Lo conocí con unos diez años. Mi madre puso su Segundo concierto de piano en casa; algo se removió en mi interior y ya no se fue de él. Así durante muchos años hasta que lo convertí en un personaje de mi última novela publicada, "Poeta en Madrid". Aparece en algunas de sus páginas hablando con Mahler, que surgió en mi vida un poco después. Aunque utilizamos con frecuencia la palabra "genio", ha habido pocos a lo largo de la historia, y uno de ellos fue Beethoven. Ayer por la tarde tenía una cita ineludible en el teatro Monumental, de la calle Atocha, con su "Missa solemnis", una obra a la altura de la Novena, es decir, de una de las mayores creaciones del ser humano. En 1823 estaba completamente sordo, pero su profundidad espiritual no necesitaba escuchar la música, solo sentirla y escribirla. De ahí el Kyrie, solemne y majestuoso, con el que establece una petición de paz espiritual, el Gloria con su energía inagotable y un contrapunto complejo (es algo realmente impresionante), el Credo marcado por una afirmación rotunda de fe, y que refleja tanto el rechazo al dogma rígido como una profunda espiritualidad personal, el Sanctus con un precioso solo de violín que simboliza la presencia divina y por último el Agnus Dei, que incluye la anotación "Bitte um innern und äussern Frieden" ("Plegaria por la paz interna y externa") y refleja la angustia de la época y del propio Beethoven.
Esta versión desde Londres me gusta:
Con la dirección del danés Thomas Dausgaard y la participación de la soprano Rocío Pérez, la contralto Carol García, el tenor Juan Noval y el barítono Sreeten Manojlovic, la Orquesta Sinfónica y Coro RTVE llevó a cabo una interpretación estupenda de una obra dificilísima que hay que escuchar en directo. La IA puede hacer maravillas en la grabación de los discos en un laboratorio, pero no tiene nada que ver con el directo, con la gente alrededor, sentada junto a ti, escuchando ensimismados este diálogo con Dios. La obra de Beethoven no habla de una piedad convencional, sino de la lucha humana por la fe, la divinidad y la hermandad.
Y ahora voy a tomarme el primer café de este sábado primaveral charlando con Beethoven. Quiero que me cuente cómo ser un genio.



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