Paseando por un bosque, ayer me vino a la cabeza la imagen de un cuadro de Paul Cézanne que estudié hace unos cuantos años en un curso de pintura en el Reina Sofía (nunca he pensado dedicarme a la pintura, pero sí saber qué es lo que debo decir sobre un cuadro al escribir una novela; y lo mismo me sucede con tantas otras cosas). Paul Cézanne es el puente de unión entre el arte de los siglos XIX y XX. Se inscribió en la Academia Suiza para preparar el ingreso en la École des Beaux-Arts. En el Louvre pudo descubrir a Caravaggio y Velázquez. Cuando rechazaron su candidatura a la École, regresó a Aix y aceptó un empleo en el banco de su padre. En 1862 decidió volver a París para consagrarse a la pintura con una modesta ayuda económica de su padre. En esa época reanudó su amistad con Zola y conoció a Guillaumin y Pissarro, y se sintió muy atraído por el mundo artístico radical. En París rechazaban sus obras continuamente al no respetar la perspectiva ni la corrección anatómica, juzgándolas "en el límite de lo grotesco". Con estos pocos datos lo que quería decir es que los artistas y escritores que me interesan son los que hacen avanzar el arte y la literatura.
Me gusta plantar árboles sin esperar a que den su sombra, como los de este cuadro de Paul Cezanne, "Piedra de molino y cisterna bajo los árboles" (1894), que forma parte de la colección de la Barnes Foundation en Filadelfia, Estados Unidos. Como las "Tres piezas para piano" (1909), de Arnold Schönberg, que inspiró el "Doktor Faustus" (1947) de Thomas Mann:
https://www.youtube.com/watch?v=zYaWND9n9h0
Y me da igual caminar solo en esta búsqueda en el siglo XXI.


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