sábado, 21 de octubre de 2017

"Ser o no excéntrico".

Leo la siguiente frase en el libro de memorias "Juventud", de J. M. Coetzee, uno de los escritores contemporáneos que me interesan: "Tener un aspecto excéntrico resulta de alguna forma distinguido" (Mondadori, 2002, p. 11). El resto del libro es una especie de "Retrato del artista adolescente", de Joyce, con un lenguaje menos arriesgado.

Dejo el libro y me lanzo a la piscina. 

Mientras nado de espaldas y veo el sol en lo más alto, inmutable, pienso en la primera vez que me llamaron "excéntrico" en mi vida. Tenía quince años, en lugar de los diecinueve de Coetzee. Unos compañeros de clase quedaron para ir al cine, luego a cenar y a ver si conocían chicas. Yo les dije que no iba. Mi mejor amigo de entonces intentó convencerme. Me apetece escuchar y entender "El anillo de los Nibelungos", la tetralogía de Wagner, insistí. (Ya me interesaba la mitología como explicación del origen del ser humano; con los años terminé escribiendo una tesis sobre ese tema con la excusa de Haruki Murakami, Mircea Eliade y James Frazer, entre otros). Los compañeros me escucharon y dijeron, casi al unísono, que no quería ir con ellos porque era un excéntrico.

Salgo de la piscina. 

Me tumbo en la hamaca. Coetzee dice que en el invierno de Ciudad del Cabo llueve durante semanas seguidas. Aquí el sol continúa en lo alto y solo hay unas gotas de agua sobre el libro.

viernes, 20 de octubre de 2017

Bailando sobre las aceras.

"I fall in love".

Siempre me ha gustado caminar dos metros por encima de las aceras de la Gran Vía de Madrid, la Rambla de Barcelona, Oxford Street en Londres o los Campos Elíseos de París.

Es una sensación entre intelectual y espiritual.

Termino bailando, ahí, en el aire, como en "La la land", aunque solo me haya tomado un par de cafés y aún sea incapaz de ver la luz del sol, quizá porque esa luz a veces es algo interior, que se ve o no, que se siente o no, que se murmura o no.

Y está Andrea Motis. 

¿Bailamos?

https://www.youtube.com/watch?v=bo8og3xw-Ys

jueves, 19 de octubre de 2017

Un ideal.

Es algo así como vivir en armonía con el mundo. 

Acostarse cada noche sin deber favores a nadie porque has conseguido las cosas por ti mismo. 

Mantener el principio inalterable de la libertad.

(Y tener una flor entre las manos).

miércoles, 18 de octubre de 2017

"Descripción de una mujer enamorada".

