domingo, 14 de junio de 2020

"A los pájaros les gustan los escritores".

Ayer sábado por la mañana me senté a descansar y a ver pasar la gente en un banco de madera de la Gran Vía después de una larga caminata por las calles del centro de Madrid. Ese banco está delante del viejo edificio de la Cadena SER, donde se instaló no hace mucho una tienda de ropa que tiene mucho éxito. A su espalda se encuentra la mítica Casa del Libro, mi librería favorita de Madrid, que casi siempre aparece en mis novelas y cuentos. En la radio trabajó Iñaki Gabilondo, un periodista al que me gustaba escuchar y que aparece en varios capítulos de mi novela "La paz de febrero" como una manera de unir las vivencias cotidianas de los personajes con la resonancia internacional de la Guerra de Irak. Esa es mi forma de amueblar todo lo que escribo; en realidad es la forma en que se encuentra amueblada mi cabeza. Me entretuve contando las personas que entraban y salían de la librería y la tienda de ropa con la inocente esperanza de que hubiera más movimiento en la primera que en la segunda. Se acercó un gorrión y se situó debajo de mi pie. Se mantuvo en esa posición varios minutos sin que hiciera falta que le echara migas de pan para comer. "Érase una vez", le dije entre susurros, y ya no se movió. Tal vez pensó que yo era Gabilondo y le iba a hablar de alguna guerra perdida.

Busqué en Youtube una música que sé que le gusta al periodista vasco, y la puse en voz baja, como si continuaran los susurros. El pájaro se volvió, dio dos o tres saltos, me sonrió y echó a volar:

https://www.youtube.com/watch?v=SZ6sZ67_IcE

sábado, 13 de junio de 2020

"En torno a Stig Dagerman, el niño prodigio de las letras escandinavas del siglo XX".

La semana pasada releí el mítico libro de conversaciones entre Hitchcock y Truffaut, con vistas a la tertulia que íbamos a tener sobre el director inglés. Al referirse a su película "Yo confieso", de 1952, en la que Montgomery Clift interpretaba a un sacerdote que, debido al secreto de confesión, no puede revelar un asesinato y Anne Baxter a su antigua novia, Hitchcock aseguraba que no quería a Anne Baxter como protagonista, sino a la actriz sueca Anita Björk, que se presentó en Estados Unidos acompañada de "su amante y un bebé ilegítimo". Adelantándose a un posible escándalo, la Warner devolvió a Björk "a sus fiordos" y al cine de Ingmar Bergman. Su amante era el escritor Stig Dagerman, que se suicidaría pocos años después. Ayer por la tarde me llamó al móvil Jaime, un antiguo alumno al que hace mucho que no veo. Fue profesor de música en un instituto de Ciudad Real y acto seguido en uno de Badajoz, su tierra natal. En cierto momento hablamos de los escritores que nos siguen gustando, y Jaime se refirió entonces a Stig Dagerman. Me dije que eran demasiadas casualidades. Tras colgar busqué por casa algún libro de un escritor que nació cerca de Estocolmo el año 1923, que frecuentó los ambientes anarquistas y que se convirtió en habitual de sus publicaciones. Escribió su obra entre los 21 y los 26 años, cuatro novelas, cuatro obras de teatro, un volumen de novelas cortas, cuentos, ensayos y algunos poemas. Se suicidó en Enebyberg en 1954. En los últimos años solo había publicado "Nuestra necesidad de consuelo es insaciable", un texto muy breve, poético y trágico, filosófico, político, tan intenso como cegador. Como le sucedió al Strindberg que admiraba con devoción era un hombre idealista y soñador, inconformista, angustiado por la evolución del mundo. Tal vez porque había crecido en un mundo donde se juntaron las peores dictaduras del siglo XX, tanto comunistas como fascistas, y que, entre otras cosas, había dado lugar al existencialismo, con las ideas del absurdo, la sinrazón y la angustia de vivir.

Este es el texto premonitorio de ese fatal desenlace, pura literatura, por otra parte:

http://www.contranatura.org/…/Fil…/PDF/Dagerman-Consuelo.pdf





viernes, 12 de junio de 2020

"El arte siempre está enfrentado al poder y a la censura. A propósito de la Quinta Sinfonía de Shostakovich y una escultura de Pushkin en un parque de Madrid".

