lunes, 8 de agosto de 2022

"Retrato de una mujer enamorada".

"Esa noche su sangre se transformó en energía femenina y masculina, una especie de vino que se bebieron la luna y el sol, y eliminó las arrugas de su rostro y de su vientre. Desconocía cuánto tiempo había estado tumbada, desnuda, sin dejar de sudar. El camisón, arrugado y sucio, se había caído al suelo. Su cabeza giraba como una noria sin control, pero aun así encendió la radio. Había dormido toda la tarde y toda la noche. Se tomó una aspirina y un café, y se encontró mejor. El rostro de Sergio se hinchaba en su mente como un gigantesco neumático de automóvil, y hasta oía su vasto e inmenso deseo de aplastar el universo con su fuerza. Había sangre en la sábana. Se llevó la mano a la frente, y no sintió las décimas de fiebre que demolían las paredes de su conciencia. Trató de calmarse con un segundo café, y después buscó sin éxito un paquete de cigarrillos. De lo más hondo de su corazón salió una sonrisa dirigida a las manchas fugaces, como su regla interminable; era una sonrisa enferma, a un paso del delirio. O se había vuelto loca, y veía visiones, o la sinrazón cegaba sus pupilas con los rasgos de ese crío. Se encerró en el cuarto de baño. Tocaba su cuerpo, pero no le pertenecía, intentaba limpiarlo, pero nuevas carcajadas se desplomaban en las esquinas de su garganta. Se vistió, y se sentó otra vez en la cama. Las paredes de la habitación se le caían encima. No podía permanecer más tiempo allí dentro, no tenía ningún sentido, tenía que fumar y pensar. Necesitaba explicarse qué había ocurrido con su cuerpo y, más que nada, con su mente (con el deseo de su mente). Se dirigió al restaurante de Princesa. Las calles estaban vacías; los barrenderos las limpiaban con cuidado, como si fueran suyas, confiriendo a su trabajo una dignidad manifiesta. Por los arcos de Moncloa se movía un camión del Ayuntamiento tratando de quitar con alocados chorros de agua la grasa de los coches. Tuvo que esperar unos minutos sentada en un banco hasta que abrieran el restaurante. Después de empujar la puerta de cristal, se dirigió como una autómata hacia la máquina de tabaco. La cafetera aún no estaba preparada, y apuró dos vasos de agua para apaciguar el resquemor de su garganta. Unos minutos después se bebió un café solo de un trago, y comenzó a fumar casi temblando. Por fin, empezó a encontrarse mejor. ¿Qué es lo que tenía que hacer, se preguntó mirando a la calle, volver a la librería y declararle su amor? Sergio no era más que un ególatra cuyo único afán consistía en mantener vivo su mundo. ¿Acaso podía considerarse una de sus amigas? ¿Qué podía aportarle a esas alturas de su vida? ¿No sería para él un sucedáneo de su padre, o de esa madre de la que le daba miedo hablar? Entonces, ¿por qué le había besado y acariciado? Era deseo, por supuesto, todavía podía despertar deseo en un hombre... La librería era el centro del mundo para un grupo de personas, y empezaba a serlo para ella por culpa de un muchacho de veintitantos años. Todo ello saltando de una casilla a otra en el juego. Sergio Barrios, Miguel Ángel Andés, Raúl Torres, Albertina Duarte, María José Castillo, Pepe Utrera, Elena Estrada, Dominic Yanes, Magda Rubio, Anselmo Xiles (...) ¿En qué casilla de la rayuela colocarían Oliveira, o Cortázar, ese interés por recuperar la alegría? ¿Ella también podría ser feliz por encima de todo? Ser feliz con la pasión agitando sus sentidos. Pero, ¿qué sabía ella de Sergio? Como si se pudiese elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estoqueada en mitad del patio... ¡Estoqueada en mitad del patio! Como si ella tuviera derecho a reprocharle nada a nadie, ni siquiera a Cortázar. Podía repetir la edad de los filósofos griegos. Sócrates había vivido sesenta años, Aristóteles lo había hecho sesenta y tres, Anaxágoras setenta y dos, Pitágoras ochenta o noventa, Platón ochenta y uno, Diógenes noventa, Demócrito cien o ciento nueve... Su inocencia se perdía en un día interminable en compañía de un crío (...)
("Las mentiras inexactas", 2012, Izana, Madrid, pp. 106-109).
Esa mujer enamorada es Nora Acosta, una profesora de literatura de la Universidad Complutense que tiene cincuenta y tantos años, y se enamora de su alumno Sergio Barrios, un joven librero de la plaza Santa Ana, en el centro de Madrid. El otro día hablé de esta historia porque mi amiga María José Castillo encontró su hombre y algunos de sus rasgos y cualidades en ella, como así es, en efecto. Se lo digo siempre a mis alumnos y a mis amigos. Todo el mundo que conozco sale de una manera u otra en mis novelas y cuentos, pero no me limito a inspirarme en ellos, sino que los transformo, los recreo, es decir, "creo" la historia en mi cabeza siguiendo aquellos consejos de las "Poéticas" de Platón, Aristóteles y Horacio, que sabían más que yo.
 
