domingo, 11 de octubre de 2026

"Todos dicen te quiero".


 

El otro día me fui a desayunar con Paco Rabadán, un profesor de la Universidad Rey Juan Carlos que fue mi alumno hace años y pronto se convirtió en un gran amigo. Fue tertuliano hasta que sus horarios de trabajo le impidieron venir. Hacía tiempo que no nos veíamos por varios motivos, pero sabe que casi lo considero un miembro más de mi familia y que no me importa acercarme en cualquier momento a un pueblo cercano a Madrid para estar un rato con él. Cuando nos despedimos me dijo aquello de "todos dicen te quiero, Justo". Sonreí y lo abracé, y por el camino de vuelta recordé la película de Woody Allen (en la segunda foto está en la Plaza de Oriente empezando a rodar su película sobre Madrid) donde homenajea a los Hermanos Marx. Y pensé en la secuencia que va en línea recta desde Chaplin, Keaton y los Hermanos Marx hasta Allen. Así se escribe la historia del cine y mi propia historia en este mundo, ya que todos ellos también forman parte de mi familia intelectual:
 
Con lo fácil que es ser feliz, la verdad, tanto como poner morritos en las fotos y pasear con tu chica por el Sena mientras nos besamos porque mi tren nunca se queda en España y atraviesa todas las fronteras:
 

sábado, 10 de octubre de 2026

"Con el escritor ecuatoguineano Amancio-Gabriel Nsé Angüe y dos de mis amigos íntimos".


 


La vida se pasa mejor entre amigos y a través del conocimiento y la libertad, algo innegociable en mi manera de ser. Ayer quedé con el filósofo Patricio Herráez para acercarnos a ver a nuestro cura vasco favorito, Javier Ruiz de Arcaute. Patricio me había hablado en varias ocasiones de Amancio-Gabriel Nsé Angüe, un destacado arquitecto, político e intelectual ecuatoguineano, reconocido históricamente por ser uno de los opositores notables al régimen de Teodoro Obiang Nguema en Guinea Ecuatorial. Fue el cofundador y primer secretario general del partido Convergencia para la Democracia Social (CPDS) y fue arrestado el 18 de marzo de 1996 en un control de carreteras en las afueras de Niefang (Guinea Ecuatorial fue colonia española hasta 1968). Le llevaron a la comisaría de Bata, donde permaneció encadenado de pies y manos. Organizaciones internacionales como Amnistía Internacional denunciaron públicamente que sufrió graves torturas y poco después pasó a arresto domiciliario. Patricio y él son muy amigos ya que coincidieron como colegiales en el Colegio Mayor San Pablo CEU en los ochenta cuando Javier era el capellán. Estos días está en Madrid y lo pude conocer (estamos los cuatro en la foto con dos de sus libros que pienso leer). Hablamos de muchas cosas y ahora dejo por aquí una entrevista en una revista de agosto de este año, de la que destaco estos párrafos que también nos podríamos aplicar todos:

"Siempre he creído que, en Guinea Ecuatorial, una de las labores que hay que realizar es concienciar a las gentes de que deben tener autonomía para el desenvolvimiento personal; es decir, no depender de nadie, sobre todo no depender de la Administración para resolver los problemas del comer, tener casa, sacar adelante a la familia (si se tiene), etc. Porque si se tiene esta autonomía, también se va a tener autonomía para pensar y para posicionarse en el lado correcto con respecto a las injusticias. Pero aquí la tendencia predominante es entrar en la Administración, como funcionario, pero, sobre todo, a tener un cargo (...)

Esta es la entrevista completa de un demócrata que ama la libertad:

https://www.frontiere.online/guinea-ecuatorial-una-democracia-pendiente-conversacion-con-amancio-gabriel-nse-angue/

Y escucho la Sinfonía Leningrado de Schostakovich mientras escribo porque representa el triunfo de la libertad sobre cualquier tipo de totalitarismo:

https://www.youtube.com/watch?v=GB3zR_X25UU

viernes, 9 de octubre de 2026

"Clara de la Puerta del Sol".


