El otro día la tarraconense Yolanda Clúa escribió un comentario en el que decía que me había conocido hacía poco como escritor, a través de la artista Silvia Japkin, y cómo comenzó a leer mis reseñas y mis obras literarias, esa mezcla de alegría con sensatez, dijo, un poco al "estilo Murakami". No conocía mi currículum de títulos universitarios, que ella no valoraba tanto como lo que le aportaba humanamente cada persona.
Ahora viene lo de ser escritor, Yolanda.
Ser escritor es algo así como dar contenido a los elementos de esta fotografía que hice el otro día en un centro de arte de los llamados "modernillos", donde también venden ropa de segunda mano en la entrada que me gusta mirar, con muñecas con la cabeza rota, largas piernas rosas y desnudas, lámparas mitológicas, lienzos con flores y mariposas. Como decía a menudo mi madre, "Justi, es que eres muy moderno", y tal vez por eso me fascinan las óperas barrocas como "Ifigenia en Áulide", de Gluck, la hija de Agamenón que se cita en la divertida "Odisea" de Nolan (un tipo que más que director de cine lo que le gustaría es ser Batman directamente) y también en la "Ilíada", aunque sobre todo se la debemos a Eurípides. Esta Ifigenia influyó en mi creación de Judith, que es la protagonista de mi cuarta novela, "Entrevías mon amour", de la que hablaré otro día después de leer lo que diga la IA de ella, y que como mujer está inspirada en Paqui. Por ahora suena de maravilla en este video en Aix-en-Provence, lo que me recuerda que una vez tuve una novia de esa ciudad, al lado de Marsella, aunque esto es de otra novela:
Otra cosa es ser un escritor famoso o muy famoso, algo que nunca seré porque solo me acuesto y me he acostado con quien me apetece.

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