lunes, 20 de julio de 2026

"De qué me alimento como escritor".


 
De lo que vivo, de lo que leo, de lo que veo. Sentado en el Paseo de Recoletos, como ayer por la tarde, antes de ver en Colón, por fin, la obra de teatro "El trovador", de Antonio García Gutiérrez, por parte de la compañía Ensamble Bufo, creada en 2015 de la mano de Hugo Nieto para revitalizar el teatro clásico con elementos vanguardistas. Tenía que haberla visto esta tarde, pero ya he contado que la obra se canceló puesto que veinte mil personas van a llenar Colón para ver el partido de fútbol de España contra Argentina. Seguro que no éramos más que doscientas personas en el teatro, pero no me importa. No me molesta que haya mucha gente alrededor y tampoco lo contrario. Siempre busco lo que tiene calidad; es la culpa de mi sexto sentido que se empeña en lo exquisito. Y por supuesto lo encuentro, aunque sea minoritario, que es lo que realmente tiene calidad. Y me fui hasta el 1 de marzo de 1836 (el día de mi no cumpleaños) a través del túnel del tiempo del arte y del buen gusto, cuando el Romanticismo entró en España con la obra de García Gutiérrez, que Galdós consideraría de entre lo mejor que se había escrito en este país. Casi veinte años después Verdi escribió su ópera, y ciento ochenta años más tarde yo la vi. Como siempre, no me hubiera importado subirme al escenario (estábamos en primera fila) y haber muerto de amor, como Manrique por su amada Leonor. Eso sí, como la vida es puro teatro, volvería a nacer y con mis amigos me habría puesto a cantar el Caballero de Gracia de "La Gran Vía" y el brindis de "La traviata", como hicieron los actores al acabar la obra.
 

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