jueves, 3 de septiembre de 2026

"El libro, ese hermoso objeto a punto de desaparecer".


 


Leer despacio, escribir por uno mismo, perder el tiempo pensando, simplemente pensando. Cada vez estoy más convencido de que, si no leemos, en un futuro no tan lejano se hablará de aquel paréntesis de quinientos años en el que existió el libro, desde la invención de la imprenta de Gutenberg hasta la llegada de Internet. Nos lo avisaron Aldous Huxley, George Orwell y Ray Bradbury. En "Un mundo feliz" (1932), Huxley no afirma de manera explícita que los libros vayan a desaparecer por completo, sino que muestra una sociedad donde la literatura clásica y el pensamiento profundo se vuelven obsoletos e innecesarios. En "1984" (1949) Orwell imaginó un futuro donde el poder controla la información mediante la censura dura, prohibiendo los libros independientes, quemándolos o reescribiendo la historia para que coincida con los intereses del Estado. En "Fahrenheit 451" (1953) Bradbury presenta una sociedad en la que los libros sí están prohibidos y los "bomberos" tienen la misión de quemarlos para que la gente no piense de manera crítica. La idea exacta de que "nadie querrá leer libros" es una conocida interpretación del educador y crítico cultural norteamericano Neil Postman en su libro "Divertirse hasta morir" (1985), donde contrasta las interpretaciones de Huxley y Orwell. La gente ya no va a leer por el exceso de entretenimiento, la comodidad y la distracción constante, que destruyen la capacidad de pensar. En su opinión Huxley tenía razón. Y llegó Internet en un proceso que va desde 1969 a 1983. En 1991 apareció World Wide Web y las redes sociales lo hicieron a finales de los noventa, sobre todo con la creación de Facebook en 2004, que es la que cuenta con más usuarios en el mundo. Y ahora me tomo el primer café de esta mañana, escribo lo anterior y mientras lo hago pienso en ello. Como digo siempre a mis alumnos, a mis amigos de mi tertulia literaria y a todo el que me quiera escuchar, leamos libros, por favor, y además que sean libros difíciles, que nos hagan pensar y tengan diferentes lecturas, desde la más superficial a la más profunda, y supongan un esfuerzo. Soy de los progresistas (no de los que están de moda, por supuesto) que valoran el estudio y los méritos. Ayer la poeta y crítica de arte Efi Cubero dijo en un post de Almudena Mestre sobre mi libro "Un hombre que se parecía a Al Pacino" (estoy con él en la mano en esta foto que me envió el otro día Silvia López) que "Justo Sotelo es mucho Justo y requiere de muchas relecturas. Hay matices que se escapan, y hay que releer para fijarlos". Y es que quiero libros que me hagan pensar, incluso cuando los escribo yo. En mis clases no dejo de bromear y reírme con mis alumnos, pero soy implacable con el temario que les explico y tienen que aprenderlo porque lo digo yo. El día en que mis alumnos no me hagan caso, me largaré. Procuro contar los temas con sencillez, para que parezcan fáciles, aunque no lo sean en absoluto. Y lo mismo pienso de los libros. Un libro sencillo no es bueno como tal, lo que hay que intentar (a lo mejor lo consigo algún día) es que el libro bueno parezca sencillo. Esto también pasa con la música. La gran música es buena si lo es técnicamente ya que Bach, Mozart, Beethoven y Mahler se dejaron la vida estudiando. En este caso siempre recuerdo a aquel profesor de Geografía e Historia que tuve en el colegio con once años que nos comentó un día que la diferencia entre la música clásica y la comercial es que esta gusta mucho al principio, pero termina aburriendo al poco tiempo. Con la gran música ocurre lo contrario.

Como con esta ópera que se va a interpretar este mes en el Teatro Real:

https://www.youtube.com/watch?v=BnEPuYiOBoM&list=PLBRr-RlcHns32JAf7rQzWwMObqhuVyBQ8

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