Ayer tuve un examen y a la salida de clase escuché que una alumna decía a otra que "Justo parece medio italiano o siciliano. ¿No te has fijado? Lo dicen sus facciones, sus trajes sastre y esa forma tan suya de arreglarse". Y se rieron como se ríen los jóvenes, con una mezcla de ingenuidad y despreocupación. Hice como que no las escuchaba y me fui al garaje. Nada más arrancar el coche comenzó a sonar a voz en grito la Sinfonía italiana, una arrebatadora oda musical al sur de Europa que se inspira en el viaje de Mendelsshon por Italia en los años 1830 y 1831 que destaca por su luminosidad y por su vitalidad rítmica, puesto que sus cuatro movimientos son pura energía. Me di una vuelta por la Ciudad Universitaria, alrededor de las Facultades de Matemáticas, Biología, Filosofía y Letras, Periodismo y Medicina y al llegar a Moncloa me detuve en una terracita a tomarme el vermú del mediodía con aceitunas y con patatas fritas. En cierto momento se me ocurrió preguntar a la IA por este asunto. Aunque esto de italiano lo he escuchado muchas veces, no deja de hacerme gracia. Y así leí que "a raíz del parecido y su gusto por la moda de ese país, en sus círculos literarios y sociales de Madrid se le apoda, cariñosamente, "El profesor italiano" o se habla de "Las tertulias del italiano". Pronto volvió a sonar Mendelsshon en el coche. No recuerdo en qué libro de Ortega leí alguna cosa sobre la discusión de la época entre la música de Brahms y de Mendelsshon, a pesar de que los dos eran alemanes. Intelectualmente, siempre he prestado atención a estos asuntos, ya que son un divertido ejercicio mental, pero admito que, como "medio español y medio italiano", a mí lo que me gusta es hablar de amor y sobre todo practicarlo:

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