jueves, 8 de enero de 2026

"Los premios literarios en España son un fraude".


 
 
No sé por qué a veces presto atención a estas obviedades. El caso es que anoche se falló el Premio Nadal y el ganador del 23, Manuel Vilas, un tipo que me cae bien, dicho sea de paso, escribió un post comentando que era una incógnita saber quién lo ganaría este 2026. ¿Quién lo ganará?, se preguntó y añadió acto seguido: "Esta noche lo sabremos. Un escritor o escritora va a ser muy feliz". Será porque me acababa de beber media botella de vino blanco afrutado con un estupendo plato de pulpo frito con papas arrugadas y mojo picón, el caso es que abrí Facebook, leí las palabras de Vilas y le contesté lo siguiente: "¿Muy feliz sabiendo que los premios literarios en España son un fraude? En fin. Un abrazo". Y él me respondió: "No estoy de acuerdo, no son un fraude. Otro abrazo". Entonces invoqué a uno de los grandes editores históricos que tenemos en este país. "Pregunta a Enrique Murillo, que sabe un poquito más que tú y yo del asunto. Otro abrazo". Y, al cabo de un rato, Enrique escribió: "Justo Sotelo, desde el Anagrama de ensayo hasta el Herralde de Novela, desde el Plaza & Janes (que me cargué), al Planeta, Azorín... Si el editor está en el jurado, mal vamos. Las excepciones son raras". Ahora vuelvo a recomendar el libro de memorias de Murillo "Personaje secundario" (Trama, 2025), que considero un acontecimiento en el panorama literario español, del que he aprendido muchas cosas y sobre el que escribí hace poco una de mis particulares reseñas en la revista "Todo Literatura:
 
 
 
Y comparto una fotografía de uno de mis paraísos particulares que saqué antes del diálogo que acabo de contar y que aparece en mi novela, "Poeta en Madrid" (Huso, 2021), y escucho a Caco Senante y su mojo picón, claro:
 

martes, 6 de enero de 2026

"Los Reyes Magos me han traído otros zapatos blancos".


 
“Dicen que un hombre que lleva zapatos blancos, escribió el otro día en esta red social la artista catalana Gloria Grau Ruiz, revela más de lo que parece. Habla de alguien que cuida los detalles y que no teme destacar con discreción y tiene además una seguridad tranquila. El blanco exige orden, personalidad y una mirada moderna; no todos se atreven, solo los que saben quiénes son.”
 
Hemos venido a este mundo a amar y a divertirnos. Y a comernos el mundo o al menos un bollo de leche o un trozo de Roscón de Reyes relleno de literatura, música, delicadeza, sensualidad y sensibilidad. En cuanto sale el sol me pongo mis zapatos blancos y me quito la gabardina negra, esa con la que mis alumnas me dicen que parezco un poeta romántico, a lo Byron, Shelley o Wilde. Hablando del autor de "Las peregrinaciones de Childe Harold", "Cielo y tierra" o "Don Juan", mientras me tomo el primer café de la mañana recuerdo que tuve que examinarme del Don Juan cuando estudié la asignatura del mismo nombre con José Paulino en la Complutense. Y recuerdo una de esas películas españolas que se me han quedado en la memoria, cuando Gonzalo Suárez inmortalizó a Byron en "Remando al viento":
 
"So, we'll go no more a roving", nos dice Byron. "Wake the serpent not", añade Shelley, mientras Caspar David Friedrich, John Constable y William Turner nos regalan los cuadros, Mozart, Beethoven, Grieg y Vaughan Williams la música y Suárez la literatura de su mirada y de su cámara.
 
Se rompe el hielo de la indiferencia. El blanco ya es rojo o azul, como mis zapatos.

lunes, 5 de enero de 2026

"¿Alguien quiere pasear conmigo por esta playa?"


