miércoles, 15 de julio de 2026

"El número 51".


 

Esta vida es tan divertida que no dejan de ocurrir cosas simpáticas cada día. Ayer por la mañana caminaba tranquilamente por la calle Cea Bermúdez, en Moncloa, leyendo la famosísima autobiografía que Wagner dictó a su mujer, Cósima, la hija de Liszt, que me regalaron en casa por mi último cumpleaños (es sabido que no cumplo años, pues soy bisiesto, aunque debería ser trisiesto o cuatrisiesto) cuando casi me choco con mi amigo Pepe Villacís, escritor, economista y un tipo con el que llevo comiendo cada semana desde hace treinta años con otros amigos profesores, que venía en dirección contraria por la acera. Nos dimos un abrazo, charlamos un poco y seguí mi camino, en esa página en la que Nietzsche, que adoraba a Wagner, hasta que dejó de hacerlo por esas cosas que tienen los genios, dice que "es extremadamente dudoso que Wagner sea capaz de dar testimonio sobre sí mismo". Y añadió que "como Víctor Hugo, permaneció fiel a sí mismo incluso en su biografía: siguió siendo un actor". Después me senté a desayunar en la terraza de un Café donde a veces ruedan películas y miré la fotografía que había sacado. Casualmente allí vivió otro escritor que escribió algunas novelas estupendas y que me caía muy bien, José Luis Sampedro, que una vez estuvo en mi tertulia. Aparte de hablarnos de sus novelas, nos dijo que escribía para que lo quisieran. Todo lo envolvía la música de Lohengrin, aquel personaje que surgía de los romances épicos alemanes del siglo XIII (como el Parzival de Wolfram von Eschenbach), y representa la pureza, la fe ciega y el origen divino, pero también la tragedia del amor terrenal, pues cuando la duda obliga a Elsa a preguntar su nombre, Lohengrin debe revelar su identidad y regresar al castillo del Grial para siempre:

https://www.youtube.com/watch?v=oxqyUW2txQw

¿Realmente escribimos para que nos quieran?

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