Ayer paseé durante un buen rato por un parque pequeño y poco visitado, el de la Fuente del Berro, junto a la estilizada torre de RTVE y la M-30. Estuve sentado junto a la estatua del poeta romántico Alexandr Pushkin, donada a Madrid por el pueblo ruso en 1981 y que inauguró el alcalde Tierno Galván, que había visitado Moscú dos años antes. En reciprocidad Madrid les envió una escultura de Cervantes. A pesar de morir joven en un duelo, Pushkin es el poeta ruso más influyente a lo largo del siglo XIX. Buscó un lenguaje que se apartara del neoclasicismo, con claras resonancias francesas debido a su esmerada educacón, y defendió la libertad por encima de todo, lo que le supuso varios destierros. Pensando en estas cosas, derivé hacia el proceso creativo de las obras de arte, al tiempo que escuchaba en Youtube a otro ruso, la Quinta Sinfonía de Shostakovich, estrenada en Leningrado en 1937. La escuché por primera vez en directo en el Teatro Real siendo muy joven y ya entonces me contaron su curiosa historia. La censura suele manifestarse prohibiendo, mutilando o manipulando las obras. Siempre he considerado a Shostakovich como el último sinfonista romántico, pero que evolucionó con rapidez hacia la modernidad, como se puede apreciar en su Cuarta Sinfonía y en su segunda ópera, Lady Macbeth, consideradas demasiado difíciles de entender. Fue amenazado con ser deportado a Siberia si no recuperaba un estilo compositivo más tradicional. En Leningrado ya había sido detenido el marido de su hermana María y ella incluso deportada a Siberia. Sus abuelos también fueron desterrados. Shostakovich escribió su obra sinfónica presa de una enorme carga emocional y utilizó el lenguaje diatónico para lograr el pretendido "realismo socialista" por parte de las autoridades comunistas. A principios de los treinta, Prokofiev aseguró que el dominio de ese "realismo socialista" y de las músicas regionales de las repúblicas soviéticas darían como resultado un arte provinciano. La Quinta Sinfonía termina de manera triunfal porque Shostakovich estaba obligado a seguir los preceptos que le imponía el poder.

Sigo pensando en todo ello mientras me tomo un té y vuelvo a escuchar la sinfonía de Shostakovich interpretada por la Joven Orquesta Gustav Mahler, con unos jóvenes intérpretes que tienen tanta calidad como entusiasmo. El arte siempre termina triunfando, con independencia de sus propios autores. En esta obra resulta patente la influencia de Mahler y Chaikovsky (que puso música a varias obras de Pushkin, con lo que se cierra el círculo del que estoy hablando hoy).

Es lo que tiene la belleza, la calidad y el buen gusto:

https://www.youtube.com/watch?v=PeJPmIbiqp4



jueves, 11 de junio de 2020

"El principito" y la "alegría" como experiencia teatral.

El pasado 6 de abril, en los momentos más duros de este confinamiento, se cumplieron 77 años de la publicación de una de las obras más hermosas de la literatura. Una amiga me regaló hace años una novela de Olga Lucas -la mujer de José Luis Sampedro-, y anoche encontré entre sus páginas este texto donde cuenta su primera experiencia en un escenario representando "El principito". Yo apenas lo recordaba.

