinita, una canción de origen popular:
 

viernes, 30 de octubre de 2026

"Es el último parecido que me han sacado".

 

Con Jaime Urrutia, el mítico cantante de Gabinete Caligari al que cité el otro día por aquí con su "cha cha cha" al referirme a su hermano, el compositor Alberto Urrutia y su encuentro con Woddy Allen en la Cuesta Moyano de los libros viejos de Madrid. Y estas cosas siempre me han hecho gracia. Ayer me metí a tomar algo, cerca de casa, en uno de esos bares de toda la vida que aún quedan en Madrid al que voy de vez en cuando y uno de los camareros me preguntó si yo era Jaime Urrutia. Dejé de leer, le miré a los ojos, sonreí y le dije que era Al Pacino. Nos reímos los dos y él siguió con su trabajo repitiendo entre dientes que me daba un aire. Y mientras tanto yo pensaba que no hay nada como el calor del amor en un bar:
 
Como me han dicho tantas veces, mi vida es como una película de Woody Allen.

jueves, 29 de octubre de 2026

"Palinuro de México", una novela sobre la condición humana.


 
El final de la tertulia del martes lo dedicamos a analizar el fenómeno estudiantil y otras revueltas que se están produciendo últimamente en Europa; pero también hablamos de lo que sucede en México, ya que teníamos con nosotros a la profesora mexicana Mariola Satorre, que en cierto momento aludió a la masacre de estudiantes de 1968 en la Plaza de las Tres Culturas. Al escucharla mencioné la novela "Palinuro de México"(1977) escrita por el mexicano Fernando del Paso. Es una "novela total" ya que su significado no se limita a una sola interpretación, sino que funciona como un universo expansivo que entrelaza la mitología, la política, la ciencia y el arte para explorar la condición humana. Palinuro fue el piloto de Eneas tras su salida de Troya, y aquí es el narrador de un viaje por el cuerpo humano y de la juventud mexicana en torno a la masacre de estudiantes que he citado, una especie de diccionario de Voltaire, lo más cercano que he leído a Rabelais, Cervantes, Sterne, Joyce y Faulkner. Fernando del Paso quiso ser médico y en la novela lo es a través de Palinuro. La novela utiliza el léxico de la anatomía, la fisiología y la patología, pero no funciona como un tratado científico, sino como un recurso lírico y subversivo. El cuerpo se convierte en una metáfora del mundo, de México y la propia escritura. La ciencia se humaniza para explorar la belleza de las vísceras, la enfermedad y el miedo a la muerte en contraste con el asco instintivo que el propio Palinuro siente por la sangre en sus estudios. Gran parte de la trama gira en torno a la relación apasionada, hiperbólica e incestuosa entre Palinuro y su prima Estefanía. Ese erotismo desenfrenado ocurre en una habitación de la plaza de Santo Domingo, como una trinchera en contra de la podredumbre del mundo exterior. El amor y el sexo son una celebración absoluta de la vida, un acto de rebeldía y juego libre frente a un entorno político opresivo y violento. El significado formal de la obra está en su ambición de "englobar" todo el conocimiento, el arte, la historia, la medicina, la cultura popular y la alta literatura. Rompe con la narrativa lineal. Incluye pasajes de corte teatral (como el capítulo "Palinuro en la escalera"), sátira, humor surrealista, listas interminables y juegos verbales barrocos. Es de las novelas que más veces habré releído por su libertad creativa absoluta y ser una fiesta del lenguaje que desafía los límites tradicionales de la literatura.
 
Estos son algunos fragmentos del capítulo 10:
 
"Hacíamos el amor compulsivamente. Lo hacíamos deliberadamente. Lo hacíamos espontáneamente. Pero sobre todo hacíamos el amor diariamente. O en otras palabras, los lunes, los martes y los miércoles hacíamos el amor invariablemente. Los jueves, los viernes y los sábados hacíamos el amor igualmente. Por último los domingos hacíamos el amor religiosamente. O bien hacíamos el amor por compatibilidad de caracteres, por favor, por supuesto, por teléfono, de primera intención y en última instancia, por no dejar y por si acaso, como primera medida y como último recurso.
 
Hicimos el amor por ósmosis y por simbiosis: a eso le llamábamos hacer el amor científicamente. Pero también hacíamos el amor yo a ella y ella a mí: es decir recíprocamente.
 