"Esa noche su sangre se transformó en energía femenina y masculina, una especie de vino que se bebieron la luna y el sol, y eliminó las arrugas de su rostro y de su vientre. Desconocía cuánto tiempo había estado tumbada, desnuda, sin dejar de sudar. El camisón, arrugado y sucio, se había caído al suelo. Su cabeza giraba como una noria sin control, pero aun así encendió la radio. Había dormido toda la tarde y toda la noche. Se tomó una aspirina y un café, y se encontró mejor. El rostro de Sergio se hinchaba en su mente como un gigantesco neumático de automóvil, y hasta oía su vasto e inmenso deseo de aplastar el universo con su fuerza. Había sangre en la sábana. Se llevó la mano a la frente, y no sintió las décimas de fiebre que demolían las paredes de su conciencia. Trató de calmarse con un segundo café, y después buscó sin éxito un paquete de cigarrillos. De lo más hondo de su corazón salió una sonrisa dirigida a las manchas fugaces, como su regla interminable; era una sonrisa enferma, a un paso del delirio. O se había vuelto loca, y veía visiones, o la sinrazón cegaba sus pupilas con los rasgos de ese crío. Se encerró en el cuarto de baño. Tocaba su cuerpo, pero no le pertenecía, intentaba limpiarlo, pero nuevas carcajadas se desplomaban en las esquinas de su garganta. Se vistió, y se sentó otra vez en la cama. Las paredes de la habitación se le caían encima. No podía permanecer más tiempo allí dentro, no tenía ningún sentido, tenía que fumar y pensar. Necesitaba explicarse qué había ocurrido con su cuerpo y, más que nada, con su mente (con el deseo de su mente). Se dirigió al restaurante de Princesa. Las calles estaban vacías; los barrenderos las limpiaban con cuidado, como si fueran suyas, confiriendo a su trabajo una dignidad manifiesta. Por los arcos de Moncloa se movía un camión del Ayuntamiento tratando de quitar con alocados chorros de agua la grasa de los coches. Tuvo que esperar unos minutos sentada en un banco hasta que abrieran el restaurante. Después de empujar la puerta de cristal, se dirigió como una autómata hacia la máquina de tabaco. La cafetera aún no estaba preparada, y apuró dos vasos de agua para apaciguar el resquemor de su garganta. Unos minutos después se bebió un café solo de un trago, y comenzó a fumar casi temblando. Por fin, empezó a encontrarse mejor. ¿Qué es lo que tenía que hacer, se preguntó mirando a la calle, volver a la librería y declararle su amor? Sergio no era más que un ególatra cuyo único afán consistía en mantener vivo su mundo. ¿Acaso podía considerarse una de sus amigas? ¿Qué podía aportarle a esas alturas de su vida? ¿No sería para él un sucedáneo de su padre, o de esa madre de la que le daba miedo hablar? Entonces, ¿por qué le había besado y acariciado? Era deseo, por supuesto, todavía podía despertar deseo en un hombre... La librería era el centro del mundo para un grupo de personas, y empezaba a serlo para ella por culpa de un muchacho de veintitantos años. Todo ello saltando de una casilla a otra en el juego. Sergio Barrios, Miguel Ángel Andés, Raúl Torres, Albertina Duarte, María José Castillo, Pepe Utrera, Elena Estrada, Dominic Yanes, Magda Rubio, Anselmo Xiles (...) ¿En qué casilla de la rayuela colocarían Oliveira, o Cortázar, ese interés por recuperar la alegría? ¿Ella también podría ser feliz por encima de todo? Ser feliz con la pasión agitando sus sentidos. Pero, ¿qué sabía ella de Sergio? Como si se pudiese elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estoqueada en mitad del patio... ¡Estoqueada en mitad del patio! Como si ella tuviera derecho a reprocharle nada a nadie, ni siquiera a Cortázar. Podía repetir la edad de los filósofos griegos. Sócrates había vivido sesenta años, Aristóteles lo había hecho sesenta y tres, Anaxágoras setenta y dos, Pitágoras ochenta o noventa, Platón ochenta y uno, Diógenes noventa, Demócrito cien o ciento nueve... Su inocencia se perdía en un día interminable en compañía de un crío (...) 

("Las mentiras inexactas", 2012, Izana, Madrid, pp. 106-109. Nora Acosta es una profesora de literatura de la Complutense de cincuenta y tantos años que se enamora de su alumno Sergio Barrios, un librero de la plaza Santa Ana de Madrid. Es el único capítulo de la novela sin puntos y aparte. La foto es de la presentación en las Cuevas de Sésamo de Madrid, que hicieron el crítico del Cultural del ABC Juan Ángel Juristo y la escritora y profesora Fanny Rubio que me dio clase de poesía contemporánea en la Complutense). 
 
 
 

martes, 17 de octubre de 2017

"Ser profesor".

"Ser profesor".

Me gusta estudiar, escribir y dar clase.

Dar clase es lo que más me gusta. A jóvenes españoles, franceses, ingleses, holandeses, italianos, alemanes, irlandeses y norteamericanos (que son los últimos que he tenido como alumnos) y de cualquier parte del mundo. Me gusta encontrármelos en el supermercado después de clase y que te sonrían y que los sonrías y que te cuenten su vida en Berlín o Amsterdam o Dublín o Nueva York. 

Y que te digan que se han enamorado de Madrid en apenas unos días, no del profesor, claro.

(La foto y el texto son de hace justo un año -como me recuerda Facebook-, en el campus de la Universidad Rey Juan Carlos de Aranjuez, donde hablé de Keynes y el lado humano de la economía. Estoy con Antonio Franco, amigo íntimo desde hace más de un cuarto de siglo, catedrático de Estadística y mi óptico particular, y Paco Rabadán, que fue mi alumno y pronto se convirtió en mi amigo).

lunes, 16 de octubre de 2017

"Las 4 últimas canciones de Richard Strauss o el capítulo final de la literatura lírica posromántica".

"Leerte a ti, Justo, es lo mismo que escuchar a Richard Strauss. Poco a poco participamos de lo bello y tomamos parte de ese clima que solo vosotros podéis crear".

Estas palabras que escribió ayer en mi muro de Facebook el pintor leonés Javier Rueda fueron la excusa perfecta para volver a escuchar una de mis obras preferidas. De Strauss me gusta todo, desde sus poemas sinfónicos -que tanto han influido en la música del cine- hasta sus óperas, pero reconozco que su canto del cisne, que escribió en 1948 con 84 años, poco antes de morir, me parece un monumento a la belleza, la sensibilidad y el buen gusto. Por otro lado, Javier Rueda es un tipo majísimo al que conocí en Alicante. Además estuve en una de sus exposiciones de esa ciudad hace dos o tres años. Si eso fuera poco es el tío de la encantadora escritora y amiga Marta Muñiz Rueda.

