jueves, 12 de marzo de 2026

"Charo, la última de los Panero".


 

Conocí a la artista tinerfeña Charo Alonso Panero en mi tertulia literaria con su marido, el escritor Javier De La Rosa, que presentó uno de sus libros. Charo vino a Madrid con su hermana gemela. Después ha formado parte de la tertulia virtual desde Tenerife y la he visitado con mi familia varias veces. Como secretaria de la Cátedra Leopoldo Panero, su tío, en diciembre del 2019 me invitó a dar una conferencia sobre Leopoldo María Panero en la Universidad de La Laguna, y reforzamos nuestra amistad. Recuerdo que el confinamiento por el COVID-19 la cogió en Agaete, un pueblo del norte de Gran Canaria, y desde aquel lugar me envió por Wasap, diariamente, fotos de atardeceres y amaneceres sobre el mar (esta foto es de su última visita a Madrid, después de la pandemia, en la Plaza de Oriente). Más tarde hizo muchos collages con mis libros y fotos (era una estupenda artista plástica). Estas cosas son hermosas y me gusta valorarlas, como este texto que me envió en cierta ocasión:

"Es maravilloso cómo cuentas tantas cosas y con tanta belleza y elegancia. Me recuerda aquellos momentos inolvidables de mi infancia en el comedor de la calle Ibiza 35 de mi tía Felicidad Blanc. Mi tío Leopoldo Panero había muerto en agosto del 62. Llegamos a vivir a Madrid en septiembre, un mes después. Recuerdo a aquellos grandes poetas y escritores departiendo en la casa de mis tíos. Era increíble lo bien que hablaban. Mis primos Leopoldo María, Michi, mi gemela y yo escuchábamos todo con atención, ya que nos dejaban estar con ellos, al lado de nuestra tía Felicidad y mi querida madre María Luisa Panero. Todos los demás eran varones, pero ellas se integraban maravillosamente en aquel ambiente. Ellos continuaron frecuentando el ya legendario comedor donde se reunieron durante años como si mi tío viviera todavía. También se reunían en la casa de mi tía Odila Panero en Ferraz 28, o en mi casa en Vallehermoso 32. Y hablábamos con grandes literatos. Los más asiduos eran Luis Rosales, Dámaso Alonso y Gerardo Diego. Mi padre sacaba su Whisky Chivas y mi madre cocinaba tortillas de papas, como se dice en Canarias. Las tertulias podían alargarse hasta la media noche, y los niños nos sentábamos en la alfombra del salón y si subían de tono nos mandaban a salir. ¡Vayan a jugar, aquí no estén, es para mayores! Y nos escondíamos en el pasillo y escuchábamos todo."

Te echaré de menos, Charo, aunque, como me sucede con las personas que aprecio, siguen a mi lado.

En fin, una parte de la historia literaria de España.

miércoles, 11 de marzo de 2026

"Esta tertulia es un lujo universal".


 

Mis amigos son inteligentes y se encuentran en todo el mundo, en México, Chile, Madrid, Sevilla, Tenerife, Mallorca, Zaragoza, incluso en Perú, como contaré al final con la muerte de Bryce Echenique, el autor de "La vida exagerada de Martín Romaña" y "Un mundo para Julius".

Pero antes hablemos del gran escritor norteamericano John Cheever.

Cheever tenía tres ideas en la cabeza antes de escribir su relato "El nadador", que publicó en la revista The New Yoker en el año 1964, la obsesión por el poder curativo del agua, que plasmó en las piscinas y el río que quiere llamar Lucinda, en honor de su mujer, la idea de un Narciso de Bullet Park, y el envejecimiento físico e intelectual. Tenía 52 años cuando escribió este cuento. Es lo que dije para empezar la tertulia "on line" de ayer por la tarde y después no dejé de aprender escuchando a Carmen, Miguel Ángel, Ignacio, Iván, David, Almudena, Mariola, María Victoria, Elena, Iñaki, Paqui, Chema, Consuelo y Mercedes.

Ignacio nos contó al final una anécdota del gran escritor peruano que falleció ayer y que él contó más de una vez. Estaba Bryce Echenique casi adormilado en la mesa de una conferencia, por lo visto un tanto aburrida, y en cierto momento el presidente de la mesa, dijo "y ahora llamaremos a don Manuel Alvar", el conocido filólogo y catedrático. En ese momento Bryce despertó y dijo, "eso, eso, al bar todos".