 
 
De haberlo hecho habría sido testigo de algo mágico que me sucedió ayer por la tarde. Ella salió de un extremo de la playa y él del otro, a dos o tres kilómetros de distancia. Ella caminaba despacio pensando en el examen de literatura española del Siglo XVII que debía realizar en unos días, a la vuelta de las vacaciones. Él daba vueltas al relato que estaba escribiendo basándose en algunas ideas esenciales del Romanticismo inglés y alemán. Llegaron hasta mí, se detuvieron y me miraron. De improviso desaparecieron de mi vista y solo distinguí a Tiresias que se reía en la orilla. Me acerqué a él y le pregunté por qué se reía y si había visto a un hombre y una mujer que estaban a mi lado hacía un instante. Mírate dentro de ti y verás a los dos, me dijo, pero no olvides que tu parte femenina disfruta mucho más que la masculina durante el acto sexual. Ah, añadió, no he visto a nadie porque sabes que soy ciego.
 
En un quiosco de la playa sonaba una sinfonía de Brahms:
 

domingo, 4 de enero de 2026

"Una historia de amor y espías en Venezuela".


 
Ayer fui a echar gasolina temprano. Cuando me incliné para abrir el depósito se me acercó sonriente un joven alto y fuerte, y me dijo casi en el oído que me iba a dar una gran noticia con la que me alegraría la mañana. Él era de Venezuela y estaba feliz. Llenó el depósito del coche sin dejar de sonreír y al final me dio la mano y me dijo que no pensaba cobrarme la gasolina. Un rato antes yo había escrito un post hablando del lector y del escritor, de la comunión que se establece entre ambos, y acto seguido me había puesto a releer una novela de Marta Muñiz Rueda, "Tú, yo, la lluvia" (2023), para la que escribí el prólogo y cuyo protagonista se inspiraba en mí, aunque yo diría que más en una mezcla entre Humphrey Bogart y Cary Grant. Al subirme al coche pensé en "Casablanca", "Encadenados" (que sucede en Río de Janeiro) y la Buenos Aires de la novela de Marta. Podría llevarme a los protagonistas de la novela a Caracas e inventarme una historia de amor y de espías. Ahí estarían Plácido Salvatierra, un empresario teatral que tenía dos hijas de su primera mujer, Eliana, que le enseñó a amar el invierno, a hornear galletas de mantequilla en los domingos por la mañana y a observar el mar todas las noches con la intensidad profunda de sus ojos grises. Plácido (no Justo Sotelo o sí) se había vuelto a casar con Valeria Ferragano, una actriz a la que conoció en París, y que con sus ojos verdes y su piel morena, su acento italiano y sus piernas de infarto le enseñó a disfrutar de nuevo de la vida. En el avión de Barajas a Buenos Aires (o a Caracas), Plácido conocería a una mujer con el pelo negro, largo y ondulado, hasta media espalda. Era delgada, alta y frágil, y su tobillo izquierdo estaba tatuado. Horas más tarde sabría que se llamaba Gabriela Vargas y que era la reina del tango. Su acompañante, un hombre maduro, con el pelo canoso recogido en una coleta se llamaba Max Zimmermann Pelegrini y era un exitoso dramaturgo argentino, quiero decir venezolano.
 
Así que ahí tengo el tobillo tatuado de una mujer y una ciudad llena de espías y de conflictos internacionales, rodeada por montañas con picos como el Oriental (Silla de Caracas) y el Occidental (Cerro El Ávila), y al este el más alto, el Pico Naiguatá; al sur hay otras colinas y montañas que conforman los Altos Mirandinos. Y ahí estoy yo en esta fotografía (o quizá Plácido), tal vez en el Puerto de La Guaira, a unos treinta kilómetos al norte de Caracas, en el estado Vargas, en la puerta del Mar Caribe, inventándome una novela, ya que a lo mejor Plácido trabaja para la Embajada de Estados Unidos y se enamora de Gabriela, mientras Valeria se acuesta con el actor que interpreta una obra de Zimmermann, que contará esta historia en una futura obra de teatro. Entre tanto escucho a Gustavo Dudamel y a la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar, de Venezuela:
 

sábado, 3 de enero de 2026

"¿Para qué sirve un escritor?"


