martes, 7 de julio de 2026

"Desayunando en el Café Gijón un 4 de julio".


 
Acababan de abrir, no se veía a casi nadie por el Paseo de Recoletos y me acordé de mis tertulias durante varios años en este mismo sitio. Pensé en más cosas, como que 250 años atrás se firmó en Filadelfia la Declaración de independencia de los EE.UU, con unos principios filosóficos básicos como que todos los hombres son creados iguales con derechos como la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. Y considera que el poder del gobierno emana del consentimiento de los gobernados. En 1776 también se publicó la obra en cinco tomos de Adam Smith "Una investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones", donde analiza cómo los países generan riqueza y prosperidad y desafía las teorías mercantilistas de la época que medían la riqueza únicamente por la acumulación de oro y plata. Y si esto fuera poco, en 1776 se produjo un hito fundamental en la historia, la instalación y puesta en marcha comercial de las primeras máquinas de vapor perfeccionadas por Watt y Boulton. La empresa tenía su base y fundición en Birmingham, pero sus motores fueron adoptados con rapidez por las fábricas de Mánchester y el resto del país, marcando el inicio de la Revolución Industrial. Había nacido el desarrollo urbano moderno. En sus análisis políticos y económicos, Marx y Engels encontraron en la máquina de vapor mucho más que un avance técnico. Como explicaron en "El Capital" y el "Manifiesto Comunista", esta máquina fue el catalizador que cambió el curso de la historia social. Un rato después de tomarme un café con leche y un cruasán, como si estuviera en Saint-Germain-des-Prés, pasó por allí la cabalgata del Orgullo LGTBIQ+. 
 
En esto pensaba mientras la música ambiental del Café me trasladó al verano de 1942, aunque estaba en el de 2026, en los tiempos de la IA:
 

LITURGIA DE UN HOMBRE, por Susana Fraile.


 
Para Justo Sotelo.
 
Tú.
Tú, escritor. 
 
Tú,
que afilas el aire con la palabra
y dejas en la lengua
una herida dulce.
 
Tú,
Al Pacino doméstico del verbo,
ese que no actúa: 
 
arde despacio,
como una lámpara
que conoce
su propia penumbra.
 
Tú,
el de los morritos —
mínima grieta en la máscara—, 
 
donde el silencio se asoma
y parece decir:
hay un incendio,
pero no mires.
 
Tú,
el que sus alumnos vitorean
como si aún fuera posible 
 
arrodillarse ante la voz de otro
sin perderse
del todo.
 
Tú,
el dandi sin espejo,
el que no se viste:
lo atraviesa la elegancia 
 
como una corriente secreta
que no pide permiso
al cuerpo.
 
Tú,
que te pones una americana
y el mundo, torpe,
se vuelve guante.
 
Tú,
el que dice que besa 
 
como quien recuerda
un idioma anterior a la piel,
una lengua antigua
donde el deseo no era culpa,
sino territorio.
 
Tú,
que hallas melodías
y las partes en dos
como pan caliente, 
 
dejando en cada oído
una fuga de Bach,
un temblor
de Beethoven.
 
Tú,
el que nos descubre Madrid 
 
no por sus calles,
ni sus recovecos mágicos, 
 
sino por sus grietas de luz: 
 
rincones donde la tarde
se queda suspendida
como una respiración
que no termina, 
 
y uno,
sin saber por qué,
empieza
a deshabitarse.
 
Tú, 
 
que no eres ninguno
y eres todos esos gestos,
como un espejo roto
que sigue devolviendo
un rostro.
 
Un hombre.
 
Y basta.
Pero ese basta
tiene el peso
de lo irreparable.
 
Un hombre en el que pienso,
y algo en mí sonríe 
 
como quien encuentra
un tesoro olvidado
en el dobladillo
del ánima.
Y sí, 
 
me tomaría un café contigo
en una ciudad
que no nos pertenece:
París o Argüelles.
 
No por el lugar.
Ni por el café.
 
Sino por ese instante suspendido, 
 
—breve
como el ala de un pájaro
en la nieve—, 
 
en que dos desconocidos
se inventan un refugio 
 
y el mundo,
por un segundo, 
 
deja de doler,
como si nunca hubiera aprendido
a hacerlo.
 
© Susana Fraile
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Tras leer este poema que Susana Fraile, amiga y tertuliana desde hace años, me envió ayer por la mañana por Wasap pensé que la sensibilidad no está reñida con la inteligencia y que Susana es una gran observadora. Ha captado cosas esenciales de mi personalidad y eso que mi forma de ser es esencialmente libertaria e independiente. La música en París o un barrio de Madrid como Argüelles podría ser esta: