Siempre me ha atraído la belleza de la música, del paisaje, del libro, de la fachada románica y gótica de una catedral, del rostro de una mujer, de esa nariz romana que me lleva a viajar a través del tiempo a pesar de que en realidad no sea más que la representación de lo que los romanos consideraban la nariz griega. Y a su vez me han atraído las cosas rotas, fragmentadas, las personas que sufren o han sufrido física o psíquicamente. Es ese impulso "insuperable" por ayudarlos. Ayer salí a navegar y me encontré con Venus. Me dijo que nació en 1820, aunque su verdadero nacimiento era más antiguo. Me dijo que decían de ella que era un modelo de la belleza griega, pero más bien adapta las formas del pasado griego a los gustos romanos. Yo le dije entonces que era la metáfora de aquella belleza ideal, la melancolía del tiempo y la perfección nacida de la imperfección. Y me sonrió. La ausencia de sus brazos, continué, ya había dejado de ser un defecto para convertirse en un símbolo universal. Su belleza no radica en la acción o el gesto, sino en la pura contemplación del ser. Representa una forma de resistencia lírica; el tiempo la golpeó y la rompió, pero fue incapaz de arrebatarle su dignidad. Esto es lo que más me gusta de ella. Poéticamente, su apatía facial o distancia emocional denota la melancolía profunda. La diosa mira más allá, inmune a los dramas humanos y al paso de los siglos, pero sé que su rostro es un refugio de paz frente al caos del mundo exterior. El autor parnasiano francés Leconte de Lisle la elevó al símbolo de esta belleza Ideal e inmutable, inmóvil y sagrada frente a la decadencia de nuestro mundo en sus "Poemas antiguos" (1852). "Mármol sagrado, revestido de fuerza y de genio, / diosa irresistible de porte victorioso, / pura como un rayo y como una armonía, / ¡oh Venus, oh la belleza, madre blanca de los Dioses! / No eres Afrodita, acunada por el oleaje, / posando sobre tu concha azul un níveo pie, / mientras en torno a ti, visión rosada y rubia, / vuelan las risas de oro junto al enjambre de los juegos. / No eres Citerea, en su pose relajada, / perfumando con tus besos al dichoso Adonis / y sin más testigos sobre las ramas combadas/ que palomas de alabastro y pichones enamorados. / Tampoco la Musa de elocuentes labios, / ni la casta Venus, ni la muelle Astarté, / la cual, con la frente coronada de rosas y hojas de acanto,/ sobre un lecho de lotos se está muriendo de placer (...) Lo recuerdo porque me lo recitó un atardecer en un Café de París, junto a la Sorbona. A su vez caminando otra tarde por Rosales, en el centro de Madrid, el poeta peruano César Vallejo me dijo que el poema XXXVI de su libro Trilce reflexiona sobre la limitación humana, la imperfección y el cuerpo, utilizando la figura incompleta de la Venus de Milo como símbolo de una existencia inacabada. Es la lucha humana por la completitud, a través de su figura para simbolizar una existencia inacabada y en una constante búsqueda por encontrarle un sentido a la vida. El yo lírico persigue lo incompleto frente a la perfección estática, valorando el "cercenado, increado brazo" de la estatua de Venus como símbolo de inminencia.
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Antes de irme Venus y yo nos besamos y terminé navegando por el Sena:

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