jueves, 28 de julio de 2016

Irlanda, tan bella y literaria.

Merece la pena visitar el Saint Stephen´s Green de Dublín, aunque solo sea para hacer una foto a Joyce. En realidad no está de más pasear de vez en cuando por Irlanda, uno de los países más encantadores que conozco.

Siempre que vengo me tomo un café en el Trinity College y busco a Joyce por las orillas del Liffey y caminando por Grafton Street. Lo de escuchar música gaélica en el Temple Bar se da por hecho, así como tomarte una cerveza negra. Por aquí podrían aparecer Stephen Dedalus y Leopod Bloom en cualquier momento.

Durante la caminata, y tras saludar a Molly Malone en la calle Suffolk, me pregunto cómo funcionaba la cabeza de Joyce, la articulación de ese complejo monólogo interior, casi un flujo de conciencia que tanto ha influido en la literatura actual. Siempre estaremos en deuda con él, como dijeron Eliot, Borges y Burguess, por ejemplo, y se observa en sus obras y en las de Woolf, Faulkner, Beckett, Pynchon, el primer Vargas Llosa, en fin.

Mi cuento de mañana visitará las Islas de Arán, junto a Galway, donde nació Nora, la mujer de Joyce, que influyó en la Nora protagonista de mi novela "Las mentiras inexactas", junto a la de "La casa de muñecas" de Ibsen y la Nora que rechazó a Borges. Además ahí al lado se rodó "El hombre tranquilo", una de las películas más bellas. La anécdota del cuento me ha sucedido a mí.

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