sábado, 27 de agosto de 2016

Escribo porque vivo en armonía con el mundo.

Escribo porque soy feliz y estoy enamorado y juego con mi gatita Ana cuando me despierta por la mañana. Escribo porque me gusta que los niños coman pasteles y jugar y reír con ellos y cruzar la calle a ese ciego que te pide ayuda y pararme a escuchar a los músicos callejeros y levantarme de mi asiento del autobús y el Metro para que se sienten los viejos y las mujeres embarazadas.

Escribo porque busco la belleza de la vida, de la música, del arte, de la literatura, del pasado y el presente. Escribo porque existieron Homero y Dante y Shakespeare y Kant y Goethe y Nietzsche y Bach y Mozart y Beethoven y Wagner y Mahler.

Escribo porque quiero que me quieran, pero sobre todo porque quiero querer.

Escribo porque me gusta reír y sonreír y comer y beber y viajar y bailar y hablar y escribir. Escribo porque me gusta escribir.

Escribo porque me gustan los trajes y las pajaritas y los vaqueros raídos y los pantalones cortos y los jerseys deshilachados y las sandalias.

Escribo en contra de los xenófobos, de los homófobos, de los machistas, de los que se creen dueños de los demás, de los que hacen guerras por motivos económicos y políticos y religiosos. En realidad no escribo contra nadie sino a favor del bien común.

Escribo porque a mi madre le gustaba que escribiera. Escribo para ella, todavía sigo escribiendo para ella.

(Y porque existe París, un lugar de continua inspiración para mí. La fotografía es de un Sena que anochecía cuando fui a dar una conferencia allí esta primavera).

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