Ahí estaba ayer por la tarde inaugurando el curso con Javier Ruiz de Arcaute, mi cura vasco favorito. El año universitario no empieza para mí hasta que no le doy un abrazo después de las vacaciones. Javier me recordó algo que suele decir, y es que no hay que renunciar a las tentaciones por si no vuelven y que el amor es lo más hermoso que nos ha regalado Dios. Y yo añadí lo de hacerlo y soltó una carcajada, aunque casi se ahoga con la pipa que se estaba fumando, camino ya de los 92 años. Lo bueno de ser amigos íntimos es que sé que reza todos los días por mí, y ya tengo ganado el cielo. En cierto momento me pidió que le acercara con el coche hasta el estanco para comprar más tabaco. Por el camino me preguntó qué me parecía lo del ático de Ayuso y yo le dije que no me había enterado muy bien, pero que estaba muy mona con pantalones cortos.
A la vuelta estuvimos cantando a dúo este tango que también cantó Gardel:
En fin, dame el humo de tu boca.
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