 
La conocí en la asignatura de Mitocrítica a la que ambos íbamos de oyentes. Era de Aranjuez, vivía en Madrid y tenía veinte años. Yo me empezaba a aburrir como catedrático, aunque dirigía algunos grupos de investigación sobre ciertos asuntos que me agradaban, como el Medio Ambiente (ya era de Greenpeace) y me puse a estudiar Teoría de la Literatura. Me fijé en ella porque era una muchacha bellísima, delgada y alta. Ella se fijó en mí por el libro de grandes dimensiones con el que siempre iba a clase. Era el Zaratustra de Nietzsche, le dije cuando me lo preguntó. Me dijo entonces, frunciendo las cejas, que no había conocido a nadie que leyera al filósofo. Era una mañana de otoño, como la de hoy, y los pájaros volaban felices tras los cristales del aula. Nos hicimos amigos y no tardó en interesarse por la música clásica, por Mahler y Wagner de los que siempre le hablaba cuando terminaba el repaso de los mitos y su relación con la literatura. Una mañana nos encontramos en la cafetería del D y me dijo que estaba escuchando a Mahler, en concreto la Segunda sinfonía, Resurrección (con esta obra se ha inaugurado el curso en el Auditorio Nacional). Y me confesó que le gustaban los hombres mayores que ella, y si eran escritores todavía mejor. Uno de sus sueños era escribir una novela. Cambié en seguida de conversación y le empecé a contar todos los mitos de la Tetralogía de Wagner que me apasionaban y aún no nos habían contado en clase. Vino unas semanas a mi tertulia y de pronto desapareció. Tiempo después la encontré en una tienda de campaña de Sol; se estaba iniciando el 15-M y ella necesitaba hacer su propia revolución (ayer saqué esta fotografía en ese mismo lugar). Pasados los años nos volvimos a cruzar por la calle, y me comentó que vivía en París, donde había ido para cursar un máster de estudios literarios y que allí se había casado con un profesor de la Sorbona. Trabajaba como lecturer y su sueño era llegar a catedrática. De vez en cuando volvía por Madrid, seguía escuchando a Mahler y se acordaba de mí. Y había terminado una novela, aunque todavía no la había publicado, y yo era el protagonista. Seguía siendo una mujer bellísima, pero, a diferencia de cuando la conocí, llevaba el pelo largo que le caía sobre los hombros.
 
Al despedirnos me estrechó en sus brazos:
 
A veces los mitos se mezclan con la realidad.

jueves, 8 de octubre de 2026

"Y mis alumnos me siguen sacando en videos de Instagram".


 
En este pequeño video de ayer que me han mandado hace un rato más que a Al Pacino me doy un aire a Andy García que, por cierto, fue el continuador de la saga de El Padrino de Coppola. Estas cosas me parecen divertidas y garantizan de alguna forma la inmortalidad, al menos en la mente de las personas que te han conocido. Porque ¿existe otra forma de inmortalidad?
 
Eso sí, desde luego que no me pondría zapatillas ni loco, ni aunque me hubiera acabado yo solo una botella de Moët Chandon.

miércoles, 7 de octubre de 2026

"¿Los intelectuales españoles están muertos?"


 

Mi tertulia literaria es una isla de libertad y cultura. El otro día iba por Recoletos y se lo dije a Valle-Inclán. Él tuvo varias tertulias hace un siglo y me dio la razón. Primero en el sentido de que son necesarias y segundo que deben servir para criticar al poder. Y me contó cómo perdió el brazo izquierdo durante una de esas tertulias en el Café de la Montaña cerca de la Puerta del Sol. El filósofo Peter Sloterdijk ya lo expresó en los ochenta, los intelectuales no sirven para nada en la sociedad actual. Hoy el intelectual no se atreve a llevar la contraria al poder, como dijimos ayer por la tarde en nuestra tertulia on line. Se conforma con recibir premios para tener la boca cerrada, no hace huelgas contra el poder, no es un inconformista, un provocador. El mercado se lo ha comido y él y ella se quedan contentos recibiendo subvenciones y alabando al poder. Los premios literarios y de cualquier manifestación artística se basan en el mercado y están manipulados. El Nobel (el de literatura se da mañana y no lo tienen los escritores que me interesan) no ha sido nunca objetivo, sino una batalla de lobbies (esto lo estudié en mi memoria de cátedra). El nivel intelectual es lamentable en los medios de comunicación, un auténtico "marujeo" intelectual. Si te presentan a un escritor lo primero que te sacan es la lista de premios y no se detienen a analizar lo que ha escrito, si tiene o no calidad. Lo mismo sucede con el cine, con el arte, etcétera. A todas estas conclusiones llegué con mis amigos tertulianos. Al empezar la tertulia les conté mi charla con Valle-Inclán, cuya obra más singular, "Luces de bohemia", nunca vio representada pues era un tipo que no se callaba la boca. Es un 24 de julio de 1899 en el Café de la Montaña. Se debate sobre un duelo que va a tener lugar entre el dibujante portugués Leal da Cámara y el periodista andaluz López del Castillo. La cosa derivará en una disputa sobre el valor de los españoles frente al valor de los portugueses. El periodista y escritor Manuel Bueno intervendrá en la conversación contradiciendo a Valle-Inclán. El autor de las Sonatas insultó a Bueno llamándolo "majadero" y lo amenazó con una botella de agua. Manuel Bueno reaccionó alzando su bastón (el cual, según las crónicas de entonces, estaba reforzado con acero) con el fin de defenderse o golpear al escritor. Este se protegió con su antebrazo izquierdo, y recibió un fuerte impacto. El golpe le causó una fractura ósea y provocó que el gemelo de su camisa se le clavara en la carne. Valle-Inclán no se curó bien esta herida, lo que llevó a una infección y posterior gangrena. Para salvar su vida, los médicos tuvieron que amputarle el brazo izquierdo. Sin embargo, Valle-Inclán continuó escribiendo y criticando al poder de su tiempo porque, como solía decir, le quedaba la otra mano.
 