Mientras me tomo el primer café del día observo una recreación de la fotógrafa Sofía Santaclara sobre la portada de la novela.
 
Y escucho otra de las canciones que tocaba Manolo, el pianista, para mí:
 

domingo, 7 de agosto de 2022

"Tres paraísos".

Uno es el de la fotografía de ayer, pero no pienso decir dónde está. El otro lo tenemos todos, nuestra mente. Ayer mi mente se quedó mirando absorta la inmensidad del mar durante mucho rato. Luego se sirvió dos copas de vino blanco afrutado y se comió una sama a la plancha.

A la vuelta viví un tercer paraíso cuando Tristán e Isolda volvieron a declararse su amor eterno:
 

sábado, 6 de agosto de 2022

"La mirada de mi amigo".

"Yo tuve mi Montmartre particular en el barrio de la Plaza Santa Ana de Madrid, con el café Central, las Cuevas de Sésamo, vosotros, tú".

Esto siempre lo decía mi vieja amiga valenciana (nacida en Cuenca) María José Castillo. Estoy con ella hace años en la fotografía, junto a mi querido Antonio Zaballos, en las Cuevas de Sésamo. Entonces hasta fumábamos hablando de Picasso, Pollock, Tàpies, Martorell, Cervantes, Blake, Sartre, Camus, Lautréamont, Miller, Juan Ramón, Aleixandre. Aunque hace mucho tiempo que no nos vemos, ayer me escribió un Wasap para decirme que el otro día compró una de mis novelas en la Casa del Libro de Valencia, "Las mentiras inexactas" (2012), y ha encontrado su nombre entre los personajes femeninos. Y yo le respondí que somos instantes, latidos de tiempo, y que los escritores nos dedicamos a contar esos latidos. Aquel también fue "mi" Montmartre particular, con Antonio, Pepe Utrera, Miguel Ángel Andés, Manolo el pianista. Por supuesto que también he estado en Montmartre, junto al Sacré-Coeur, el barrio de los pintores de París, comiendo, cenando y escribiendo en la Place du Tertre, pero esa es otra historia. Y tras responder con cariño a María José, me puse a escuchar una de aquellas canciones que Manolo tocaba para mí en el piano de Sésamo, un escenario que me sirvió de inspiración para la librería de la Plaza Santa Ana donde transcurre mi novela. La foto de portada también la sacó Antonio, una tarde de primavera en que recorrimos las calles de Madrid buscando el lugar apropiado para aquella portada y lo encontramos en la estantería de una librería de Moncloa y el piano de Sésamo. 
 
Y ahora me fijo en la mirada de buena persona de Antonio en esta foto que he compartido hoy. Como otras muchas, se la quedó él, en su estudio de Béjar, en la sierra de Salamanca. Ya nos conocíamos desde hacía tiempo, pero en esa mirada está más de media vida de amistad. 
 
Al fin y al cabo, los seres humanos somos los instantes que hemos compartido:
 

jueves, 4 de agosto de 2022

"El límite de mi pensamiento".

