sábado, 9 de julio de 2016

Hace unos días me fui a dar una vuelta a Triestre.

Esa ciudad del Norte de Italia bañada por el Adriático, tan literariamente decadente.

Deseaba respirar su atmósfera porque quiero que uno de los personajes de mi novela -que aparecerá en la India junto a los demás- tenga algo de la mirada perdida de los escritores que pasaron por esa ciudad, como Rilke y Joyce.

El primer día me fui a pasear temprano. Después de comer me metí en un café a releer "La conciencia de Zeno", de Svevo, una novela que influyó en las dos últimas obras maestras de Joyce. Mientras leía se me acercó un señor mayor y me pidió un cigarrillo con una curiosa mezcla de castellano e italiano. Le dije que no tenía y que además ya no se podía fumar en los cafés. Me replicó que no pensaba encenderlo, solo seguir escribiendo en su mesa de los últimos cincuenta años con el cigarro en la boca. A veces Claudio Magris se tomaba un café con él y charlaban de literatura. 

El señor se fue a su mesa y yo seguí leyendo mi novela. De vez en cuando nos mirábamos y nos saludábamos con un ligero movimiento de cabeza.

En algún momento me pareció adivinar a Leopold Bloom en él.

(Por cierto, en esta ciudad se come una pasta excelente).

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