martes, 9 de agosto de 2016

A veces pasear por algunas playas es hacerlo sobre otras huellas.

Eso me ocurrió el otro día al pisar la arena de una playa blanca de Dingle, al oeste de Irlanda, en el Ring of Kerry, por donde también pisó y soñó la hija de Ryan, esa Dulcinea personificada, una nueva Emma Bovary con las mismas ganas de vivir.

Sabes que Sarah Miles amaba al maestro de escuela, pero también que le fue infiel con el joven soldado mientras Robert Mitchum escuchaba a Beethoven y las tormentas eran tanto exteriores como interiores. El mar se desbordaba dentro de sus cerebros y no admitía excusas.

Quizá porque las cuestiones sobre el sexo siguen teniendo una raíz ideológica, como diría Foucault.

A veces sobre otras playas y otros cuerpos.

lunes, 8 de agosto de 2016

Sobre poetas posmodernos, jerseys deshilachados y Moet Chandon.

"Seamus Heaney fundó una sociedad de poetas jóvenes locales y tú, querido Justo Sotelo, organizas unas tertulias literarias con artistas y escritores también desde hace muchos años en diferentes lugares".

Esto dijo ayer Almudena Mestre como contestación a mi post sobre Seamus Heaney. Hablando de tertulias me viene a la memoria una de las personas más buenas, inteligentes, sabias, simpáticas e importantes para la Facultad de Filología de la Universidad Complutense que ha habido en los últimos años, Javier Del Prado Biezma.

Cuando me enteré de que él, junto a mi maestro Antonio García Berrio, había creado prácticamente la carrera de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada en Madrid, que yo había estudiado, no tuve más remedio que sonreír e invitarle a la tertulia. Esto de la tertulia es un milagro y más si la integran personas como este catedrático de literatura.

En realidad toda esta historia es para decir que me gusta mucho la foto que nos hicimos hace un par de meses en la presentación de uno de los libros de mi editor Pepo Paz y la vuelvo a poner por aquí. Mira que está guapo Javier y qué pelazo tiene y hasta le perdono que se empeñe en decir que soy poeta. Menuda obsesión le ha dado con eso. Además llevo puesto mi jersey medio roto y deshilachado que me compré en Sitges y que todas las madres de mis amigas me quieren coser.

Los poetas de verdad, los que no saben hacer otra cosa en la vida y por eso trascienden su época, tienen sangre espiritual en las venas y yo en las venas como mucho tengo champán, Moet Chandon, además.

Feliz lunes, amigos. Me está esperando un "Irish breakfast".

Seamus Heaney

Pasear por Irlanda es hacerlo por las leyendas que nos devuelven a los mitos clásicos, la música gaélica, la amabilidad y las ganas de vivir de sus jóvenes. Es revivir la grandeza de Joyce y Yeats y también la necesidad de leer la poesía de Seamus Heaney (1939-2013), uno de los grandes poetas del siglo XX.

Nacido en Derry, Heaney estudió literatura en Belfast, dio clase en Dublín y fue catedrático de Retórica y Oratoria en Harvard y de Poesía en Oxford.

Recibió el Nobel de Literatura en 1995.

De él me interesa su compromiso por la paz en Irlanda y técnicamente la riqueza fonética de su poesía y la fuerza de su estructura. Muchos de sus poemas reflejan las conexiones entre las opciones personales, los dramas y las pérdidas inevitables de la vida y el papel de las fuerzas universales como la historia y la lengua. En su obra veo a William Wordsworth y John Clare, su humanismo, su amor a la naturaleza, incluso urbana.

Este es solo un ejemplo.

El metro.

"Ahí estábamos corriendo por los túneles abovedados,
tú deprisa delante, con tu abrigo de estreno
y yo, yo entonces como un dios velocísimo ganándote
terreno antes de que te convirtieras en un junco
o alguna nueva flor blanca salpicada de rojo
mientras el abrigo batía salvajemente y botón tras botón
saltaban y caían, dejando un rastro
entre el metro y el Albert Hall.
De luna de miel, luneando, ya tarde para el Baile de Promoción,
nuestros ecos mueren en ese corredor y ahora
vengo como lo hizo Hansel sobre las piedras iluminadas por la luna
recorriendo el sendero de nuevo, recogiendo botones
para acabar en una estación con corrientes de aire y luz de lámparas
cuando los trenes ya se han ido, las vías húmedas
desnudas y tensas como yo, todo atención,
por si tus pasos me siguen,
pero antes muerto que mirar atrás.
De "Station Island". (1984)

Versión de Vicente Forés y Jenaro Talens.

viernes, 5 de agosto de 2016

miércoles, 3 de agosto de 2016

Hay ángeles que escriben una literatura espléndida y además comprometida socialmente.