Pues eso, que seamos felices.

martes, 10 de marzo de 2026

"Su relato tenía 150 páginas y lo dejó en 15".


 

Durante varios años impartí en la Universidad un Taller de Literatura, Tertulia y Debate como asignatura de Libre Elección. Aparte de pedir a mis alumnos que leyeran las obras más importantes de la historia de la literatura universal (nada que ver, por supuesto, con la bobada del canon de Harold Bloom y cosas por el estilo) les insistía en el hecho de que escribir bien es decir las cosas con la menor cantidad de palabras, solo las necesarias, las esenciales. Es algo que sabían Poe, Chéjov, Borges, Hemingway, Rulfo y Cortázar. Y sabía el escritor norteamericano John Cheever, que nos visitará esta tarde en nuestra tertulia on line que hacemos cada tres martes. Hablaremos con él de su relato "El nadador" publicado en la revista The New Yoker (1964) y que se quedó en quince páginas porque lo importante es lo que no se dice, lo que el lector debe rellenar. Es la llamada semántica cero. Estamos ante la historia de un tipo de mediana edad, Neddy Merrill, que recorre trece kilometros hasta su casa nadando por las piscinas de las urbanizaciones de clase alta que encuentra en su camino. Es una metáfora de la vida, de la alegría y los fracasos. En las historias de este escritor se reúne la mejor tradición americana, desde Scott Fitzgerald a Hemingway, y la de sus contemporáneos como Salinger, Capote o Nabokov, que elogiaron su obra.

Y en esa búsqueda de la esencia me viene Satie a la cabeza:

https://www.youtube.com/watch?v=Ojr8IACpU-4&list=RDOjr8IACpU-4&start_radio=1 

lunes, 9 de marzo de 2026

"La universalidad de la lluvia".




 



La historia de la humanidad es una mezcla de guerra y de paz, como nos dijo Tólstoi. Y de lluvia y de poesía, que es lo que busco siempre caminando bajo la lluvia. Ayer llovía sobre los campos y ciudades de medio mundo y fue un buen momento para irnos a comer a la sierra con Almudena Mestre y su marido Miguel Ángel. Me tomo el primer café de la mañana y pienso que tal vez ayer me quise convertir, casi inconscientemente, en objeto ficcional en busca de la expresividad y de la poeticidad, con el permiso de Kant, paseando después por el Escorial. Por sus calles empedradas he vivido muchas historias en mi vida, de amor y de literatura, con la sutil mezcla de la poeticidad, la ficcionalidad y la expresividad. Recuerdo aquella vez en la que di una conferencia en los "Cursos de Verano" de la Complutense o esa otra en que escuché hablar a Antonio García Berrio, mi maestro de teoría literaria, de la "Teoría de la sentimentalidad occidental". Examinó con su elegancia habitual las propiedades poéticas que dan sentido a la obra intemporal, que vienen de Platón y Aristóteles. Así aparecen los universales estéticos para convertir la expresión en expresividad que lea la vida con arte y con literatura. Es la universalidad antropológica según los conceptos, símbolos y categorías a priori más profundos y más generalizados de los sujetos de la comuni­cación literaria. Al final se trata de enviar un "mensaje" poético que sirva para representar el mundo. 
 
El camino de vuelta lo llenó el adagio de la Séptima de Bruckner, un milagro de la creación artística:
 

 

domingo, 8 de marzo de 2026

"Eres un enfant terrible".


 

Me dijo el otro día la escritora Lola Walder por teléfono, en una larga conversación que tuvimos sobre literatura, aunque ella es tertuliana habitual y estuvo este martes pasado en el Hotel Indigo. Me tomo el primer café de este bonito domingo casi de primavera y recuerdo la novela "Les enfants terribles" de Jean Cocteau, de 1929, que originó esa expresión. Nos cuenta la historia de Paul y Elizabeth, dos jóvenes misteriosos que viven aislados del mundo. A medida que crecen se van involucrando en situaciones complejas y desafiantes, y de esa forma rompen las normas y las convenciones sociales. Después pienso en Arthur Rimbaud, que con sus libros "Una temporada en el infierno" e "Iluminaciones" cambió la literatura francesa antes de cumplir veinte años. La verdad es que siendo sincero, nunca me he considerado un "enfant terrible", y menos todavía cuando me pongo trajes blancos de lino y zapatos del mismo color (no es el caso de esta foto con la cazadora negra de cuero). Es cierto que suelo cuestionar siempre al que manda, que me aburren los cargos y no suelo prestar demasiada atención a las noticias del telediario o a los suplementos culturales, que insisto a mis alumnos y a mis amigos tertulianos que me lleven la contraria, puesto que me gustan Hegel y su dialéctica y no digamos las tres críticas de Kant que vienen de lejos, de Plotino y Platón por lo menos. Escribir no es un trabajo duro, precisamente, como se dice por ahí, sino al contrario un placer y una absoluta diversión al "crear" un mundo por ti mismo, sin deber favores a nadie y sin enchufes ni amiguismos. En resumidas cuentas, alguien tan angelical como yo, al que le apetece vestir de blanco en cuanto llega la primavera no ha podido romper un plato en su vida, ni un corazón, un trébol de cuatro hojas o la ola que llega mansamente hasta la playa y conquista castillos en la arena al paso de mis pies desnudos.