"La vivencia del aquí y ahora es un reto al que me enfrento a diario ya que mi tendencia es a la evasión, a estar presente a medias. No recuerdo ninguna obra de teatro en la que haya mantenido una atención constante como espectadora; sin embargo, al estar al otro lado, sobre el escenario, el 31 de mayo de 2003, durante hora y media no existió ni el pasado ni el futuro. Una compañera del colegio mayor adaptó El principito a diálogo para poder representarla y repartió los papeles entre algunos de los colegiales. A mi me tocó ser el principito por mi voz aniñada, no porque supiera interpretar. De hecho, era la primera vez que me subía a un escenario. Pude ver la evolución de la obra desde cerca, cómo podía ir creando mi personaje y cómo mis compañeros hacían lo mismo con el suyo. Experimenté todo tipo de sentimientos hacia el texto. Al principio ni siquiera me gustaba, luego llegué a odiarlo porque nada salía como la directora esperaba. Pero un día se produjo un “clic”, o fue algo que se desató dentro de mi, el caso es que lo entendí. Cerca del día del estreno, comprendí el sentido de la obra, cómo el principito era el reflejo del aviador, por qué hacía tantas preguntas... algo fue creciendo y llegó al clímax la noche del estreno. A pesar de ser un grupo de aficionados intentamos no descuidar ningún detalle, ni de la interpretación ni de la puesta en escena. Recuerdo que sonaba Alegría, de El circo del sol, minutos antes de que se abrieran las puertas del salón de actos. Esa música ambientaba varios momentos de la obra y nos ayudaba a meternos en nuestros papeles. La directora nos habló del momento presente, de disfrutar de lo que estábamos haciendo, de quienes éramos cada uno en la siguiente hora y media. Creo que nadie se acordó de quién era en la vida real hasta la mañana siguiente. La concentración que experimenté mientras duraba la representación no la había vuelto a repetir hasta que retomé, años más tarde, el yoga, donde la energía de la clase me ayuda a mantener la mente “aquí”. Durante esa hora y media el público no existía, aunque mirara al patio de butacas veía aquello que mi principito estaba viendo, el desierto al aterrizar en la tierra, las estrellas cuando estaba en su pequeño planeta discutiendo con la rosa... Sentí el dolor de haber abandonado aquello que más le importaba, o me importaba, una flor que era mi única amiga; también expliqué minuciosamente al aviador cómo había que quitar las raíces de los baobabs para que no se hicieran dueños de mi planeta y cuidé al cordero que estaba encerrado en la caja dibujada por el aviador. Pude ver en el zorro a mi amigo, sentí miedo de la serpiente y de sus amenazas, luego el alivio al comprender que la muerte que ella me podría dar me llevaría de vuelta a mi planeta. Todo es ficción. Lo que acabo de describir está en un libro que ha leído prácticamente todo el mundo, los espectadores sabían lo que iba a ocurrir en cada momento. La diferencia es que yo lo viví, sé que si hubiera formado parte de los que nos miraban en las butacas hubiera mirado el reloj, me hubiera movido en el asiento, me habría parecido que se hacía larga, pero sobre el escenario el tiempo no existía, no tenía conciencia de él. Solo la siguiente frase que tenía que decir estaba en mi cabeza, no porque me la supiera de memoria, sino porque era la única respuesta lógica que podría dar a mi interlocutor".

Ahora escucho la música que ha citado mi amiga. Casualmente dos alumnas de este curso me acaban de exponer un trabajo sobre El Circo del Sol, y además ayer por la mañana me encontré en la terraza de un Café a dos amigos que tomaban el sol tranquilamente y, en cierto momento, les hablé de la entrañable pareja que formaron Olga Lucas y José Luis Sampedro, y que de alguna manera reflejo en una de mis novelas.

La Alegría es contagiosa:

https://www.youtube.com/watch?v=X3f_yyGr46Y

miércoles, 10 de junio de 2020

"Patricia Highsmith, Alfred Hitchcock y el Depende de Pau Donés".

Mi profesor de Lenguaje Literario y de Teoría de la Literatura de la facultad Ángel García Galiano solía decir que si hay algo que no vale gran cosa, que no posee ningún aparente valor económico, es la literatura, y por eso quizá sea lo más caro del mundo, a lo que podríamos añadir el cine y la música. Supongo que se puede vivir sin literatura, cine y música, pero no sé cómo. Ayer por la tarde los tertulianos del Café Gijón hablamos de cine y literatura de la mano de Eduardo Larrocha y "Extraños en un tren", la primera novela de la inquietante, misántropa y bastante perversa escritora norteamericana Patricia Highsmith (Texas, 1921 - Suiza, 1995). Hitchcock la llevó al cine en 1951. En la novela un tren avanza por las inmensas praderas en busca de un destino cualquiera, y allí se encuentran dos desconocidos, Guy y Bruno. En la película vemos sus zapatos llegando a la estación y subiéndose al mismo tren. Guy es un tipo ordenado, con una vida convencional y gran ambición. Tiene un problema que se llama Miriam, su mujer, que no desea divorciarse. Bruno está enfermo y su problema es su propio padre, al que no soporta. Y su teoría es que una persona debería hacer todo cuanto sea posible antes de morir, y tal vez morir tratando de hacer algo que sea imposible, así que propone a Guy un asesinato por delegación. Él mata a su esposa y Guy se encarga de su padre. En su opinión cualquier persona es capaz de asesinar. Es cuestión de circunstancias, sin ninguna relación con el temperamento. La gente llega hasta un límite determinado y solo hace falta algo, cualquier insignificancia, que les empuje a dar el salto. Hitchcock y Highsmith hacen planteamientos estilísticos diferentes del mismo asunto, lo que nos sirvió a los tertulianos para debatir, de forma apasionada y también divertida, sobre las diferencias y similitudes entre estas dos artes. 

