lunes, 7 de marzo de 2011

Virginia Woolf y la independencia de la mujer (I)


Como mujer, no tengo patria. Como mujer, no quiero patria. Como mujer, mi patria es el mundo entero  (Virginia Woolf) La mujer por fin es independiente, y se ha liberado de las trabas económicas, culturales y sexuales a las que ha estado sometida casi secularmente, al menos en el mundo occidental.
En ese sentido, puede decirse que la mujer ha sido la gran “revolucionaria” del siglo XX, gracias al trabajo de un sinfín de mujeres progresistas que se dejaron la piel durante años para lograr un futuro mejor.

Uno de los ensayos más lúcidos que se han escrito sobre la independencia de la mujer es “Un cuarto propio”, de Virginia Woolf (o “Una habitación propia”, en otras traducciones). La escritora inglesa escribió su estudio en el mejor momento de su actividad creativa, tras alumbrar “La señora Dalloway” en 1925, “Al faro” en 1927 y “Orlando” en 1928, y antes de publicar “Las olas” en 1931. El estudio se corresponde con dos conferencias dadas en octubre de 1928 en la Sociedad Literaria de Newham y la Odtaa de Gritón, y con el paso del tiempo se ha convertido en una declaración de intenciones por parte de su autora sobre lo que entendía por la relación entre las mujeres y la literatura.

Las mujeres de su época (salvo las excepciones como el grupo de “Bloomsbury” al que pertenecía) habían vivido atrapadas en el interior de los asfixiantes contextos económico, político y social construidos por los hombres. Para preparar sus conferencias, Virginia Woolf se sentó a mirar el tranquilo fluir de un río y llegó a la conclusión de que la mujer necesitaba disponer de dinero, es decir, de independencia económica, que era como decir de un cuarto propio para escribir.

Virginia Woolf se inventa una estructura que intenta mezclar la narración con el ensayo, utilizando personajes y lugares concretos. Nos encontramos en Oxbridge y “el yo narrador” se llama Mary Neton o Mary Seton o Mary Carmichael. El arranque del capítulo 1 son los estudios de Charles Lamb, a quien Virginia admiraba profundamente. Y en seguida aparece la idea de la “biblioteca”, con libros de Milton, Tackeray, etcétera, y hacia ella se dirige la protagonista. El primer problema con el que se encuentra en ese lugar repleto de libros es que no puede entrar una mujer, salvo que vaya acompañada por un “felow” o disponga de una carta de presentación. De pronto, ve un gato sin cola a través de la ventana; le parece que, como le ocurre a ella misma, el animal también se está interrogando sobre el sentido del universo. Como en una suerte de epifanía, sale de la habitación donde ha estado escribiendo y viaja hacia el pasado, a un tiempo anterior a la guerra, cuando la gente cantaba feliz mientras charlaba, y citaba versos de escritores como Tennyson y Rossetti. Siguiendo a estos poetas, las cosas que cantan hombres y mujeres son muy distintas, aunque sean igualmente bellas. Los hombres hablan de su destino, su futuro, su camino, mientras que las mujeres lo hacen sobre todo de amor, de un sentimiento que les va a procurar la felicidad. Pasado el tiempo, la protagonista cantará los dos tipos de poemas mientras camina en dirección a Ferham o Headingley.

Tras la guerra, se rompió la ilusión por seguir recitando versos, y los hombres y mujeres empezaron a verse feos. Ése es el momento que elige la protagonista para iniciar una cena frugal en casa de una amiga. Surge una conversación sobre lo difícil que es recaudar dinero para crear colegios femeninos, por oposición a lo fácil que es en el caso de los colegios para varones. Se emiten reproches a la mala educación que ellas han recibido de sus madres, que no les han enseñado, precisamente, a ganar dinero. Se podrían haber conformado con una pequeña herencia, que les hubiera permitido cambiar de tema de conversación para empezar a hacerlo de biología, matemáticas, arqueología, física... Pero no, sus madres no les habían educado para tener esas conversaciones, sino para parir cuantos más hijos mejor, esperar el regreso al hogar del marido y “creerse” felices con esa vida ordenada.
En el capítulo 2 nos trasladamos a Londres, al interior de una habitación como tantas de la época. Vemos un papel encima de la mesa que dice: “Las mujeres y la novela”. Es entonces cuando la protagonista de la historia se pregunta sobre el efecto de la pobreza, lo que le lleva a equiparar a la mujer con el pobre. También se hace otra pregunta: ¿cuáles son las condiciones para crear arte? Las respuestas a las interrogaciones las busca en el British Museum, y hacia allí se dirige.

Ya en la biblioteca de la institución se pregunta por qué tantos libros hablan de mujeres, pero no están escritos por mujeres, sino por hombres, algunos inteligentes, pero otros... Y nos encontramos ante una paradoja: las mujeres no escriben libros sobre hombres. Acto seguido hace una lista sobre cómo vemos los hombres (escritores) a las mujeres. ¿Es verdad que las mujeres tienen cerebro, y carácter? Las mujeres eran sacrificadas, por ejemplo, en ciertas culturas, eran más débiles que los hombres, más atractivas también, por qué... Goethe honró a las mujeres, Mussolini en cambio las despreció.
Los hombres consideran inferiores a las mujeres, pero es para representar mejor su superioridad, algo básico para los que tienen el poder. Si es posible demostrar que la mitad de la población es inferior a ti, es que tú tienes más poder, y te sientes más alto, guapo y maravilloso. La grandeza de tipos como Napoleón y Mussolini viene dada por esa percepción de superioridad sobre los demás.

Continuará…

(Artículo del "Diario Progresista!, publicado el 11 de Febrero del 2011)

1 comentario:

  1. Menuda estupidez la de Virgina Woolf. Se ve que era una niña bien, se sentiría más alta y más inteligente por decir esas simplezas. O quizá era políticamente analfabeta y no sabía que la patria es la base de todo lo demás: del Estado, de la democracia y, desde luego, de los derechos de las mujeres. Porque todas esas cosas no flotan en el aire. Prefiero mil veces a nuestra Emilia Pardo Bazán, quien al menos no era tan infantil.

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