Mañana la tertulia será "on line" con mis amigos de fuera de Madrid. Quiero saludarlos después del verano y que hablen del libro que leen o de la película o exposición que han visto. Por mi parte no voy a leer ninguno de mis textos sino uno del escritor Manuel de la Fuente Vidal que ha trabajado treinta años en la sección de Cultura del ABC y nos ha acompañado otras veces en la tertulia. Estas fotos son de cuando las hacía en la cripta del Café Gijón, y a Manuel lo acompañan Charo Alonso Panero y Javier de la Rosa, entre otros amigos. Su literatura es urbana, desolada, rocanrolera y rebelde; Dylan y Springsteen son dos de sus profetas líricos y vitales. Ahora está delicado de salud, y aun así me escribe textos por Messenger que le leo con cariño. Este es de hace unos días:
"La argentina del Rastro".
"Como todos los progres de mi época, yo tuve un amor argentino. Se llamaba Manuela, como mi abuela, y era una exiliada, bueno, hija de exiliados, que, como en la canción de Sabina, tenía un puesto en el Rastro. Como nosotros, mi pandilla. Ella vendía muñecas de trapo, nosotros imperdibles en los que engarzábamos cuentas de colores compradas en Pontejos, con las que simulábamos banderas: de las recién estrenadas autonomías, del Vietnam, de Cuba, del Frente Sandinista, o de la República. Manuela se apellidaba Rinaldi y procedía de una familia de inmigrantes italianos de ascendencia napolitana que habían llegado a Argentina a finales del XIX con su bisabuelo a la cabeza. Manuela tenía 19 años, quinta del 59, como yo. Tenía el pelo muy negro, hasta la cintura, y unos ojos negros que refulgían como relámpagos de la Pampa. Era de Rosario, como Messi, y a mí me ganó el corazón por goleada. A pesar de los muchos horrores y desgracias de su vida, siempre estaba sonriendo, con una risa transoceánica y austral. Había estudiado Historia en la UBA (Universidad de Buenos Aires), como el Che Guevara, pero tuvo que dejarlo cuando se quedó sin patria y muchos de sus compañeros desaparecían para siempre en los Ford Falcon de los represores. A Manuela la amé en plena Ribera de Curtidores, su boca sabía a mate pampero, sus besos eran un tango y su cintura era una milonga. Tras su mate y mis cervezas nos cantábamos muy acarameladitos "El día que me quieras", de Gardel y Le Pera. Leíamos bajo el toldo de su tenderete el Martín Fierro y me hablaba de un genio bajito y tirando a regordete que se llamaba Diego Armando Maradona. Un buen día, mejor un día espantoso, un domingo de finales de abril, ni el puesto, ni Manuela aparecieron por el Rastro. Nunca más volví a saber de ella, ni de su poncho, ni de sus labios de Pampa y mate. Sólo muchos años después, a finales de los 80, me llegó una pequeña carta. Un tío suyo había muerto en las Malvinas, había retomado su carrera de Historia y se seguía sintiendo montonera. Hoy será abuela, yo sigo aquí, con la frente marchita, y nunca he vuelto a ir al Rastro, ni he vuelto a escuchar a Gardel".
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Aquí lo tienes, Manuel, por si estás bien para escuchar a Gardel. Sé que Charo también lo estará escuchando allí donde esté:



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