sábado, 7 de noviembre de 2026

"La antimateria literaria en nuestra próxima tertulia".


 

Confieso que pocos libros me llaman ya la atención a estas alturas. A la mayor parte de los poetas que leo los dejaría fuera de la República siguiendo los consejos de Platón, y a los novelistas los pondría a leer literatura de hace veinte siglos. Pero, a veces, salta la chispa.

Álvaro regresa a Cádiz para despedirse de su madre moribunda, y la historia gira entonces hacia su padre, un emigrante que en los años cincuenta se fue ilegalmente a Nueva York para huir de la posguerra, algo que no está muy tratado en nuestra literatura. Y aquí aparece la física, que se convierte en una metáfora de los vínculos que parecen sobrevivir al tiempo y a la distancia. Personas que se separan, vidas que toman caminos distintos y relaciones que siguen ejerciendo una influencia invisible. No solo heredamos unos apellidos, la casa o unos recuerdos; también silencios, miedos, culpas y tal vez una nostalgia cuyo origen desconocemos.

El próximo martes vendrá aposta desde Cádiz, a nuestra tertulia del Hotel Indigo en Argüelles, la escritora Alicia Dominguez, hija adoptiva de su ciudad, doctora en Historia Moderna y Contemporánea por la Universidad de Cádiz, así como Máster en Gestión y Resolución de Conflictos por la Universitat Oberta de Catalunya, para hablarnos de su novela "La ecuación de Dirac" (2026, Olé Libros). La presentará la escritora Carmen Sogo, que es tertuliana habitual.

El universo tiene una poesía secreta, y a veces los físicos resuelven los misterios que los filósofos dejaron abiertos hace miles de años.

¿Nos acordamos de Parménides, el filósofo griego que decía que "el ser es, y el no-ser no es y es imposible que sea"? Para los antiguos, la nada era una línea roja. El "no-ser" no podía existir. Pero en 1928, el físico Paul Dirac cometió una bella herejía matemática. Al intentar combinar la mecánica cuántica con la relatividad de Einstein en una sola ecuación, los números le exigieron algo inaudito, la existencia de partículas con energía negativa. Para la ciencia de la época, eso era un absurdo. ¿Cómo iba a existir "menos que nada"? Dirac no borró el resultado. Tuvo fe en la elegancia de su álgebra. Y lo que descubrió cambió la historia para siempre, la antimateria. Para explicarla, Dirac imaginó el vacío no como una habitación vacía, sino como un océano invisible de partículas negativas. Cuando una de ellas saltaba, dejaba un "hueco". Ese hueco o ausencia se manifestaba en nuestro mundo como una partícula real, un reflejo invertido del electrón, el positrón. Es decir, el "no-ser" de Parménides cobró vida. La antimateria es el vacío que se comporta como una presencia. Una sombra activa que pesa, se mueve y desafía nuestra lógica. La tragedia (y la belleza) de todo esto es que cuando la materia y la antimateria se encuentran, se destruyen en un abrazo definitivo, convirtiéndose en pura luz. Un recordatorio cosmológico de que el universo no se conforma con una sola versión de la realidad y siempre escribe su eco en el reverso.

La próxima vez que miremos al cielo, deberíamos recordar que la nada no está vacía, sino llena de posibilidades, y de música, como la que corre por las páginas de esta novela:

https://open.spotify.com/playlist/4cY2HKAJEp8scwTRJ60QQd?si=ThJsWfiFQ-yToOm7DrpiBA&utm_source=whatsapp

Siempre digo que me gusta todo lo que he vivido, aunque se haya terminado.

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