Ayer por la tarde uno de mis alumnos de este curso me envió una fotografía desde la playa con otros amigos y compañeros (que están en esta foto) para decirme que se estaban acordando de mí, de mis clases, de la alegría con la que los trataba y de mi forma de ser. En el libro que ahora estoy escribiendo y que publicaré el año que viene, y donde, como siempre, mezclo todos los géneros, junto al tiempo y el espacio, empeñado en hacer avanzar la literatura, hablo bastante de estos chicos y de todos los que me han acompañado durante tantos años en la Universidad. La juventud española es estupenda, no solo porque ganen el mundial de fútbol y acto seguido llenen las calles de Madrid con su alegría, sino porque se encuentran entre los mejores profesionales del mundo, los mejores maestros e investigadores, y porque ellos son el futuro y yo soy un escritor y profesor que cuenta lo que imagina y también lo que ve. Y ahora me voy a pasear por la calle a través de la literatura y la música, escuchando con los cascos la última sonata de Beethoven, con la que he soñado esta noche. Yo estaba en un bosque, se había hecho de noche y no encontraba la salida. De pronto Mauricio Pollini se puso a tocar esta música:
Y desperté con una sonrisa en los labios, como siempre.

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