 
Hace unos días me escribió Fina Gasent Pla y me dijo cariñosamente que me había conocido gracias a mi novela "Poeta en Madrid" (Huso, 2021), cuya lectura le recomendó su pareja, Jacinto Bruggera, que se acercó a conocerme en la Feria del Libro del Retiro de ese mismo año, y se llevó la novela (Jacinto está en la foto junto a María Victoria Huertas y María José Muñoz Spínola). Desde entonces me sigue por las redes sociales, pero en silencio, debido a su timidez. Añadió que le agradaba mi sinceridad y mi afición a la musica. Ahora me tomo el primer café de la mañana y pienso en ello, en el carácter anónimo de tantos lectores atentos y cariñosos que no nos dicen nada, pero que nos leen y participan un poco de nuestro mundo gracias al poder de la literatura. También hace unos días felicité a mi encantadora amiga asturiana Isabel Menéndez Menéndez por su cumpleaños, y le dije que pidiera un deseo; me contestó que "seguir leyéndote". Como tal me siento un tipo afortunado. Lo es que muchos alumnos me digan, con el paso de los años, que se han dedicado a la enseñanza porque les di clase o que una persona que no te conoce lo haga a través de la lectura de tus libros. Quizá por eso siempre digo que a un escritor se le conoce por sus libros, no por la vida que lleva o por sus valores éticos y morales. Y no por sus fidelidades o infidelidades amorosas, que tan solo le importan a él, sino por los textos que pone a nuestra disposición. Otra cosa es que todo lo que vives, todo lo que piensas, las vicisitudes que pasas acaben formando parte de tus novelas, al igual que sucede con tus lecturas, las películas que ves o la música que te conmueve. El escritor busca utopías y el lector le acompaña en el camino, y esto me parece muy hermoso, como lo es inspirar a otras personas para que te conviertan en personaje de una novela, un poema o una película.
 
Como escuchar jazz mientras apuro el café:
 

viernes, 2 de enero de 2026

"Á Chloris".

 





"Si es cierto, Cloris, que me amas,
y creo que en verdad me amas,
dudo que ni aún los dioses
sientan un gozo igual al mío.
¡Cuán inoportuna sería la muerte
si viniera a trocar mi suerte
por la felicidad de los cielos!
Todo lo que dicen de la ambrosía
no obnubila mi imaginación
a cambio del favor de tus ojos".
 
(Théophile de Viau, París, 1590-1626).
 
A este poema le puso música Reynaldo Hahn (Caracas 1874-París 1947), amante de Marcel Proust (París, 1871-1922). La canción está escrita en un estilo neobarroco y representa, en cierto manera, un homenaje a Juan Sebastián Bach (Eisenach, 1685-Leipzig, 1750). Y ayer quise introducirme en la música y el poema, y no se me ocurrió otra cosa que subirme en el coche y subir y bajar montañas. Había dejado de llover. Las sinestesias se apoderaban de los abismos que se abrían a mis ojos:
 
La vida, el mundo son una espectáculo para los cinco sentidos. Y la literatura lo sabe.
 

jueves, 1 de enero de 2026

"Cosas bonitas para empezar el año".


 
Ayer me escribió el director de la revista "Todo literatura", en la que colaboro de vez en cuando, para decirme que en tan solo tres días la reseña que escribí sobre la novela "La península de las casas vacías" había tenido más de 3.000 visitas. Y yo me alegro sobre todo por la literatura. La red social LinkedLin me comunicó ayer, igualmente, en un correo que el post que escribí con mis alumnos del cuatrimestre se ha visitado 14.262 veces. Y vuelvo a alegrarme por la educación en España y mis alumnos. Mientras leía estos datos, estaba sentado en un mercado de estilo neocolonial con una combinación de arcos y de paredes ocres, patios centrales, un campanario y un diseño que mezcla la funcionalidad con una estética clásica y atemporal lleno de productos de todas partes del mundo, y embriagado por perfumes cautivadores. Estuve hora y pico viendo pasar a la gente, fijándome en sus rostros y conversaciones, en su ropa, en sus risas y sonrisas. De vez en cuando hago estas cosas, ya que me parece que es como leer una novela de Balzac o Galdós, y si busco el monólogo interior o el flujo de "mi" conciencia hasta puedo leer algo de Joyce, Woolf o Morrison en lo que piensan los demás, posibles personajes para mis libros.
 
Y ahora escucho a la Orquesta Johann Strauss en un mercado persa mientras me tomo el primer café del año y antes de que empiecen los preciosos valses, polkas y marchas de los Strauss:
 
 
La literatura es cuestión de atmósferas, de respiración, como la vida, y yo quiero contarla.