Para escribir las canciones, Strauss eligió tres poemas de Hermann Hesse y uno de Joseph von Eichendorff. Y mi disco favorito es el de Elisabeth Schwarzkopf.

Pocas veces he escuchado una voz tan maravillosa como la de la soprano alemana Elisabeth Schwarzkopf, 1915-2006 (en las fotos se observa su belleza y su clase, tanto de joven como de mayor). La obra es insuperable, pero cuando llega a la tercera canción -a partir del minuto 9- se me corta el aliento; no hay una sola vez en que no suceda.


"Primavera".
En la gruta crepuscular
soñé largamente
tus árboles tus aires embriagadores
tus olores y el cantar de tus pájaros.
Ahora yaces descubierto
con tus ornamentos resplandecientes
pleno de luz
como un milagro ante mí.
Me reconoces de nuevo
me atraes dulcemente,
mis miembros tiemblan
tu bienaventurada presencia.

"Septiembre".
En el jardín enlutado
cae gélida la lluvia sobre las flores.
El verano se estremece
mansamente esperando su final.
Goteo dorado de hoja
en hoja de la gran acacia.
El verano sonríe asombrado y abatido
en el jardín agonizante.
Moroso junto a las rosas
se entretiene, buscando la calma.
Lentamente, cierra
sus cansados ojos.

"Al irme a dormir".
Cansado del día
debe recibir mi añoranza ansiosa
amigablemente la noche
como al niño fatigado.
Manos, dejad los quehaceres,
Cabeza, olvida todo pensamiento,
todos mis sentidos
desean hundirse en el sueño.
Y el alma sin vigilancia,
desea colgándose de libres alas,
vivir profunda e intensamente
en el circulo mágico de la noche.

"En el crepúsculo".
Hemos atravesado necesidad y felicidad
cogidos de la mano;
descansamos del camino
en el campo silencioso.
Alrededor, se inclinan ya los valles
oscureciendo el día
mientras dos alondras se alzan
ensoñadoramente en el éter.
Ven y déjalas correr
pronto es hora de dormir
y así no nos perderemos
en esa soledad.
Lejana, calmada paz
tan profunda en el crepúsculo.
Cuan cansados estamos del camino,
¿es esto quizás la muerte?"




domingo, 15 de octubre de 2017

"Y de repente la noche".

Eva García Madueño, una amiga malagueña de Facebook a quien todavía no conozco personalmente, escribió el otro día lo siguiente en su muro, y puso estas fotos:

"Mi momento de relax antes de dormir llega con la lectura de "Cuentos de los otros".

Los "Cuentos de los otros" de Justo Sotelo te atrapan desde el primer momento. Ninguno de ellos te deja indiferente. Todos conllevan una experiencia vital, una enseñanza. En ellos el lector contempla sus sentimientos más profundos reflejados en los "otros" encontrándose a sí mismo en el espejo de los personajes de cada una de las historias.

"Cuentos de los otros" ofrece en su conjunto una lectura amena y exquisita estableciendo un diálogo interno con el autor, que nos hace partícipes de sus reflexiones y nos invita -a través del mundo del arte- a la búsqueda de nuestra identidad.

Os dejo. Me están llamando. Felices sueños".

Hasta aquí las palabras de Eva. 

Además eligió un cuento, "El fuego", que tiene una importancia central en el libro, a partir del poema del grandísimo Salvatore Quasimodo. Lo empecé a escribir frente a una chimenea, hace ahora un año aproximadamente. Afuera hacía frío.

"El fuego".

Ella apaga la lámpara de la cocina y enciende el fuego de la chimenea mientras yo recito unos versos de Quasimodo. “Cada uno está solo sobre el corazón de la tierra / traspasado por un rayo de sol: / y de repente la noche”.

Las polillas revolotean junto a la ventana húmeda. Se las ve felices, tranquilas, seguras en el calor del hogar. Afuera hace frío; ha llegado el invierno y los animales corren a resguardarse en los porches y los cobertizos. Ella me responde con otro poema. Apenas lo susurra. Es como si lo estuviera viviendo por dentro y sus labios tan solo fueran una distracción. Observo cómo desaparecen las imperceptibles arrugas de su rostro. Su mirada llena el Universo, lo atrapa.

Es la forma en que me mira. 

Y de repente la noche".