Ahora escucho una canción mientras me tomo mi primer té con leche de la mañana. Y es que algunas personas de este mundo no tenemos remedio y nos dedicamos a hablar de las cosas que no sirven para nada.

Aunque todo depende:

https://www.youtube.com/watch?v=dgf5QlcyTFY



martes, 9 de junio de 2020

"Té y simpatía".

No voy a hablar de esta estupenda película de Vincente Minnelli, estrenada en 1956, donde una vez más se intenta defender a las personas "distintas" o diferentes de la mayoría, en esta ocasión por su inclinación sexual dentro de una sociedad machista y homófoba, sino de la propia semántica textual del título. Esta hermosa mañana de primavera he sustituido el café por una taza de té con leche. La afición al té la adquirí durante mis viajes con Paqui por el Reino Unido y la completé en mis paseos por la India y varios países africanos. Y mientras lo hago pienso que esta primavera no ha habido Feria del Libro en el Retiro, ni he podido contar, por tanto, con la simpática visita de mis alumnos, como se observa en estas fotografías de los últimos años. Llevaba muchos años sin faltar a esta Feria, ya fuera como simple paseante o como autor de libros de economía, novelas y cuentos.

Y hablando de cuentos.

A pesar de que algunas veces hay demasiado "ruido" y demasiada "furia" en este mundo, ni Shakespeare ni Faulkner tenían toda la razón, y la vida no siempre es un cuento contado por un idiota.

Creo.




lunes, 8 de junio de 2020

"Hitchcock en la tertulia del Café Gijón de mañana martes".

Hay días en que me levanto pensando que el mejor director de la historia es John Ford y otras Alfred Hitchcock. El pasado mes de abril se han cumplido 40 años de la muerte del británico. A pesar de que me he pasado casi toda la vida estudiando, recuerdo que sobre los 17 años me metí varias semanas seguidas en la Filmoteca Nacional, que entonces tenía su sede en un viejo cine de López de Hoyos, para ver un ciclo dedicado a Hitchcock. Aún no he olvidado el miedo que pasé con la escena final de la madre de "Psicosis" o la sensación de alegría que transmitía "Con la muerte en los talones". Entre los tertulianos tenemos un experto en cine, el periodista Eduardo Larrocha, que escribió las crónicas de cine en "El Ojo Crítico", de RNE, durante años. Como soy muy caprichoso le he pedido que me haga un capricho y nos dé su opinión de películas como "Rebeca", "Extraños en un tren", "La ventana indiscreta", ¨Vértigo", "Psicosis", "Los Pájaros" y "Marnie la ladrona", con el fin de ver cómo Hitchcock adaptaba el lenguaje de la literatura al propio del cine. En las buenas novelas una palabra puede ser tan evocadora como una imagen en una buena película. De esto se habla mucho en la entrevista que le hizo el director francés François Truffaut en “El cine según Hitchcock”, la obra de referencia que rescata y dignifica con una nueva mirada la enorme producción de este director.

La tercera imagen fascinante que me queda de los 17 años en la Filmoteca solo podía ser el más bello desnudo integral del cine, sin que Kim Novak se quite la ropa. Para conseguir algo así con una cámara o una novela hay que ser un genio, y existen pocos. Por eso, entre otras muchas cosas, hay quien piensa que "Vértigo" es la mejor película de la historia del cine. Además ella se llama Madeleine, la palabra para el bizcocho francés, que, en Proust, nos trae recuerdos de pérdida y anhelo de la infancia. 

Las grandes obras de arte relacionan todos los aspectos del conocimiento humano. Por eso lo son:

https://www.youtube.com/watch?v=8317VVohgMo