El otro día me saqué esta foto en una ciudad parecida a La Habana, pero sin el Malecón, que tiene un museo de arte contemporáneo en el que me gusta perderme e incluso echarme la siesta. Nada más hacérmela pasó junto a mí una mujer guapísima de cuarenta y tantos años que atravesaba el puente en dirección al museo. Me miró, me sonrió y dijo que debía sonreír siempre porque la sonrisa le iba bien a los rasgos de mi cara. Estuve a punto de enseñarle la foto, para que me dijera lo que opinaba, pero me limité a sonreír. Poco después me senté en un Café con un patio interior lleno de palmeras y bancos de madera que hacían de mesas improvisadas y con una tierra llena de charcos por las últimas lluvias, y miré la fotografía. Aquella mujer no había salido en ella, por supuesto, pero me dio la sensación de que me miraba desde un rincón casi imperceptible de la misma. El Café fue llenándose de jóvenes que se contaban la vida en varios idiomas. Unos hablaban de Madrid, otros de París y Londres; una chica con la melena sobre los hombres aseguró que quería viajar a Nueva York. Al fondo, una pareja se besaba como si solo existieran esos momentos. Dos chicos negros pusieron música en el móvil. Y yo seguí leyendo un libro, en realidad escribiéndolo día a día.
Todo se llenó de jazz mientras la mujer de cuarenta y tantos años me sonreía:
https://www.youtube.com/watch?v=ONwVr6OqSrA&list=RDONwVr6OqSrA&start_radio=1

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