martes, 23 de diciembre de 2025

"Escritor recostado sobre el lado izquierdo".


 
Los griegos (y luego los romanos) se recostaban en divanes para sus banquetes, comúnmente sobre el lado izquierdo, utilizando la mano derecha para comer, una práctica que adoptaron alrededor del siglo VI a.C. Y así estoy yo en esta fotografía tomándome un té. 
 
Al iniciarse en los misterios del amor -según Sócrates-, el verdadero amante asciende desde lo humano a lo eterno, y pasa por el amor de los cuerpos bellos hasta un único cuerpo, y de este al amor por el alma, y del amor por la belleza de las almas al amor por la belleza en sí misma y al amor por el conocimiento del verdadero bien. No es la otra mitad de sí mismo lo que el individuo busca en el otro (como aprendemos en "El banquete" de Platón), sino la verdad con la que su alma se siente unida. Es la visión espiritualizada del amor entre el amante y el amado. 
 
No se necesita escuchar música cuando los contertulios, como los siete del Banquete, entre los que no me hubiera importado incluirme, junto a Fedro, Pausanias, Erixímaco, Aristófanes, Agatón, Sócrates y Alcibíades, son gente de valía intelectual. Sócrates dice en el Fedón que la Filosofía es la mejor música. No obstante, en mi caso siempre estoy escuchando música. En 1910 se estreno en Estados Unidos el Concierto de piano nº 4 del alemán de ascendencia polaca Xaver Scharwenka, con el propio compositor al piano y Mahler dirigiendo la Orquesta Filarmónica de Nueva York. El concierto 3 de Rachmaninov también se estrenó el mismo año, con el autor al piano y Mahler en la orquesta. Y tampoco me hubiera importado estar allí pues adoro a Rachmaninov y a Scharwenka. Aunque mi novela "La paz de febrero" (2006) está llena de las "lágrimas negras" del Cigala y Bebo Valdés, junto a la primera ópera inglesa, "Dido y Eneas", de Purcell, también se escucha a Scharwenka como hice yo mientras escribía esa novela, continuamente, página a página, ya que no sé escribir sin música, en realidad no sé vivir:
 
Esta es mi búsqueda de la belleza y el bien trascendentes.

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