Es un concepto literario y psicológico esencial en la obra de Marcel Proust, "En busca del tiempo perdido". Define la recuperación de recuerdos del pasado de forma evocadora, repentina y automática, desencadenada por un estímulo sensorial, sin esfuerzo consciente y ajena al control de la voluntad. Ayer iba caminando por la calle, me detuve delante de un espejo y saqué una fotografía. En ese momento me vino una melodía del músico valenciano José Serrano a la cabeza y sin darme cuenta me puse a tararearla, como lo hacía con trece o catorce años frente a un espejo en casa después de que mis padres me llevaran al teatro de la Zarzuela del centro de Madrid:
Mi madre me regaló el disco de vinilo de "La dolorosa" con Plácido Domingo y Teresa Berganza, que desgasté de tanto escuchar. Ahora me tomo un café, observo el cruce de caminos de la foto y entiendo que eligiera ser escritor e incluso que haya terminado haciendo mis tertulias ahí al lado. Por eso voy a mojar una magdalena en el café. Los efectos de la memoria involuntaria son sensoriales y se activan a través del gusto, el olfato, el oído o el tacto, no de la lógica. Proust decía que la memoria voluntaria ofrece una versión "desgastada" o intelectual del pasado, mientras que la involuntaria puede conservar la atmósfera y la emoción real de lo vivido. Actualmente la psicología y la neurociencia se refieren al fenómeno del "efecto Proust" o a los recuerdos autobiográficos involuntarios. La ciencia confirma que el olfato y el gusto tienen conexión anatómica directa con la amígdala y el hipocampo, las zonas del cerebro que procesan las emociones y la memoria a largo plazo. Lo que la ciencia todavía no me ha explicado es el efecto de las caricias de mi madre cuando me arropaba por la noche, como a Proust.

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