Me tomo un café, miro el mar y pienso en el mundo de 1922, hace un siglo exactamente. Era la época de Picasso, también del "Grupo de Blommsbury", con Keynes y Woolf a la cabeza, del magisterio de la obra de Russell y del Círculo de Viena. Wittgenstein escribió hace un siglo que todo de lo que podemos hablar nos viene ya dado por el lenguaje. Si, por un lado, nos maravillamos ante la existencia del mundo, por otro no dejamos de verlo como lo más cercano, y llevó así el pensamiento al límite. Otto Weininger será el "enfant terrible" de la generación del fin de siècle. Se suicidó joven en la casa donde murió Beethoven y nos dejó para la posteridad su "Sexo y carácter". Para Wittgenstein la relación que se establece entre genio y muerte se convirtió en una obsesión que le permitía huir de la mediocridad. Karl Kraus le empujó hacia la claridad de lenguaje, en la línea que va de Freud a Schnitzler, de Schönberg a Kolo Moser, sin olvidarnos del arquitecto Adolf Loos, con quien Wittgenstein mantuvo amistad en busca de la pureza. En el Prólogo de su "Tractatus", Wittgenstein asegura que no es posible pensar el "límite del pensamiento" y que, por ello, únicamente cabe trazarlo en el lenguaje. Pero, podríamos preguntarnos de qué sirve trazar el límite en el lenguaje si no vamos a poder pensarlo en realidad. Me imagino a Wittgenstein encerrado en sí mismo, como si estuviera separado del mundo por una pared o por un cristal invisible. Después de todo, de lo que no se puede hablar es mejor callarse. 
 
Wittgenstein identifica la música de Brahms y Beethoven como la barrera que lo alejó del suicidio. Quizá escuchara una de las últimas obras de Brahms, una de las cosas más bellas y perfectas que yo he escuchado en mi vida:
 
Me resulta todo tan apasionante, que mis únicos límites son los de mi propia vida.
 

 

"Las voces en la literatura".

Bajtín es uno de los teóricos y filósofos del lenguaje que me viene a menudo a la cabeza. Sus estudios sobre Dostoyevski y Rabelais y el carnaval marcaron algunas páginas de la tesis doctoral que escribí sobre Murakami, y por tanto mis reflexiones literarias en esa época. Entre todos los géneros Bajtín (Oriol, 1895-Moscú, 1975) se refiere a la supremacía de la novela, al considerar que representa un mayor grado de complejidad en la construcción de la obra. Dostoievski es, en su opinión, el creador de la novela más avanzada, la polifónica, y utiliza un término musical para denotar la construcción de la novela según voces diversas, frente a la homofonía de la novela tradicional, que únicamente incluía una voz, la del propio autor. En las obras de Dostoievski aparece un héroe, cuya voz está constituida al igual que se construye la voz del autor en la novela de carácter ordinario. La palabra del héroe sobre sí mismo, y sobre el mundo, es plenamente autónoma como la palabra ordinaria del autor. Esta novela "a varias voces" contiene entonces una pluralidad de mundos, cada uno de los cuales se corresponde con cada voz que se deja oir en el texto. La misión del novelista consistirá en contraponer las "voces" de los personajes entre sí, enfrentarlas dialécticamente, incluso consigo mismas, para ofrecer no el devenir biográfico de un solo individuo, con la restricción del interés, sino la difícil coexistencia de distintas voluntades. La categoría poética que resume esta concepción viene calificada por la palabra "dialógica", expresión de la nueva cultura, opuesta al individualismo decadente de la antigua. 
 
Mientras veo cómo amanece y las olas van y vienen tan contentas, pienso que la idea de Bajtín parte incluso de la antropología de la finitud humana, de la objetividad empírica delimitada. El cuerpo no es autosuficiente, sino que necesita del otro, de su reconocimiento y de su actividad formadora.
 
Después de todo siempre he sido un tonto para quererte:
 

martes, 2 de agosto de 2022

"Árboles y nenúfares".

El mundo es tan hermoso que a veces no sé si convertirme en árbol o nenúfar. Supongo que soy una mezcla entre las raíces sólidas de un árbol milenario y la volatilidad de una flor flotando sobre el agua, como nos ocurre a todos. Observo la fotografía que me hice ayer por la mañana y me veo en medio del estanque de los nenúfares de Claude Monet colgado en el Musée d´Orsay, uno de mis lugares favoritos de este mundo donde no me importaría desayunar, comer, dormir la siesta, tomar un té por la tarde y acostarme por la noche en un cuadro de Van Gogh o Renoir. Ahora pienso en el cuadro que Monet pintó en 1899. El pintor pasó parte de su tiempo en su casa de Giverny, al noroeste de París, y consideraba que su jardín era su obra maestra. Así nació la serie de obras con "nenúfares". Existen variaciones del estanque en los museos más relevantes del mundo, pero recuerdo las armonías de colores combinadas con el juego de luces en ese estanque y la representación del puente arqueado que cruza toda la obra.
 
