La conocí en la asignatura de Mitocrítica a la que ambos íbamos de oyentes. Era de Aranjuez, vivía en Madrid y tenía veinte años. Yo me empezaba a aburrir como catedrático, aunque dirigía algunos grupos de investigación sobre ciertos asuntos que me agradaban, como el Medio Ambiente (ya era de Greenpeace) y me puse a estudiar Teoría de la Literatura. Me fijé en ella porque era una muchacha bellísima, delgada y alta. Ella se fijó en mí por el libro de grandes dimensiones con el que siempre iba a clase. Era el Zaratustra de Nietzsche, le dije cuando me lo preguntó. Me dijo entonces, frunciendo las cejas, que no había conocido a nadie que leyera al filósofo. Era una mañana de otoño, como la de hoy, y los pájaros volaban felices tras los cristales del aula. Nos hicimos amigos y no tardó en interesarse por la música clásica, por Mahler y Wagner de los que siempre le hablaba cuando terminaba el repaso de los mitos y su relación con la literatura. Una mañana nos encontramos en la cafetería del D y me dijo que estaba escuchando a Mahler, en concreto la Segunda sinfonía, Resurrección (con esta obra se ha inaugurado el curso en el Auditorio Nacional). Y me confesó que le gustaban los hombres mayores que ella, y si eran escritores todavía mejor. Uno de sus sueños era escribir una novela. Cambié en seguida de conversación y le empecé a contar todos los mitos de la Tetralogía de Wagner que me apasionaban y aún no nos habían contado en clase. Vino unas semanas a mi tertulia y de pronto desapareció. Tiempo después la encontré en una tienda de campaña de Sol; se estaba iniciando el 15-M y ella necesitaba hacer su propia revolución (ayer saqué esta fotografía en ese mismo lugar). Pasados los años nos volvimos a cruzar por la calle, y me comentó que vivía en París, donde había ido para cursar un máster de estudios literarios y que allí se había casado con un profesor de la Sorbona. Trabajaba como lecturer y su sueño era llegar a catedrática. De vez en cuando volvía por Madrid, seguía escuchando a Mahler y se acordaba de mí. Y había terminado una novela, aunque todavía no la había publicado, y yo era el protagonista. Seguía siendo una mujer bellísima, pero, a diferencia de cuando la conocí, llevaba el pelo largo que le caía sobre los hombros.
Al despedirnos me estrechó en sus brazos:
A veces los mitos se mezclan con la realidad.

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