Y tuve un sueño.
Durante varios años impartí una asignatura en la Universidad que se llamaba "Taller de Literatura, Tertulia y Debate". Era de Libre Elección y los alumnos podían cursarla desde cualquier carrera y Universidad. El primer día de clase les entregué una lista de libros que debían leer para debatirlos entre todos. Una de aquellas alumnas me ha estado preguntando desde entonces por esa lista. Justo, ¿no la recuerdas? Haz memoria, por favor, insistía. Nos veíamos poco, pero en cuanto lo hacíamos, mi alumna, que se había convertido en una buena amiga (mis alumnos saben que no son amigos míos hasta que pasan a ser ex alumnos), me lo preguntaba con una dulce sonrisa en los labios. Dónde estará la lista, venga hombre, Justo, piensa un poco, seguro que la tienes en algún archivo. Yo me encogía de hombros, que es lo que suelo hacer cuando no recuerdo algo. Lo que no soy capaz de recordar es porque ya no existe o no merece la pena que lo haga. Con el paso del tiempo, tan solo recordaba de esta historia que se la dicté sobre la marcha a la secretaria que tenía entonces y que no guardé ninguna copia, lo que me impedía satisfacer el deseo de mi alumna y amiga. Pero un día cambió todo. Me escribió entusiasmada un Wasap y lo acompañó con una foto. Mientras revolvía entre viejos papeles de la Universidad encontró esa lista. A pesar de que faltan algunas hojas, ahí siguen Galdós, Baroja, Dostoyevski, Eliot, Camus, Chéjov, Toltói, Woolf, Morrison, Chacel, Proust, Beckett, Bernhard, Borges, Juan Ramón, Machado, Bowles, Conrad, Neruda, Carpentier, Cortázar, Goethe, Dante, Goethe, Shakespeare, Yourcenar, Duras, Lobo Antunes, Lampedusa, Perec, Hemingway, Joyce, Pound, Blake, Faulkner, Horacio, Homero. Está claro que la literatura es inmortal, al menos mientras yo vaya dejando listas abandonadas en el corazón de mis alumnas y escuche jazz.
¿Alguien se viene a desayunar conmigo a Manhattan y me cuenta el partido en el avión?

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