jueves, 16 de mayo de 2013

El anillo de los nibelungos

Los veranos de mi adolescencia estuvieron acompañados por la música de las óperas de Wagner que se emitían por radio desde Wayreuth, el famoso teatro que le construyó el rey "loco". Pasé varios veranos en la sierra de Gredos, y, como la cobertura era mala, tenía que subir a una pequeña montaña cercana a mi casa para sintonizar bien la radio. Las hormigas y otros bichos se me metían por las sandalias, pero era inevitable. El Teatro Real de Madrid estaba reconvertido en un auditorio porque, por lo visto, al dictador no le gustaba la ópera, y el Liceo de Barcelona quedaba un poco lejos de mi casa. 
Confieso que, durante muchos años, sólo presté atención a la música, arrebatada y romántica de "Rienzi", "El holandés errante", "Tannhauser" y "Lohengrin". Me dejé llevar por la variedad cromática y apabullante de "El anillo de los nibelungos", el poema de amor y muerte que representa "Tristán e Isolda", la gracia contrapuntística de "Los maestros cantores" y el misticismo de "Parsifal". Sin embargo, con el tiempo comprendí que Wagner había creado algunas de las alegorías más terribles de la historia del arte y, por tanto, de la humanidad.

He visto, recientemente, en video la conocida tetralogía, en una versión grabada en el Metropolitan de Nueva York, bajo la dirección de James Levine, y he podido constatar una vez más que ese oro robado a las hijas del Rin -transformado después en un anillo mágico- es una metáfora que se puede aplicar a la situación que vivimos en estos momentos en Occidente.

En la ópera, el mundo se lo disputan los dioses y los nibelungos, personificados en Wotan y Alberich. El primero desea construirse una fortaleza donde vivir con su mujer y el resto de dioses, y necesita dinero para pagarla (se la encarga a dos gigantes), mientras que el segundo se empeña en seducir a las ondinas que viven en el río guardando el tesoro. El pobre no comprende que es muy feo, y ellas se burlan de él. ¿Qué es lo que hace para vengarse? Lo que tanta gente que es fea sobre todo por dentro: renunciar al amor y robar el oro. Del oro saldrá el famoso anillo gracias al trabajo de otro nibelungo, Mime. Poco después Wotan robará el oro para pagar su fortaleza, pero la maldición estará echada por parte del enano Alberich: quien lleve el anillo acabará muriendo.

Esto le ocurrirá al primer gigante, Fasolt, que será asesinado por su propio hermano, Fafner, para quedarse con el oro. Después Fafner se convertirá en dragón y guardará el anillo en una cueva, hasta que llegue el héroe, Sigfrido, y le atraviese con su espada. El propio héroe morirá a manos de Hagen, el hijo de Alberich, y, por último, la propia protagonista de este drama, Brunilda, deberá inmolarse con el anillo en el dedo para que el oro vuelva al Rin.

Hasta aquí un resumen mínimo de una obra que dura más de 12 horas. No obstante, sirve para comentar el objetivo de este artículo. El anillo de los nibelungos posee una música ardiente, bellísima, gigantesca, pero además es una metáfora sobre el poder y el dinero. En la actualidad existe un patológico culto al dinero. El ser humano se pasa la vida trabajando para acumular dinero, y al final comprende que ni siquiera tiene tiempo para gastarlo (bueno, supongo que no todo el mundo se apercibe de ello). No es que el hecho de desear el "anillo" siempre conduzca a la muerte, como en la obra de Wagner, pero sí que lleva a perder miserablemente el tiempo.

Y ya se sabe que el tiempo es oro.

(P.D. Escuchar y ver la obra completa es una delicia de los ángeles, que habría que hacer al menos una vez en la vida).

lunes, 13 de mayo de 2013

Himno al amor

"Himno al amor".

De la maravillosa Primera epístola, 13, de San Pablo a los corintios,
en la maravillosa película "Azul" de Kieslowski. (Canción para la unificación de Europa).

“Aunque yo hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, soy como una campana que resuena o un platillo que retiñe.

Aunque tuviera el don de la profecía y conociera todos los misterios y toda la ciencia, aunque tuviera toda la fe, una fe capaz de trasladar montañas, si no tengo amor, no soy nada.

Aunque repartiera todos mis bienes para alimentar a los pobres y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, no me sirve para nada.
El amor es paciente, es servicial; el amor no es envidioso, no hace alarde, no se envanece, no procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no tienen en cuenta el mal recibido, no se alegra de la injusticia, sino que se regocija con la verdad.

El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.
El amor no pasará jamás. Las profecías acabarán, el don de lenguas terminará, la ciencia desaparecerá; porque nuestra ciencia es imperfecta y nuestras profecías, limitadas.

Cuando llegue lo que es perfecto, cesará lo que es imperfecto.

