Me gusta perder el tiempo en cosas que no sirven para nada, como escribir novelas, dar clase, escuchar a Bruckner, caminar sin ninguna dirección, hablar por teléfono con mis amigos, sentarme a escuchar la música de un riachuelo, sacar la lengua a un niño en su cochecito y jugar con mi gatita Ana. Ya no hablo de hacer el amor por el simple placer de hacerlo porque somos humanos y estamos vivos. El paso del tiempo se medía, en su momento, según la geografía, los ritmos de la agricultura, los regímenes políticos, los rituales religiosos y las guerras. Todo cambió en la Grecia del siglo III, cuando se empezó a hablar de Kronos y Kairós. Kronos es el tiempo cronológico, lineal y cuantitativo, el del reloj y el calendario. Es el tiempo que transcurre de forma incesante y medible en segundos, horas o días. En nuestra vida diaria, rige nuestras agendas, el trabajo y las rutinas, pudiendo convertirse en una fuente de estrés si nos volvemos esclavos de la inmediatez, de la coyuntura. Con Kronos aparecieron esas bobadas de "no pierdas tiempo", "el tiempo no espera a nadie", "el tiempo es oro", y cosas así que se empeñan en marcarnos la TV, los medios de comunicación y las redes sociales. ¿De verdad a alguien le importa lo que les sucede a los políticos y a los famosillos de cartón piedra, o la vida privada de los futbolistas? En contraste, Kairós sería el tiempo cualitativo y subjetivo, asociado al momento preciso, a la creatividad o a la "oportunidad". No importa cuánto dure, sino lo que sucede en ese instante. Es el momento perfecto para tomar una decisión, tener una idea brillante, conectar con alguien o escuchar a Bruckner en el coche mientras el viento entra como un ciclón por las ventanillas y tienes la sensación de que estás vivo:

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