domingo, 8 de enero de 2017

La vida es lo que es.

Ayer falleció la poeta Angelina Gatell. El pasado 16 de septiembre escribí un post celebrando su increíble energía con noventa años. A ella le hizo mucha ilusión. Ahora lo repito desde el afecto. Estoy feliz de haberla conocido.

Aquel post decía esto:

"Recordando a una de las poetas españolas de mayor calidad, Angelina Gatell Comas, que, con sus noventa años, ayer intervino en mi post a las ocho de la mañana haciendo lo que siempre ha hecho, defender a la mujer.

Dijo frases como estas:

"A mí me gustan los hombres que sí se levantan de la silla.
Que no dicen palabras malsonantes.
Que no agreden a las mujeres.
Que las consideran más por su inteligencia que por su físico.
Que no las halagan demasiado.
Que no las miran con aire protector.
Que no les cuentan lo mucho que ellos valen, lo mucho que saben, lo mucho que se les considera".

Angelina Gatell nació en Barcelona el año 1926. En 1952 fundó con su marido, Eduardo Sánchez, uno de los primeros teatros de cámara españoles, "El Paraíso". Más tarde creó la tertulia literaria "Plaza Mayor", junto a José Hierro, Manrique de Lara y Aurora de Albornoz. Fue actriz de doblaje, se dedicó a la adaptación de diálogos y a la dirección.

La Editorial Bartleby ha publicado sus últimos libros de poemas. El último es "La oscura voz del cisne" (2015). Este es el poema que da título al libro, lleno de ritmo, elegancia y sabiduría. Me recuerda a una sonata de Schubert en dos movimientos.

A Teresa Núñez.

1
Dicen que el cisne al barruntar su muerte
emite un sonido extraño, indefinible.
Nace de su mudez y se extravía
calcinado en el viento. Como el trueno.
No es reclamo amoroso. No es congoja.
No es cántico ofrecido
al signo inapelable del augurio.
Ni es -menos aún-,
desesperado intento de ser oído.
Es intuición tan solo. Vislumbre de la ausencia.
De esa absoluta, irreversible
condición de no ser que se aproxima.
Pero eso el cisne
no sabe precisarlo.
Solo siente
la insondable advertencia del abismo
y da su grito al viento como una
llamarada orgullosa transmitiendo
la convicción atávica
de durar en la especie.

2
Yo sí sé que mis días, los que fui bordando
puntada tras puntada
en mi tapiz, están palideciendo.
Se difuminan sus colores,
asumen
mansamente el requisito
inexcusable de la ausencia.
Sus líneas se deforman
como huyendo de sí mismas, buscando
nocturnidad, sosiego.
Incluso se apacigua la figura
que siempre tuve de la muerte
y miro,
con cierta complacencia,
la sombra de los árboles filtrando
esa luz imprecisa que dibuja el vacío.
De ella fluye no ya sangre,
sí un agua que se aleja arrastrando
la desazón de los residuos
y deja
ardiendo en mi saliva,
la voluntad, el impulso de gritar
al viento oscuramente,
igual que el cisne en su agonía.

(En la foto de hace unos meses estoy con ella y otro de los grandes poetas españoles, Javier Lostalé, en la presentación de un libro en Madrid).
 
 

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