domingo, 30 de abril de 2017

Las personas especiales de la vida.

Hay personas que llegan a tu vida para quedarse, a pesar de que no las veas en mucho tiempo o incluso no las vuelvas a ver.

Será por su inteligencia innata, por esa aura misteriosa de generosidad que las envuelve y por la enorme expresividad de su rostro que siempre te sonríe cuando tú sonríes, para devolverte una sonrisa aún más limpia.

Y les importa un pito que les salgan arrugas de tanto sonreír, como diría el poeta argentino Oliverio Girondo -ese tipo que se comía el mundo y le quitó la novia a Borges- cuando habla de las únicas mujeres con las que podría hacer el amor, es decir, las que saben volar.

O, simplemente, porque les encanta Woody Allen, como a mí, y han visto conmigo sus últimas películas.

(La foto tiene un año exactamente, en un café librería de Gerona, una ciudad fascinante, celebrando una importante onomástica, como la de mañana).
 
 
 

sábado, 29 de abril de 2017

Solo publico un libro cuando tengo algo que decir (me).

Trabajando ayer en la casa de mi editor en la revisión de las galeradas de los "Cuentos de los otros", mi libro número 18, que se presentará a mediados de mayo en Madrid.

Una cosa que me gusta de Pepo Paz, el editor de Bartleby, es que lee las galeradas de sus autores hasta la última coma. Y, otra, que prepara unas comidas estupendas (de su sillón, donde me he echado muchas siestas, ya no pienso decir nada).

Los "Cuentos de los otros" es uno de mis libros más complejos y simbólicos. Hace un tiempo me decía una amiga, mientras tomábamos una manzanilla en un Café mirando el mar, que es posible que sea un libro muy intelectual. Yo asentí con una sonrisa. Le dije que desde que tengo uso de razón intento comprender las cosas que pasan a mi alrededor utilizando mi cerebro, más que mis sentidos.

Aun así nunca dejo de escribir a pesar de que no escriba y solo sienta.

(Y ahora sigo viajando. Los viajes me sirven para pensar y para sentir, sobre todo si escucho el segundo movimiento de la Séptima de Bruckner, como ahora).

viernes, 28 de abril de 2017

"Sakura" o la flor del cerezo.

Ayer por la tarde volví a la "Casa de Asia", en Madrid, para escuchar al que fue mi maestro de literatura y cultura japonesa durante varios años cuando decidí escribir la tesis sobre Haruki Murakami. Carlos presentaba un diccionario llamado "Sakura" en el que ha colaborado (es el primero de la izquierda en la foto), junto al embajador de Japón en España.

Él y yo nos hicimos buenos amigos, estuvo en el tribunal de mi tesis de literatura sobre Murakami, me invitó más de una vez a su casa de Toledo para comer cerezas y hacer la vendimia, y allí me enseñó los secretos del tiro con arco japonés. Carlos vivió varios años en Tokio explicando literatura en la universidad.

Y ahora Google me recuerda que mi ensayo sobre Murakami se sigue vendiendo en Francia, como se observa en este link:

https://www.amazon.fr/mundos-Haruki-Murakami-…/…/8494065742…

Parece que el mundo está en equilibrio, como le ocurre a la "Sakura", la delicada flor del cerezo.


Sobre la amistad.

Realmente solo hay tres grandes temas en literatura, el tiempo, el espacio y el otro.

Después de la comida de los miércoles con mis amigos desde hace más de veinte años (Patricio Herráez, el filósofo, Antonio Franco, el catedrático de estadística y mi óptico particular, Luis Pérez Montero, el historiador, y Pepe Villacís, el escritor), pasamos por delante del Instituto de Bachillerato San Isidoro de Sevilla, en el barrio de Moncloa, donde estudiaron, por cierto, mi hijo y las hijas de Zapatero.

En ese momento Antonio recordó los primeros tiempos de la tertulia literaria, formada entonces por mis alumnos y algunos profesores, y esos deseos de comerse el mundo que tienen los jóvenes, para llevarse la vida por delante, como escribió Gil de Biedma. Así que pedí a un estudiante que pasaba por allí que nos hiciera una foto.

El tiempo, el espacio, los otros, mis amigos.

miércoles, 26 de abril de 2017

Una tarde de tertulia.

Literatura, belleza, cervezas, sensaciones que desean penetrar en lo inefable, esos minutos que proyectan una película, lenta, densa, personal, en la mirada transparente de cada sujeto, una tarde con buen tiempo en el café "Puro Teatro". 

Algo así como la vida.

(Las fotos son de la tertulia de ayer con el excelente poeta Maximiano Revilla).


martes, 25 de abril de 2017

Escribo porque vivo en armonía con el mundo.

Escribo porque soy feliz y estoy enamorado. Escribo porque me gusta que los niños coman pasteles y jugar y reír con ellos y cruzar la calle a ese ciego que te pide ayuda y pararme a escuchar a los músicos callejeros y levantarme de mi asiento del autobús y el Metro para que se sienten los viejos y las mujeres embarazadas.

Escribo porque busco la belleza de la vida, de la música, del arte, de la literatura, del pasado y el presente. Escribo porque existieron Homero y Dante y Miguel Ángel y Shakespeare y Kant y Goethe y Nietzsche y Van Gogh y Bach y Mozart y Beethoven y Wagner y Mahler.

Escribo porque quiero que me quieran, pero sobre todo porque quiero querer.

Escribo porque me gusta reír y sonreír y comer y beber y viajar y bailar y hablar y escribir. Escribo porque me gusta escribir.

Escribo porque me gustan los trajes y las pajaritas y los vaqueros raídos y los pantalones cortos y los jerseys deshilachados y las sandalias.

Escribo en contra de los xenófobos, de los homófobos, de los machistas, de los que se creen dueños de los demás, de los que hacen guerras por motivos económicos y políticos y religiosos. En realidad no escribo contra nadie sino a favor del bien común.

Escribo porque a mi madre le gustaba que escribiera. Escribo para ella, todavía sigo escribiendo para ella.

Y porque existe París. 

(Ayer Carmen Arroba leyó estas palabras mías en la entrega de premios a los niños escritores del colegio Ciudad de Zaragoza, de Madrid. Sentado frente a los niños de la foto, entre los escritores Almudena Mestre y Manuel Rico, no dejé de mirarlos mientras pensaba que, a su edad, ya habían encontrado la lámpara maravillosa de la que nos hablara Valle-Inclán).

Don Juan.

A don Juan se le olvidó su libro entre las rocas.

Al regresar las olas ya habían pasado todas las páginas.