Escribir es caminar las calles de Madrid que me sé de memoria y no dejo de recorrer. Es el Madrid de las Letras y los Austrias, Lavapiés, Argüelles, Chamberí, Salamanca. Y los parques del Retiro, Rosales, el Pardo y la Casa de Campo. Como recorro las calles y los parques de cualquier ciudad y de cualquier pueblo, lugares llenos de personas que me interesan, personas que son como yo, con sus historias, sus alegrías y penas. Por eso me detengo en medio de la Naturaleza y de un museo, un cine y una librería, y miro alrededor y me miro dentro de mí, y entonces escribo. Aprendí a escribir con Galdós, Cervantes, Baroja, Neruda, Borges, Woolf, Joyce, James, Ortega. Como digo a mis alumnos, todo el mundo es importante y por eso lo meto en mis libros. Mis tertulias son una metáfora de mis novelas y cuentos. Hay un protagonista que suele vestir trajes de lino, pero sus páginas se llenan de personajes que aportan algún matiz, algún pormenor a la historia. Y por eso no me gusta quedarme en casa. Tengo que vivir para poder escribir, y dar clase, y pasear, y amar, y escuchar música que me mire a los ojos:

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