Mientras yo era niño, hablaba como un niño, sentía como un niño, razonaba como un niño, pero cuando me hice hombre, dejé a un lado las cosas de niño. Ahora vemos como en un espejo, confusamente; después veremos cara a cara. Ahora conozco todo imperfectamente; después conoceré como Dios me conoce a mí.

En una palabra, ahora existen tres cosas: la fe, la esperanza y el amor, pero la más grande de todas es el amor”.

La música en griego de la película es deliciosa:

http://www.youtube.com/watch?v=2HyNEYaakcA
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viernes, 10 de mayo de 2013

¿Vivimos un nuevo "Tiempo de silencio"? (1)

"Tiempo de silencio", de Luis Martín-Santos, es una de las grandes novelas españolas de la segunda mitad del siglo XX. Es tan buena en su fondo como en su forma. Su vigencia literaria es incuestionable, así como su valor testimonial en estos tiempos de crisis económica y desesperación para tantas personas, junto a decisiones políticas que hacen recordar tiempos pasados felizmente olvidados.

Pedro es un joven médico madrileño que intenta descubrir las causas de cierto tipo de cáncer a finales de los años cincuenta. Trabaja en un laboratorio de una especie de aburrido y siniestro CSIC. A veces se pregunta por qué se invierte tan poco dinero en investigación en España, un país que no valora a sus hombres de ciencia, ni siquiera al contar con algún premio Nobel.

Lo primero que se puede decir de él es que es un héroe postbarojiano, con un mundo propio constituido por la pensión donde vive, las calles de Madrid que recorre sin parar, y sus visitas al prostíbulo y al café bohemio, donde se pasa las horas muertas intentando comprender el mundo.

Amador es su ayudante, y posee cierta relevancia en la historia porque es quien le presenta al Muecas, un personaje del lumpen, que se encarga de proporcionarle los ratones que tienen inoculado el cáncer. El Muecas desarrolla una técnica que consiste en que las mujeres de su familia den calor a los ratones con su propio cuerpo. Ricarda, su mujer, y Florita, una de sus hijas, adquieren un protagonismo destacado a partir del momento en que el médico aparece por su barrio.

Tras las descripciones de la vida cotidiana de Pedro en su pensión y su vida laboral y artística, la novela se sumerge en el chabolismo del extrarradio.

En cierto momento se le pide que haga un aborto a Florita (que se supone que ha sido embarazada por Cartucho, el típico chulo del lumpen), pero, cuando está practicando el legrado, la joven fallece. La policía acusa a Pedro de este acto delictivo, pero Ricarda confiesa que su hija ya estaba muerta.
Libre de toda culpa, Pedro se compromete con Dorita, la hija de la dueña de la pensión, pero en un baile Cartucho la asesina. Ante este triste panorama el médico no tiene más remedio que salir de Madrid, en dirección a provincias, como si fuera otra vez un viaje a ninguna parte.

En ese momento se “ve” castrado física y mentalmente, y la novela adquiere su significado simbólico y mítico. Las últimas páginas, repletas de la técnica del monólogo interior y el flujo de conciencia, son demoledoras.

(Publicado en el Diario Progresista el 10 de mayor de 2013).

domingo, 5 de mayo de 2013

¿Qué le queda al artista por hacer?

¿Qué le queda al artista por hacer?

Las nuevas tecnologías permiten captar la realidad sin problemas, a través de la fotografía, el cine, la pintura, la palabra de Internet... Ahora todo el mundo se siente artista: fotografía, pinta, escribe, compone música. Creo que el artista "tradicional" sobra en un "mundo" así, y ya sólo le queda hablar de su abismo interior.

En esto estoy con Kant y con sus juicios sintéticos a priori sobre la belleza, y con Adorno, claro, y su "Teoría estética" (que me acompaña desde hace tantos años). Y con Beethoven, por su puesto, con sus últimos cuartetos, como este maravilloso opus 130 y su gran fuga, primorosamente interpretado. En esas últimas 5 obras, Beethoven eliminó el tiempo y el espacio, y se convirtió en un autor actual, eterno.

Como diría Plotino, la belleza sólo es del alma.


http://www.youtube.com/watch?v=i29LA1fy5r4

viernes, 3 de mayo de 2013

Los orígenes del teatro español (y 3)

Las obras que se representaban en el interior de los templos, autos de Navidad y sacramentales, comenzaron a salir al exterior, y el teatro moderno fue sumando las características que lo definirían con el paso del tiempo. Moratín menciona las grandes composiciones de Garcilaso, y lamenta que no se escribiera de esa forma, lo que llevó a las autoridades a sacrificar "lo útil por lo necesario".

Es el momento de que el autor se detenga en Lope de Rueda, al que admira, y del que dice que “antes de la mitad del siglo XVI apareció en los teatros de su patria como ingenioso autor y gracioso representante”. Lo suyo fueron pequeños dramas de tres o cuatro personas con una acción y un lenguaje muy sencillos, junto a caracteres naturales y populares. Sus obras más largas no le merecieron el mismo aprecio, porque imitaba en exceso a los italianos.