Y cuando ella se quedaba a la mitad de un orgasmo y yo, con el miembro convertido en un músculo fláccido no podía llenarla, entonces hacíamos el amor lastimosamente. Lo cual no tiene nada que ver con las veces en que yo me imaginaba que no iba a poder, y no podía, y ella pensaba que no iba a sentir, y no sentía, o bien estábamos tan cansados y tan preocupados que ninguno de los dos alcanzaba el orgasmo. Decíamos, entonces, que habíamos hecho el amor aproximadamente. O bien a Estefanía le daba por recordar las ardillas que el tío Esteban le trajo de Wisconsin y que daban vueltas como locas en sus jaulas olorosas de creolina, y yo por mi parte recordaba la sala de la casa de los abuelos, con sus sillas vienesas y sus macetas de rosasté esperando la eclosión de las cuatro de la tarde, y así era como hacíamos el amor, nostálgicamente, viniéndonos mientras nos íbamos tras viejos recuerdos.
 
Muchas veces hicimos el amor contra natura, a favor de natura, ignorando a natura. O de noche con la luz encendida, mientras los zancudos ejecutaban una danza cenital alrededor del foco. O de día con los ojos cerrados. O con el cuerpo limpio y la conciencia sucia. O viceversa. Contentos, felices, dolientes, amargados. Con remordimiento y sin sentido. Con sueño y con frío.
Y cuando estábamos conscientes de lo absurdo de la vida, y de que un día nos olvidaríamos el uno del otro, entonces hacíamos el amor inútilmente. Para envidia de nuestros amigos y enemigos, hacíamos el amor ilimitadamente, magistralmente, legendariamente. Para honra de nuestros padres, hacíamos el amor moralmente. Para escándalo de la sociedad, hacíamos el amor ilegalmente.
 
Para alegría de los psiquiatras, hacíamos el amor sintomáticamente. Y sobre todo hacíamos el amor físicamente.
 
También lo hicimos de pie y cantando, de rodillas y rezando, acostados y soñando. Y sobre todo y por simple razón de que yo lo quería así y ella también hacíamos el amor voluntariamente".
 
.......................................
 
Me tomo un café y escucho el Adagio de Barber, en memoria de los fallecidos por el accidente de ayer de los trenes en Toledo:
 


miércoles, 28 de octubre de 2026

"Un 10 para Almudena Mestre".


 



Y nos fuimos a Albania gracias a las "slides" que nos preparó nuestra escritora madrileña en su reciente viaje a la Biblioteca Nacional de Tirana (Albania) para leer su estudio comparativo entre las obras de Ismail Kadaré y Luis Martín-Santos. Nuestra tertulia literaria "on line" se convirtió en una especie de defensa de un TFG o TFM a los que estoy tan habituado en la Universidad, y disfruté con ella, como les ocurrió al resto de tertulianos. Almudena nos habló de la Asociación de Escritores de Castilla La Mancha y su viaje a Tirana, de aquel país, de su historia, de sus costumbres, de la economía y de la actualidad, incluidos los disturbios que también se están produciendo allí, a los que dedicamos los últimos minutos de la tertulia, incluyendo los de Europa y también en otros países como México y Argentina, ya que algunas de las tertulianas se conectaron desde allí (recibimos por primera vez a Juan Antonio desde Villajoyosa, un sitio que me gusta mucho por el chocolate Valor y por su romántica playa de nudistas). Almudena también nos habló del embajador de España en Tirana y la fiesta que les organizó, de los hoteles y las comidas. Y de literatura, claro. La tercera foto cubre algunos aspectos de las obras de Kadaré y Martín-Santos de las que nos habló, básicamente con "El palacio de los sueños" y "Tiempo de silencio".
 
En realidad lo que a mí me gusta es ver a mis amigos por la pantalla de Zoom. Nuestra tertulia es como una sinfonía, una reunión de instrumentistas que, durante hora y media de los martes, dejan las cosas que tenían que hacer para conectarse y ponerse una sonrisa en los labios y las páginas de unos libros o una película o una obra de teatro o cualquier otra actividad artística.
 
Sí, la tertulia es como una sinfonía de Schubert, el compositor que tanto amaba a Beethoven, del que hablé ayer, y que después fue tan admirado por Bruckner: