Como no puedo evitar ser un romántico empedernido, este próximo martes he quedado con mis amigos y todos los que quieran pasarse a las 18.30 por el Hotel Indigo, Marqués de Urquijo, 4 (en el metro de Argüelles) para hablar de esa cosa tan "inútil" llamada literatura y de esos objetos que algunos dicen que están a punto de desaparecer, los libros, además de cualquier otra cosa relacionada con el arte, el cine, la pintura, la arquitectura, etcétera. Y para tomar carrerilla, ayer ya quedé a desayunar en su barrio de Barajas con Almudena Mestre, que no ha faltado a la tertulia desde que se incorporó en 2014 en el Café Este o Este de Mariwán Shall. Son más de treinta años haciendo tertulias, primero en las diversas Universidades donde he dado clase y luego en Cafés como Ruiz, Este o Este, Puro Teatro, Gijón, Manolo y ahora en este clásico hotel de Argüelles que antes se llamaba Tirol, un lugar que se hizo famoso por sus cócteles y porque ahí se reunían algunos intelectuales para intentar terminar con la dictadura. Y en cierto momento Almudena me preguntó por mis trajes, como este de lino que llevo en el selfie que hice sobre la marcha. Que dónde me los compro. Que de qué color me gustan. Que si son muy literarios y me quedan muy bien, según ella. A la vuelta estuve escuchando la Novena sinfonía de Bruckner por la M-40, mientras veía lo bonito que está Madrid a punto de llegar el otoño:
https://www.youtube.com/watch?v=swULVZ5zLkM
Con la Novena termina el ciclo de las sinfonías de Bruckner que he escuchado seguidas. Como todo lo que escribo tiene que tener un ritmo musical, siempre escucho las colecciones completas de cada músico, de Beethoven, Schubert, Schumann, Brahms, Verdi, Wagner, Puccini, Mahler, etcétera.
Quizá por mis venas no corra la sangre, sino notas musicales, porque todo lo veo y lo escribo desde la música, como si el mundo fuera una gran sala sinfónica donde Leonard Bernstein me guiñara un ojo.
A lo mejor la felicidad tiene que ver con todo esto.