Como dije el otro día, Woody Allen es uno de los pocos intelectuales actuales con el que me iría a comer, y otro sería Valle-Inclán, con jazz de fondo: 
 

martes, 6 de octubre de 2026

"Balada de otoño (o sobre la elección entre la literatura y la política)".


 

Siempre digo a mis alumnos que me perdí la Transición Política y casi la Movida Madrileña. Para la primera era un adolescente; respecto de la segunda no sentía ningún interés. Me había pasado la adolescencia y la juventud estudiando y viajando con mis padres de un lado para otro, yendo a los conciertos del Real y el Monumental, y conociendo chicas, claro, y no tenía tiempo para fijarme en la política y la sociedad en general, aunque paseara por las calles de Madrid (...)

Y todo esto lo cuento a propósito de mi lectura de una novela de Manuel Rico que he leído este verano, "Los filos de la noche" (2026, Huso). Como me ha interesado mucho he publicado una reseña en la revista "Todo literatura", y ahora la releo mientras me tomo un café y llueve tras los cristales:

https://www.todoliteratura.es/noticia/63437/criticas/sobre-la-eleccion-entre-la-literatura-o-la-politica.html

El otoño es hermoso y romántico:

https://www.youtube.com/watch?v=5v66eaBzJmA

lunes, 5 de octubre de 2026

"Un amor argentino en el Rastro y la próxima tertulia literaria".


 


Mañana la tertulia será "on line" con mis amigos de fuera de Madrid. Quiero saludarlos después del verano y que hablen del libro que leen o de la película o exposición que han visto. Por mi parte no voy a leer ninguno de mis textos sino uno del escritor Manuel de la Fuente Vidal que ha trabajado treinta años en la sección de Cultura del ABC y nos ha acompañado otras veces en la tertulia. Estas fotos son de cuando las hacía en la cripta del Café Gijón, y a Manuel lo acompañan Charo Alonso Panero y Javier de la Rosa, entre otros amigos. Su literatura es urbana, desolada, rocanrolera y rebelde; Dylan y Springsteen son dos de sus profetas líricos y vitales. Ahora está delicado de salud, y aun así me escribe textos por Messenger que le leo con cariño. Este es de hace unos días:
 
"La argentina del Rastro".
 
"Como todos los progres de mi época, yo tuve un amor argentino. Se llamaba Manuela, como mi abuela, y era una exiliada, bueno, hija de exiliados, que, como en la canción de Sabina, tenía un puesto en el Rastro. Como nosotros, mi pandilla. Ella vendía muñecas de trapo, nosotros imperdibles en los que engarzábamos cuentas de colores compradas en Pontejos, con las que simulábamos banderas: de las recién estrenadas autonomías, del Vietnam, de Cuba, del Frente Sandinista, o de la República. Manuela se apellidaba Rinaldi y procedía de una familia de inmigrantes italianos de ascendencia napolitana que habían llegado a Argentina a finales del XIX con su bisabuelo a la cabeza. Manuela tenía 19 años, quinta del 59, como yo. Tenía el pelo muy negro, hasta la cintura, y unos ojos negros que refulgían como relámpagos de la Pampa. Era de Rosario, como Messi, y a mí me ganó el corazón por goleada. A pesar de los muchos horrores y desgracias de su vida, siempre estaba sonriendo, con una risa transoceánica y austral. Había estudiado Historia en la UBA (Universidad de Buenos Aires), como el Che Guevara, pero tuvo que dejarlo cuando se quedó sin patria y muchos de sus compañeros desaparecían para siempre en los Ford Falcon de los represores. A Manuela la amé en plena Ribera de Curtidores, su boca sabía a mate pampero, sus besos eran un tango y su cintura era una milonga. Tras su mate y mis cervezas nos cantábamos muy acarameladitos "El día que me quieras", de Gardel y Le Pera. Leíamos bajo el toldo de su tenderete el Martín Fierro y me hablaba de un genio bajito y tirando a regordete que se llamaba Diego Armando Maradona. Un buen día, mejor un día espantoso, un domingo de finales de abril, ni el puesto, ni Manuela aparecieron por el Rastro. Nunca más volví a saber de ella, ni de su poncho, ni de sus labios de Pampa y mate. Sólo muchos años después, a finales de los 80, me llegó una pequeña carta. Un tío suyo había muerto en las Malvinas, había retomado su carrera de Historia y se seguía sintiendo montonera. Hoy será abuela, yo sigo aquí, con la frente marchita, y nunca he vuelto a ir al Rastro, ni he vuelto a escuchar a Gardel".
 
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Aquí lo tienes, Manuel, por si estás bien para escuchar a Gardel. Sé que Charo también lo estará escuchando allí donde esté: