Ayer empezaron las clases en el Cunef y me pasé el día entre alumnos, hablando sin parar. Por la mañana algunos alumnos me dieron las gracias y me estrecharon la mano; a última hora de la tarde, cuando ya me iba de clase, escuché que un alumno le decía a otro la frase con la que he titulado este texto. Y ahora me tomo un café, observo la foto que me hice por la mañana antes de dar clase, y pienso que parece mentira que me siga gustando después de tantos años. Ya he dicho en otras ocasiones que ser profesor es una de las profesiones más hermosas y agradecidas que existen; en realidad no es una profesión, sino una manera de ser, de comportarse, de mirar la vida pensando en los demás. Como nos contaba un profesor de matemáticas en el colegio uno más uno nunca son dos, sino tres. Y yo lo sigo pensando cuando doy clase. Y pienso en dónde puede estar el secreto de la felicidad. ¿De verdad algunos son felices por pasar un tiempo en el Palacio de la Moncloa o en la Casa Blanca? ¿De verdad son felices por acumular más y más dinero? ¿De verdad que lo son por tener esos 15 minutos de celebridad según Warhol al salir en la TV o en las páginas de un periódico? ¿De verdad saben lo que quería decirnos Platón cuando hablaba de la bondad?
¿Han cantado supercalifragilisticoexpialidoso alguna vez y después dormido sin preocupaciones por la noche?

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