viernes, 16 de septiembre de 2016

"Las películas que has visto vuelven a ti de diferentes maneras".

Esa frase es del director inglés Terence Davies, uno de los que más admiro, que me recuerda tanto a Kiorastami y Angelopoulos, otros dos de mis referentes.

El motivo de citarla es que ayer vi su última película, "Sunset Song", pura poesía visual, la adaptación de la gran novela de la literatura escocesa del siglo XX escrita por Lewis Grassic Gibbon. Es la historia de una muchacha que busca vivir su propia vida, entre un padre terrible que se cree dueño de todo, incluida su familia, una tierra tan dura como hermosa y un marido que termina transtornado por la Primera Guerra Mundial. 

Es una película fuerte, dramática, bellísima, profunda, romántica, absolutamente romántica, como su director. El día anterior me llevé una enorme decepción con la última película de Woody Allen, "Café Society", posiblemente una de las más deficientes de su filmografía, y necesitaba reconciliarme con el cine.

Las películas de este director de Liverpool tienen siempre la forma de una sonata y, por supuesto, hay que verlas en versión original.

En su día "Voces distantas" (1988), "El largo día termina" (1992) y "The Deep Blue Sea"(2011) me hicieron entender que se puede ser un director de factura clásica y a la vez profundamente moderno y actual. Con esta película de ahora (ya tiene otra aún sin estrenar sobre la poeta Emily Dickinson) da un paso más hacia la máxima belleza.

Es un cine que, como le ocurre a la película belga de la que hablé el otro día, es radicalmente opuesto al comercial norteamericano. Solo tiene una escena discutible; al final cambia el punto de vista de ella por el de su marido en la guerra, lo que rompe la narración.

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