Hace unos días Berta Guerra Burgos recordó este retrato que me hizo la profesora de dibujo Marga G. Eguidazu y que me envió por correo hace dos años. Siempre que lo miro recuerdo a Óscar Wilde y su "retrato", así como algunas frases del prefacio:
"El artista es el creador de cosas bellas. Revelar el arte y ocultar al artista es la finalidad del arte.
Los que encuentran bellas intenciones en cosas bellas, son cultos. A estos les queda la esperanza.
Un libro no es, en modo alguno, moral o inmoral. Los libros están bien o mal escritos. Esto es todo".
También me viene a la cabeza el personaje de Lord Henry que dice a Dorian Gray en el primer capítulo:
"Algún día cuando sea viejo, arrugado y feo, cuando el pensamiento haya tatuado su frente de surcos y el fuego de la pasión dejado en sus labios su espantosa marca, lo sentirá usted terriblemente. Ahora, por dondequiera que vaya, seduce al mundo. Pero ¿será así siempre? Tiene usted un rostro maravillosamente bello, señor Gray. No frunza el ceño. Lo tiene. Y la belleza es una forma de genio, más elevada, en realidad, que el mismo genio, ya que no necesita explicación (...) Los dioses le han sido favorables. Pero lo que los dioses dan, lo quitan muy pronto. Solo tiene unos pocos años para vivir de verdad, con perfección, con plenitud. Cuando su juventud se desvanezca, su belleza se irá con ella, y descubrirá de pronto que ya no le quedan triunfos, o deberá contentarse con mezquinos éxitos que el recuerdo de su pasado hará más amargos que una derrota (...) ¡Aproveche la maravillosa vida que hay en usted! ¡No deje que nada se pierda! Con su personalidad, no hay nada que no pueda hacer (...)"
Y recuerdo la primera vez que vi "Muerte en Venecia". Quizá todos ellos hablen de lo mismo, Marga, Wilde, Mann, Mahler, Visconti:

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