Y menos aún si ella me susurra canciones al oído con la voz melosa y una copa de vino en la mano:

https://www.youtube.com/watch?v=2gNou0hkNDM&list=RD2gNou0hkNDM&start_radio=1

Qué culpa tengo yo de que la chica guapa siempre se fije en mí. 

sábado, 7 de marzo de 2026

"Los sueños del escritor".


 

"La vida del escritor es una vida solitaria, uno cree estar solo y al cabo de los años, si los astros son propicios, descubre que está en el centro de una especie de vasto círculo de amigos invisibles, de amigos que no conocerá nunca físicamente pero que lo quieren y eso es una recompensa más que suficiente".

Antes Borges había dicho lo siguiente en aquella mítica entrevista con Soler Serrano de TVE:

"La tarea del arte es transformar lo que nos ocurre en símbolos y música para que pueda perdurar en la memoria de los hombres. Ese es nuestro deber, debemos cumplir con él, si no nos sentiremos muy desdichados. Esos símbolos pueden ser colores, formas, sonidos y en el caso del poeta sonidos y palabras, fábulas, relatos, poesías. La tarea del poeta es continua (...) El poeta no descansa nunca, siempre está trabajando, hasta cuando sueña, trabaja".

Mientras me miro en el espejo de Borges escribo y bailo sin necesidad de mover las piernas, cerca del mar de Grecia, aunque esté lejos, dentro de una película de Theo Angelopoulos, con la música de Eleni Karaindrou y el rostro de Bruno Ganz. Los actores bailan un vals, esa danza onírica con la que envuelven sus vidas. Giran despacio antes de que Bruno Ganz diga:

-Una vez te pregunté: ¿cuánto dura el mañana? Y me respondiste: "La eternidad y un día".

Pero aún el actor insistirá:

-¡No te he oído!

Y escuchará una vez más, a lo lejos, que le dice la mujer despidiéndose:

-¡La eternidad y un día!

https://www.youtube.com/watch?v=6Hg-zGxF8Nw&list=RD6Hg-zGxF8Nw&start_radio=1

viernes, 6 de marzo de 2026

"António Lobo Antunes era un escritor demasiado bueno para que le dieran el Nobel".


 
El escritor portugués nos dejó ayer con 83 años. Su prosa es densa y modernista, y explora las secuelas psicológicas del colonialismo, la guerra y la caída de la dictadura de Salazar. Al ser un psiquiatra profesional, Lobo Antunes aplica una mirada clínica, pero altamente poética a los estados emocionales y mentales de sus personajes, lo que hace que su trabajo sea profundamente intenso y centrado en experiencias internas más que en la trama objetiva. Tiene mucho de Joyce y Faulkner, con voces múltiples, cambiantes y subjetivas para examinar la memoria, la inestabilidad de la identidad y la decadencia de la sociedad portuguesa. Su escritura funciona como una "biopsia" del Portugal del siglo XX, y aborda con frecuencia la guerra colonial en Angola, la "Revolución de los Claveles" de 1974 y las experiencias de los "retornados". Sus oraciones son largas, complejas y, a veces, sin mayúsculas, con monólogos interiores y flujo de conciencia que rompen con la estructura cronológica tradicional. Entre sus novelas más importantes se encuentran "La tierra del fin del mundo", sobre la guerra de Angola, "Fado Alexandrino", centrada en la revolución de 1974, "El regreso de las carabelas" y "Ayer no te vi en Babilonia", con cuatro seres solitarios que intentan dormirse a la misma hora en lugares diferentes. 
 
Es de los escritores que forma parte de mi jardín particular. Si alguien quiere visitarlo, aquí lo dejo:
 
Como él, yo también creo que es necesario vivir para escribir.