Juan de Timoneda fue su amigo y editor de sus obras, y le imitó en algunas piezas en prosa (las escritas en verso no le gustaban a Moratín). También se refiere a Alonso de la Vega, representante y autor de compañía, que tuvo cierto éxito en su época con las tres comedias que se conservaban de él, pero Moratín ponía en duda su calidad. No obstante, estos comentarios le sirven para añadir que había otros imitadores de este tipo de obras. Lo que no hace Moratín, no obstante, es prestar atención a la vida y aportaciones de los autores que va nombrando, ni siquiera para referirse a las grandes aportaciones técnicas y teóricas del Cancionero de Juan del Encina o la Propalladia de Torres Naharro.

Sí tiene un hueco en su estudio el caso de la escenografía, así como de otros elementos esenciales de la representación. “Las compañías cómicas vagaban por todas las provincias entreteniendo al pueblo con sus comedias, tragedias, tragicomedias, églogas, coloquios, diálogos, pasos, representaciones, autos, farsas y entremeses; que todas estas denominaciones tenían las piezas dramáticas que se escribieron entonces” (p. 44).

La escenografía no acompaña a la representación, debido a su considerable retraso, entre otras cosas porque no existían los teatros permanentes, y los actores deambulaban de un sitio a otro sin comprometerse con el lugar. Por otro lado, según Moratín las representaciones religiosas seguían siendo, a veces, grotescas, algo que mejoró tras un concilio celebrado en Toledo en los años 1565 y 1566. Poco a poco los dramas sagrados fueron desapareciendo de los templos, y los manuscritos destruidos. Con ello los teatros públicos recibieron un nuevo impulso.

El “inventor de los teatros” fue Naharro, en torno a 1570, al introducir decoraciones pintadas y movibles según lo pidiera el argumento de la obra. Además, “mudó el sitio de la música, aumentó los trages, hizo varias alteraciones en las figuras de la comedia, puso en movimiento las máquinas, imitó las tempestades, y animó sus fábulas con el aparato estrepitoso de combates y ejércitos” (p. 48), algo que tampoco gustaba demasiado a Moratín, por su desmesura.

Él pone como ejemplos adecuados las obras de Gerónimo Bermúdez y Pérez de Oliva. Otro autor, Malara, no le convencía, y prefería a un discípulo de este, Juan de la Cueva. Con las creaciones de unos y otros se fueron confundiendo los géneros cómico y trágico, con todo tipo de composiciones líricas y una cierta desatención de la parte dramática.

En este punto llegó Cervantes, muy crítico con la forma de representar las obras, y que, a pesar de su prodigiosa pluma, tampoco sirvió para engrandecer el género al tratar de acomodarse al gusto del público, como también ocurriría con otros creadores como “Cetina, Virués, Guevara, Lupercio de Argensola, Artieda, Saldaña, Cozar, Fuentes, Ortiz, Berrio, Loyola, Mejía, Vega, Cisneros, Morales, y un número infinito de poetas de menor celebridad, que florecieron en Castilla, Andalucía y Valencia” (p. 51).

En esta época se construyeron los dos primeros corrales de comedia en Madrid, el de la Cruz (1579) y el del Príncipe (1582), donde se empezaron a representar las elegantes y esenciales obras de Lope. Moratín ensalza las cualidades del teatro de este último, pero también censura sus excesos, como también comentará de Calderón.

Tras aportar a la escena española de su época dos obras fundamentales como El sí de las niñas y La comedia nueva o el café, que mezclaban el entretenimiento con el evidente didactismo, Moratín sintió la necesidad de buscar el origen del teatro español, como una forma de justificar su propio trabajo, y el de los grandes autores que le habían antecedido como Lope, Cervantes y Calderón. La época romántica se acercaba, y esta idea de las raíces se convertiría en alguna habitual en la mayoría de los autores europeos del momento. Los propios autores y espectadores extranjeros empezaban a necesitar de esos estudios.

Moratín repasa las obras sagradas relativas a la Biblia, creadas y representadas por los clérigos en las iglesias y catedrales, y se acerca tímidamente a la eclosión del teatro tal como lo entendemos en la actualidad, justo en el momento en que las obras salen al exterior de los templos y empiezan a “pasear” por los caminos y los pueblos. Sin mencionar a algún autor significativo como Lucas Fernández (y apenas al portugués Gil Vicente), así como las poéticas más significativas de Juan del Encina (que siempre denomina “de la” Encina) y Torres Naharro, prepara el camino a la obra de Cervantes y Lope con la relación y descripción de algunas de las obras esenciales del teatro prelopista español.

(Publicado en el Diario Progresista el 3 de mayo de 2013).