Siempre me ha gustado ser un "héroe romántico del siglo XIX", en medio de un desierto de película, como en esta fotografía del otro día. Mientras me tomo el primer café de esta mañana fresquita de un mes de agosto a punto de terminar, leo un comentario del otro día de mi amiga virtual Garceta Común María: "Esencial y sutil todo lo que dices y la imagen me muestra a un James Bond cultivadísimo y a un ser humano". Saboreo las gotas del café, y admito que disfruto como profesor en la Universidad, pero reconozco también que, desde niño, me he dejado dominar por la imaginación y por la fantasía a la hora de vivir y por tanto de escribir novelas, que es lo que más me gusta como escritor. Mi maestro de Teoría de la Literatura Antonio García Berrio me enseñó que esos dos aspectos, y el dominio del tiempo y el espacio narrativos, conforman esa Historia de la Sentimentalidad que viene desde Aristóteles, y por tanto son la base y la esencia de la literatura. Apuro la taza de café. Bond es uno de los seductores por antonomasia de la historia del cine. Recuerdo la escena que nos contó en clase una joven profesora de Literatura Comparada. Es de la primera novela de la saga, "Casino Royale", que no se llevó al cine hasta que Daniel Craig se encargó de ello. Vesper Lynd (Eva Green) será el "único" amor de verdad de James Bond. Se conocen en un tren de Alta Velocidad en Montenegro. Ella le lleva el dinero para su misión, de parte del Tesoro británico. El diálogo es muy inteligente, incluso antropológicamente hablando, no solo por lo que se dice o se ve, sino por el valor del lenguaje corporal, la ropa que visten, las miradas y los gestos, la distribución de los objetos sobre la mesa. O el vino francés, ya que cómo tener una primera cita sin vino francés sobre la mesa. Se perdería el glamour, por supuesto, y una vida sin glamour es francamente aburrida, en mi opinión. Es como si ella se presentara con vaqueros y zapatillas a la cita:
Al final de la clase, la profesora me guiñó un ojo, y sonaba esta música:

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