Y escucho a Ravel para no salir del impresionismo:
 
(Para Pitica).


 
 

lunes, 1 de agosto de 2022

"Un coma inducido".

¿Las mujeres necesitan hoy a los hombres? Me lo he preguntado a partir del último libro de relatos de la arquitecta y escritora Cristina García-Rosales. Es amiga virtual desde hace años (sé que vive en El Escorial, tiene dos hijas y en alguna ocasión me ha preguntado por la tertulia del Gijón) y me lo envió el otro día. Ayer estuve pensando en él, acompañado por el ir y venir de las olas enfurecidas sobre las rocas y la arena de la playa. Es un libro con relatos bien escritos, sin florituras formales, de diferente extensión, en los que prima la ironía de las narradoras, que ya no buscan precisamente al príncipe azul. Como siempre explico a mis alumnos en la Universidad, en España la revolución más importante de las últimas décadas del siglo XX la hicieron las mujeres. En las páginas de este libro encuentro mucha rebeldía, unos deseos de auto afirmación, de encontrar un espacio que no distingue de géneros, aunque los relatos estén escritos por una mujer que ha trabajado tanto como un hombre. Y he observado abundancia de símbolos que se concretan a través de las imágenes contundentes y decididas. Madrid es escenario de la mayor parte de las historias y se convierte en un territorio universal a través del lenguaje que usa la autora.

Me ha interesado, en especial, la forma de expresarse en el terreno literario de una profesional de la arquitecta, con su propio estudio, que es la presidenta de la asociación "La mujer construye" (desde 1997) y fue comisaria y diseñadora de exposiciones como "Un viaje imaginario a través de la poesía de los espacios construidos", en el 2002, que estuvo en Madrid, Sevilla, Beirut, Roma, Utrecht, París o Bolonia. Yo no lo sabía cuando visité la Expo de Sevilla en 1992 (me quedé a dormir en el barrio de Santa Cruz, donde siempre duermo cuando voy a Sevilla), pero Cristina diseñó el Pabellón de la India en colaboración con el arquitecto y escultor Julio Pellicer. Y también ha dirigido cursos en Carrara, Beirut y otros lugares.
 
Y se lanzó al mundo de la narración.
 
Me detengo en unos párrafos de "Puedo contarlo" (pp. 143 y ss.), un relato autobiográfico, el último del libro:
 
"Llegaron a mi casa un martes, creo, varios hombres (enfermeros, camilleros, no sé bien), enfundados en trajes de plástico, con gafas y máscaras. Parecían astronautas y daban algo de yuyu. Me tomaron el oxígeno con una pinza en un dedo, y vieron que lo tenía muy bajo. Me lo enchufaron con un tubito y me dijeron: Nos vamos. ¡Qué casa tan bonita tienes! Cogí alguna cosa que metí en una bolsa roja y bajé con ellos la escalera seguida con un hombre que llevaba una bombona de oxígeno. 
 
Me subí a la camilla, parecía una peli. Pero no lo era. Con la sirena encendida llegamos al Hospital (...) 
 
Al día siguiente, creo que era el trece de marzo, recuerdo estar en la UCI. Te vamos a dormir. Es lo mejor para ti. Cuando despiertes ya habrá pasado todo. Te curaremos mientras estás en lo mejor de tus sueños. Tuve que firmar un papel, autorizando que me sometieran a un coma inducido".
 
Unas páginas después termina el relato:
 
"Esta es mi experiencia. Ya voy a la calle sola, trabajo. Leo. Escribo. Me echo la siesta. Miro a la calle. Empiezo a pensar en mi futuro. Soy consciente de que estoy aquí, de que no me fui. De que decidí vivir aunque no me acuerde. Pero sé que fue mi decisión. 
 
Se avecinan cambios". 
 
Y me envió su libro. 
 
Escucho el mar a mis pies en todo su esplendor.
 
Amanece.