El lunes el escritor y vicepresidente de la ACE Rafael Soler se refirió a "la tertulia", sin más palabras. No dijo la tertulia de Justo Sotelo ni le puso un nombre especial, lo mismo que hago yo, ya que es la tertulia de mis amigos, de todos mis amigos. Da igual dónde nos reunamos, en las distintas Universidades donde he dado clase o en Cafés. Era la presentación en su Comercial del último libro de Javier del Prado, "El bienio aciago" (Los libros del Mississippi, 2026) y Rafael empezó por agradecer la presencia de los miembros de "la tertulia". Por mi parte, me gustaría comentar que la intervención del editor, Antonio Benicio Huerga, estuvo bien, la del presentador y prologuista, Miguel Ángel Yusta, fue excelente y que Javier disfrutó como un catedrático casi con pantalones cortos. Entre el público había unos cuantos amigos tertulianos, algunos de los cuales volvimos a vernos al día siguiente en la tertulia por Zoom. He escrito mucho sobre la obra de Javier, desde que le conocí hace ya doce años y se incorporó a la tertulia. El otro día destaqué sus libros "El año de los tulipanes" (Milenio, 2003) y "El libro de las negaciones" (Chamán, 2021), y le pregunté sobre la relación entre ellos y el libro tan quevedesco, irónico y escatológico en las dos acepciones de la RAE que ha publicado. Javier no dejó de gesticular durante toda la velada, con la curiosa mezcla entre el gran catedrático y maestro que lo ha vivido y que lo ha explicado todo y el niño travieso del Toledo donde nació y Alcobendas donde le llevaron de niño, cuando se metía en los charcos y salía lleno de barro, pero sonriente dispuesto a comerse el mundo, en Francia, Italia e incluso en África. Estas historias me las ha contado tantas veces comiendo o tomando un Café que ya casi se han incorporado a mi mirada como escritor. Al terminar la presentación me fui de paseo con el escritor Pepo Paz, que es amigo además de uno de mis editores. Hablamos de la primera novela que ha publicado y yo me puse a divagar sobre el significado del escritor, algo que se me da como hongos, aunque no alucinógenos, como diría Artaud o los de la Generación Beat. Ser escritor, dije a Pepo (e incluyo a los poetas, que no sé porqué no se consideran escritores, aunque también escriben en un papel o en un ordenador) es meter en tu cabeza cualquier cosa que vives o lees o aprendes y convertirla en literatura, como las historias de Javier o las que Pepo cuenta en su novela de iniciación o "Bildungsroman" o me cuentan cada día mis alumnos. En la segunda fotografía estoy con Silvia López entrando en el Café Comercial para escuchar a Javier. También he aprendido muchas cosas de ella y su mundo en Girona, en los alrededores de Olot, sobre su vida en África y su manera de ser. Silvia podría ser uno de mis "personajes" en cualquier momento, escuchando a Cincotti, por ejemplo, que le gustaba a su padre, un empresario que se hizo a sí mismo con el que comí dos veces y me cayó muy bien:
Amanece, cantan los pájaros y Grieg me dice que la belleza está en todas partes:










