Ayer me acordé de mi amigo Antonio Zaballos, que nos dejó el año de la pandemia. De vez en cuando me voy a ese museo simplemente a pasear, para rodearme del arte de mi época. Una vez me tumbé en un sillón de su cafetería y Antonio me hizo una foto. Ayer busqué el sillón, pero ya no estaba, y me puse a pensar en el paso del tiempo. "Esto lo estoy tocando mañana", decía Cortázar que decía Bruno (el narrador de su cuento "El perseguidor") que decía Johnny Carter, el protagonista de ese mismo cuento, aunque en realidad quería decir Charlie Parker. El tiempo se trastoca en el cuento de Cortázar y ayer también lo hizo en mi mente. No, mi amigo de juventud ya no estaba conmigo; no podría convertir el barrio de las letras de Madrid en un nuevo Montmartre de París, como cuando se fue a aprender a vivir como un bohemio y luego me enseñó a mí a ser bohemio (la primera foto es en su estudio de Béjar, Salamanca, con sus cuadros, los que aprendió a pintar en París y luego continuó aprendiendo en Madrid), como Pepe Utrera y Miguel Ángel Andés, mis dos amigos bohemios que aparecen en algunas de mis novelas, y que también me dejaron hace mucho. Mis amigos se convirtieron en personajes para poder atrapar el tiempo de la existencia a través de la literatura. Sí, pasa el tiempo, me lo dice el espejo de la segunda fotografía, y esa no suele mentir. Esto lo estoy escribiendo mañana mientras mi mente cambia la música de fondo del Café del Reina Sofía por un solo de trompeta de Chet Baker:
https://www.youtube.com/watch?v=3zrSoHgAAWo&list=RD3zrSoHgAAWo&start_radio=1
Después de todo, me enamoro muy fácil de cada instante que vivo y así mi vida es una continua historia de amor.
domingo, 1 de febrero de 2026
"El tiempo en el Reina Sofía".
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