Habría que empezar por decir que los ángeles existen y no solo porque lo dijeran Rilke en sus Elegías y Wenders en su película "Cielo sobre Berlín". Yo he encontrado uno este año.
Se llama María Rodríguez Velasco.

Hace un tiempo hablé de ella como actriz. Ahora me apetece referirme a ella como psicóloga y educadora de niños (una de las profesiones más hermosas que conozco).

Además es un modelo para los jóvenes y lo demuestra con sus preciosos relatos, ya que es mejor escritora de lo que ella misma cree. Yo lo tengo claro, y no lo digo solo como doctor en literatura. Su fraseo es limpio, delicado, profundo, no evita las metáforas ni las consecuencias de los sueños. Porque María sueña mucho. Lo hace con los sonidos del cine, de la poesía, de la música.
Se lo digo muchas veces a mis alumnos. Son la generación más preparada, democrática y solidaria de la historia de este país. España está llena de Marías que, en torno a los treinta años, luchan por un mundo mejor, como hace ella en su último texto que ha publicado en Escena Godot (Max, de Bartleby Editores): "Pido perdón".

http://www.escenagodot.com/blogs_autor/125-pido-perdon

(Esta foto suya es una de mis preferidas. Es de las primeras que le hice, junto a la mítica actriz Margarita Xirgú en el teatro romano de Mérida. Xirgú esboza el gesto de Medea cuando Jasón la abandona. María me mira a mí como si estuviera viendo sobre mi cabeza revolotear a las cigüeñas que volaron sobre el teatro en 1933, al terminar la representación de Medea impulsada por Unamuno).


martes, 2 de agosto de 2016

Una entrevista sobre Murakami

Salgo de la catedral de Saint Patrick de Dublín, de rendir pleitesía a la tumba de Jonathan Swift, al que tanto debemos los escritores, y ni siquiera he recorrido cincuenta metros cuando me encuentro de sopetón con una pareja de ex alumnos de hace seis o siete años.

Están en Cork perfeccionando su inglés y han venido a Dublín a pasar unos días. En un momento de la conversación ella saca de su bolso mi ensayo sobre Murakami.

Ambos son amantes del escritor japonés y cuando vieron en Linkedin que su profesor había escrito un libro sobre él, no dudaron en comprarlo. Este hecho casual y otros similares que me están ocurriendo confirman que es uno de mis libros que más repercusión está teniendo, como diría el filósofo francés Bachelard.

Les hablo de las entrevistas que me han hecho sobre el libro y me dicen que entrarán en Youtube para verlas. Les digo que hay una que me resultó especialmente agradable y divertida, la que me hizo el periodista Lorenzo Rodríguez.

También les comento que ya van diciendo las malas lenguas que se me está quedando cara de Murakami, de tanto hablar de él. Mi alumna sonríe y dice que yo soy más guapo. Su novio frunce el ceño y yo lanzo una carcajada.

Luego los tres echamos unas risas y unas pintas de cerveza.

(En esta ocasión no me invitan a champán, como me ocurrió hace no mucho en Las Palmas con otra pareja de ex alumnos, pero, bueno, nadie es perfecto, que diría nuestro dios Billy Wilder).

Este es el link de la entrevista de TV:

https://www.youtube.com/watch?v=ulyC4iYCMRk

lunes, 1 de agosto de 2016

"Eres más poema que poeta, lo que siempre le hubiera gustado ser a Gil de Biedma".

Así me definió ayer M Jesús Egmont en mi último post, refiriéndose a la famosísima frase del poeta de Barcelona, lo que me hizo reflexionar unos minutos. Sinceramente, no creo que merezca ese halago. Por supuesto que no soy poema y además no me considero poeta, tan solo un narrador de historias, un contador de sentimientos y sensaciones.

Si algo tiene sentido en la vida es ser "poema" para los demás, para los que alguna vez se han tronchado en la vida (como diría un maravilloso personaje de Murakami en "Tokio blues"), para los que sufren penalidades por razones económicas, políticas, de sexo, raza, religión.

Ser poema es la caricia cada amanecer de la pequeña mano de tu hijo.

Ser poema es ese estado del alma cuando te doy las buenas noches.

Ser poema es resumir la vida en el amor, la belleza, la música, el vuelo libre de los pájaros.

Ser poema es llegar a la morada de Juan de la Cruz y Teresa de Jesús.

Ser poema es lo más cercano a ser dios.

(La foto es del fuerte de la Edad de Hierro del que hablaba en mi último cuento, "Innisfree", al oeste de Irlanda, y donde él y ella desaparecen del tiempo para ser uno subidos a una bicicleta mientras empieza a llover, ya que el agua es el símbolo sexual por excelencia).